Editorial

Ante el triunfo de Bolsonaro

El rechazo al PT de Lula-Dilma es uno de los factores que más pesan en el proceso electoral brasileño. Un proceso que nuestros gobernantes deberían seguir con la mayor prudencia posible dada la importancia del país vecino quienquiera sea su presidente.

Jair Bolsonaro está cerca de convertirse en el próximo presidente de Brasil. Su alta votación del domingo, que lo dejó a solo cuatro puntos de alcanzar la presidencia, lo aproxima al triunfo final en segunda vuelta. Con un 46% de los votos en la mano, son grandes sus posibilidades de alzarse con la mayoría el 28 de octubre. Moderando su discurso y mostrándose poco (alegando su frágil estado de salud a consecuencia del atentado que sufrió) Bolsonaro lleva todas las de ganar.

Su rival, Fernando Haddad, el candidato de Lula, con menos sufragios que los previstos, deberá hacer un esfuerzo titánico para competir con chance. Entre otras cosas tendrá que aglutinar a partidos minoritarios proclives a cerrarle el paso a Bolsonaro, así como lograr el apoyo de una parte sustancial de quienes anteayer se abstuvieron de votar (20%). Si lo consigue, concretaría la hazaña de superar el fuerte rechazo al PT de Lula-Dilma, acusado de corrupción y de sumir al país en una crisis política, económica y social sin precedentes.

Lo más rescatable de la elección del domingo fue su carácter pacífico y la eficacia de su sistema electrónico de votación que ofreció garantías y permitió conocer los resultados pocas horas después de cerradas las urnas. Lo menos amable fue la polarización agudizada entre los dos bandos, derecha e izquierda, que parten el país y complican su gobernabilidad. Quienquiera sea el ganador hallará un Brasil dividido, en un estado de parálisis económica, con una inseguridad rampante y un alarmante descaecimiento de las instituciones. En verdad, ni Bolsonaro ni Haddad lucen aptos como para sortear semejantes desafíos.

En la cárcel, Lula debería estar golpeándose el pecho en penitencia por la imagen de absoluta corrupción y vale todo que dejó su partido en el poder. Hace una década y media el PT basó su campaña en sanear la política brasileña y castigar a quienes medraban a la sombra del Estado.

Llegado al gobierno hizo todo lo contrario, con escándalos como el "mensa-lão": la partida mensual de dinero que entregaba a los parlamentarios para que votaran sus leyes. Vale decir que el único congresista que se negó a cobrar esas comisiones fue Bolsonaro, quien tampoco apareció implicado en las trapisondas de Odebrecht.

Esa aureola de honestidad lo ayudó a cimentar su carrera a la presidencia y sirvió tal vez para camuflar sus excesos como candidato de pocas convicciones democráticas, capaz de elogiar a la dictadura militar brasileña y demostrar escaso apego por defender los derechos humanos. Su discurso populista antisistema, muy a lo Donald Trump, le permitió presentarse como un "outsider" dispuesto a romper el esquema político dominante y combatir la corrupción de los políticos. Además, no puede subestimarse el apoyo a su candidatura de las iglesias evangelistas con fuerte penetración en las capas medias y bajas de la población.

Dada esa condición de favorito que le dieron las urnas, vale la pena anticipar cuáles serían las grandes líneas de un gobierno encabezado por Bolsonaro. Un gobierno con carácter autoritario, conservador en lo social y liberal en lo económico. Tan liberal que su candidato a dirigir la economía es Paulo Guedes, un seguidor de la escuela de Chicago, exdiscípulo de Milton Friedman, que llegará con la receta de las privatizaciones, la reducción del gasto estatal y un ajuste fiscal que se considera inevitable dada la delicada situación financiera del país.

¿Qué puede esperar Uruguay de un gobierno de Bolsonaro o eventualmente de Haddad? Nada muy distinto de lo que ha venido ocurriendo en los últimos años. Brasil permanecerá como uno de nuestros principales compradores siempre que pueda evitar el descalabro total de su economía. Su cancillería (Itamaraty), esa institución inamovible cualquiera sea el gobierno de turno, seguirá invocando el Mercosur ante el mundo, pero haciendo poco por renovarlo.

En tanto no se resuelva el pleito electoral en Brasil, sería bueno que nuestros gobernantes tan propensos a defender al indefendible Lula, se abstuvieran de condenar diariamente a Bolsonaro a quien avistan como al peor enemigo posible. Los que pedían "andar en el estribo de Brasil", caso José Mujica, deberían haber aprendido que las afinidades políticas con gobiernos extranjeros no siempre conducen a buen puerto. Sea de izquierda o de derecha, el gobierno de Brasil será proteccionista y socio poco amistoso cuando le convenga.

Por eso, prudencia y respeto ante el proceso del país vecino es lo más aconsejable. Aunque ya se sabe que reclamarle eso a ciertos frentistas es como pedirle peras al olmo.

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