EDITORIAL

Triste

Tal vez desde una visión clientelista repartir chapas, pedregullo y bolsas de pórtland pueda ser más redituable que implementar políticas de Estado para el desarrollo del país.

El director de la Oficina del Cordón Cuneta (OCC), otrora conocida como Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP), Álvaro García, reaccionó de mala forma ante críticas formuladas desde la oposición. Como fue recogido en el diario, el día lunes la economista Azucena Arbeleche criticó el contenido de la Rendición de Cuentas, en tanto el intendente de San José, José Luis Falero, señaló el agotamiento visible que sufre el presidente de la República y este tercer gobierno del Frente Amplio.

El director de la OCC contestó a estas críticas al mejor estilo Trump, a través de la red social Twitter y con la misma sintaxis que el presidente norteamericano: "Lunes de exabruptos: Arbeleche y Falero, o el retorno a la política del fango. Triste". Quizá sea que está imitando el estilo del bravucón que gobierna los Estados Unidos o que tiene un equipo de asesores admiradores del personaje. En cualquier caso: Triste.

No se refiere García al contenido de las afirmaciones de Arbeleche y Falero, simplemente descalifica las críticas atribuyendo intenciones, las que no les corresponden, y de esa forma es él quien realmente lleva la política al fango, como se ha hecho en otras ocasiones.

Para cualquier observador imparcial las críticas realizadas al gobierno tienen sólidos fundamentos. En primer lugar, los comentarios de Azucena Arbeleche sobre la Rendición de Cuentas son de estricto sentido común. Que luego del derroche y la dilapidación de la bonanza económica que caracterizaron a los gobiernos del Frente Amplio se llegue a una Rendición donde el centro del debate son uno pocos millones de dólares en un presupuesto que excede los 11.000 millones, exime de mayores comentarios. Que estén rascando la olla, como señaló Luis Lacalle Pou, poniéndole impuestos a las rifas de Arquitectura o de Ciencias Económicas, o subiendo la tasa consular, que es de lo poco que les quedaba por aumentar, demuestra sin levante el desquicio que caracterizó a la política fiscal que se aplicó desde 2005 y en especial en la Administración anterior.

Casi 90 por ciento subió en términos reales el gasto público bajo los gobiernos del Frente Amplio; la presión fiscal es la mayor en casi una década según la propia DGI, que subestima la medida, y ahora el gran lío en la Rendición de Cuentas que se discute en el Parlamento, y que ya aprobó la Cámara de Diputados, es 10 millones de dólares más o menos para la educación. Triste.

Lo que señala Falero también es cierto desde cualquier punto de vista. El presidente y el gobierno se encuentran agotados, sin proyectos. Y recién estamos en la mitad de este mandato Vázquez.

La gráfica expresión de que "tiró la toalla" aplica bien para un presidente —y un gobierno— que renunció a encarar todos los temas relevantes para el país como la educación, la inserción internacional o la reforma del Estado, y se conforma con digitalizar trámites (obra de Bill Gates, aunque se la atribuya el gobierno) o la inclusión financiera que no le cambia la vida a nadie, salvo a aquellos que complica al santo botón. Lo cierto es que el país está paralizado, el gobierno no logra ni cambiar la forma en que se asignan las horas a los docentes, aunque mintió el año pasado cuando dijo que ya se estaba haciendo, como ahora es evidente que no tiene impulso para nada relevante en la mitad del período que le queda. Triste.

Quizá la expresión de Álvaro García en Twitter se debe a su propia frustración y no a las críticas ciertas que recibió el gobierno. La OCC cuando era la OPP procuraba proveer elementos para el desarrollo del país en el largo plazo, aportar en temas estratégicos y ser la vanguardia de cambios revolucionarios para apuntalar el destino del país. Ahora se dedican a inaugurar placitas y media cuadra de cordón cuneta con bombos y platillos, espectáculos artísticos, himno nacional y bombardeo de fotos y videos en las redes sociales.

Es evidente que cualquier persona interesada, como suponemos que lo está el director de la OCC, en realizar un aporte de buena fe al país, se sienta frustrado ante los proyectos de corto vuelo a los que se dedica su organismo habiendo abandonado su rol primigenio. Quizá desde una visión clientelista repartir chapas, pedregullo y bolsas de pórtland pueda ser más redituable que implementar políticas de Estado para el desarrollo del país, pero pensando en el futuro, su aporte hoy es irrelevante pese al abultado costo que representa en términos de funcionarios y asesores con títulos de posgrado para ver dónde colocar un foco de luz.

Eso sí que es triste.

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