EDITORIAL

¡A las urnas!

Marcará si el país se resigna a vivir en la mediocridad, con peor calidad de vida porque nuestra educación se cae a pedazos, aumentan las rapiñas y los asesinatos y cada día hay más asentamientos y personas durmiendo en las calles.

En enero de 1875 el país se jugaba una encrucijada importante. Pese a que la elección era para cargos considerados de escasa jerarquía, alcalde ordinario y defensor de menores de Montevideo, la significación política era inocultable. De un lado formaron las listas juntos, los doctores blancos y colorados que aspiraban a defender los valores liberales y republicanos que eran esenciales a las definiciones ideológicas de ambos partidos. Del otro, los caudillos que promovían la barbarie, la dependencia personal de las masas rurales y el atraso, donde ellos eran señores feudales.

La elección, planificada originalmente para el 1º de enero, debió trasladarse para el 10 debido a los disturbios ocasionados por los candomberos ante la victoria arrolladora de los principistas. El 10 de enero nuevamente hubo disturbios, pero de mayor entidad: varias personas fueron asesinadas en la Plaza Matriz, incluyendo a Francisco Lavandeira, abrazado a una urna de votación ubicada en el atrio de la Catedral, donde hoy una placa recuerda el acontecimiento.

Lavandeira tenía solo 26 años, era economista, director del diario La Democracia de tendencia nacionalista, catedrático de Economía Política en la Universidad y corredactor del primer programa de principios del Partido Nacional en 1872, luego de la paz de abril. Era un extraordinario exponente de la juventud idealista de su tiempo, aferrada a principios, con el sueño de una Patria mejor que la que le tocó ver en primer plano, como secretario de Timoteo Aparicio en la Revolución de las Lanzas.

Su último artículo en La Democracia se tituló “A las urnas” y marcaba el duelo de ideas que se enfrentaban en esa elección, que transcendía notoriamente la elección puntual del momento. Tenía razón, y con su muerte y su derrota pasaron a dominar la situación militares y caudillos que gobernaron bajo una feroz dictadura al país por más de una década.

Varias décadas después Luis Alberto de Herrera, ya en el ocaso de su vida, dejaba un mensaje claro, también sobre las luchas que se avecinaban más allá de las contiendas electorales: “Adviene otro tipo de lucha distinto a éste que venimos de resolver con éxito. No será más entre blancos y colorados, sino entre nacionales, quienes quieran y merezcan serlo, y los que no quieren serlo, o porque no lo sienten o porque no les conviene”.

La elección del próximo domingo marcará un nuevo mojón en la historia del país. Marcará si el país se resigna a vivir en la mediocridad, con peor calidad de vida porque nuestra educación se cae a pedazos, aumentan exponencialmente las rapiñas y los asesinatos y cada día hay más asentamientos y personas durmiendo en las calles. Marcará si nos resignamos a gobernantes corruptos o que amparan la corrupción, con negocios con Venezuela, fundiendo empresas públicas o contratos estrafalarios.

Marcará si nos resignamos a pasar vergüenza todos los días a nivel internacional, defendiendo dictaduras como la venezolana que lleva miles de asesinados y millones de exiliados, destruyendo la reputación que supo tener nuestro país en el concierto de las naciones.

Pero también puede marcar el comienzo de una nueva etapa, de regeneración nacional, de resurgimiento de nuestros mejores valores y de rectificación del rumbo. El Partido Nacional junto a los demás partidos de la oposición que claman por un cambio para que los uruguayos podamos comenzar a ver el futuro con otros ojos, encarna, una vez más, esa posibilidad de un nuevo amanecer.

Luis Lacalle Pou ha dejado todo en la cancha, ha reunido un equipo político y técnico excepcional, ha hecho todos los esfuerzos necesarios para mantener al partido unido y no ha dejado nunca que el fragor de la campaña lo hiciera caer en conductas que dificultaran el diálogo de la coalición que necesariamente surgirá luego del domingo. Su tarea ha sido extraordinaria y ha logrado liderar al Partido Nacional de forma que los blancos pueden sentirse orgullosos, pero además convocando a muchos más compatriotas de distintas filas para la tarea que el país tiene por delante.

El domingo nos toca elegir entre la resignación o la esperanza. El país que queremos y podemos ser está al alcance de la mano si hacemos lo que hay que hacer y dejamos atrás esta triste etapa de 15 años de vergüenza e ignominia. La larga noche frentista está en su momento más oscuro. Es el que anuncia el próximo amanecer. Como con Lavandeira, con Herrera, con Saravia y con Wilson, una vez más, por la Patria: ¡A las urnas!

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