Editorial

La ultraderecha para confundir

En rigor se trata de un intento más de defender la gestión del PT, caracterizada por el estancamiento económico, la corrupción, el agravio a valores tradicionales brasileños, la inseguridad, el desprestigio total.

En un intento de desacreditar al presidente de Brasil, siempre se lo presenta antecediendo su nombre en cualquier circunstancia con el calificativo de ultraderechista. En rigor se trata de un intento más de defender la gestión que se va, caracterizada por el estancamiento económico, la corrupción, el agravio a valores tradicionales brasileños, la inseguridad, el desprestigio total. Este desprestigio incluye por supuesto al gobierno Temer, que algunos olvidan fue el compañero de fórmula de Dilma Rousseff, sancionada electoralmente hasta en su propio estado de Minas Gerais, donde quedó en cuarto lugar.

Así por ejemplo asocian aquel calificativo con su condición de militar, con simpatía a algunas cosas del gobierno de facto. Más allá de que hace veinte años que es legislador electo, si la simpatía por las fuerzas armadas fuera condición para calificarlo como ultraderechista, así debería calificarse también a los Castro, al asesino confeso Che Guevara, a Ortega, a Chávez, a Maduro, y más allá a Stalin, Lenin, Mao, etc. También parece ser de ultraderecha señalar que el Mercosur no es su prioridad —lo dijo uno de sus ministros— que simpatiza con Chile, y que se acabaron las malas relaciones con EE.UU. e Israel. Creemos que este Mercosur, convertido en un comité de base ampliado, no es prioridad para nadie; se subrayó erróneamente en él la afinidad ideológica momentánea, y se desconsideró la profundización de la apertura comercial, haciendo cualquier cosa en lo jurídico, por priorización de lo político. Dicho sea al pasar, nunca el Mercosur pasó de representar para Brasil más del 15% de su comercio. Si fortalecer relaciones con EE.UU. e Israel, reducirlas con Cuba o Venezuela, y cuestionar el Mercosur es de ultraderecha… Además ha planteado abrir su economía, la más cerrada de América, lo que es ante todo inteligente, y sobre todo beneficioso para Uruguay.

Cosas parecidas ocurren en materia económica. Consideran de ultraderecha afirmar que hay que conseguir en el acto el equilibrio de las cuentas públicas, desbordadas por el populismo clásico de estos barrios, que las llevó a un déficit de 7 puntos del PBI. Y señaló también su voluntad de reformar el régimen jubilatorio, todo lo cual va a ser muy duro en razón de la herencia recibida. Algo parecido puede ocurrir en Uruguay, que si no hace nada pasará el gobierno con un 5% de déficit, lo que sí es muy de la izquierda de estos lares.

Dijo también al informar sobre el nombramiento del juez Moro, que va a dar una batalla sin cuartel contra la corrupción, el narcotráfico y el crimen organizado, dentro del respeto de la Constitución y la ley. Aquí no se puede olvidar aquella expresión de Sendic, "si es de izquierda no es corrupto, si es corrupto no es de izquierda". La verdad que con esta definición se hace difícil poner a Bolsonaro prometiendo respetar la Constitución, en la ultraderecha; y no sabemos dónde quedaría Sendic. Es verdad que para combatir a los delincuentes propuso armar a la gente. Pero en esto es tan ultraderechista como el pueblo de Estados Unidos o de la propia Suiza.

Finalmente ha sido muy claro en materia de educación a los niños sobre la ideología de género. Tuvimos ocasión de ver un reportaje de una periodista militante lesbiana, que le preguntó sobre este tema con severidad. Fue muy claro en señalar que respetaba todas las opciones personales pero que no iba a permitir la enseñanza de la ideología de género en las escuelas, en tanto es apenas una opinión, no una verdad, y que se oponía a valores de la familia, lo que es absolutamente compartible por mucha gente de buena voluntad y diferentes posiciones políticas. Más aún, destacó la obligación establecida por el gobierno Lula de enseñanza de esta ideología, lo que va a ser, felizmente agregamos, reformado.

Por supuesto todas estas posiciones se oponen a muchos años de populismo, de déficit, de gobierno prebendario, de corrupción, inseguridad y ausencia de crecimiento. Es verdad que su lenguaje resulta muchas veces chocante para nuestros códigos. No obstante Bolsonaro es votado por mujeres, ciudadanos de color, y todas las clases sociales, y ganó casi sin uso —apenas segundos— de la publicidad televisiva, regulada de un modo análogo a lo que quiere hacer el gobierno aquí.

En definitiva no sabemos lo que supone ser de ultraderecha. Sí en cambio es muy claro qué es ser de derecha en Brasil —y por qué no aquí— situación en la que se encuentra Bolsonaro cómodamente acompañado por muchos en todo el mundo y en todos los tiempos, pero especialmente hoy por 55 millones de brasileños.

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