Editorial

Trías y Gargano

Después de lo visto, no corresponde que el liceo de Las Piedras lleve el nombre de Vivián Trías, ni que al anfiteatro de Cancillería se le haya cambiado el nombre de José Artigas por Reinaldo Gargano.

La perspectiva de una alternancia de partidos en el poder que se abre con la elección general de este año plantea la siguiente encrucijada: ¿hasta dónde conservar el legado de quince años de Frente Amplio (FA) en el poder y hasta dónde cambiar el rumbo del país que se recibe?

Es evidente que si se trata de una alternancia, con partidos políticos distintos al FA, habrá cambios e innovaciones. Algunos de ellos ya están siendo anunciados por precandidatos a la presidencia y otros se difundirán con el desarrollo de la campaña electoral.

Terminar con la bancarización obligatoria, bajar las tarifas públicas para mejorar la competitividad de los sectores exportadores, revisar futuras negociaciones con UPM de Finlandia, o abrir una política exterior que termine con la encerrona del Mercosur, son planteos que ya se han escuchado y que, evidentemente, forman parte de una propuesta alternativa, real y hecha de decisiones para el mundo productivo.

También hay iniciativas claves que se van difundiendo sobre educación pública: desde la necesidad de construir más liceos en las zonas más carenciadas de todo el país hasta la atención que se ha portado sobre las propuestas de Eduy21, lo cierto es que allí también hay cambios previsibles y propios de una alternancia en el poder. Mejorar la calidad del gasto del Estado, en el área educativa y en otras igual de importantes como, por ejemplo, la de las empresas públicas, es otra señal clara de que los partidos desafiantes no conservarán el legado del FA hecho de despilfarros, acomodos y desidias en la tarea pública.

Pero además de todas estas dimensiones que serán escrutadas con atención por la opinión para terminar de elegir su voto, hay algunas decisiones sencillas, simbólicas incluso, que definitivamente marcarían un cambio fuerte y en el sentido correcto del quehacer de la República. Decisiones que, en definitiva, no son muy costosas, pero que muestran una simbología muy importante para cerrar una etapa de excesos y atropellos vergonzosos por parte de la izquierda en el poder.

Hay dos ejemplos en este sentido que merecen ser tenidos en cuenta.

El primero de ellos es la revisión legal del nombre de Vivián Trías para el liceo N° 4 de Las Piedras en Canelones. Si bien en un momento pudo ser entendible que llevara ese nombre, atendiendo sobre todo a que Trías era oriundo de esa ciudad y terminó siendo un prestigioso dirigente del Partido Socialista, la verdad es que será un gesto simbólico, sencillo y bien elocuente quitárselo para encontrar el de algún buen vecino, honesto y de bien, con el que prestigiar al Liceo n° 4 de esa ciudad.

En efecto, en estos dos últimos años ha quedado claro que Vivián Trías fue sobre todo un vulgar y barato traidor a la Patria, que brindó información delicada a potencias extranjeras gracias a las cuales obtuvo beneficios propios. Es indigno que un Liceo lleve su nombre. Y es simbólicamente muy importante dejar en claro que el Uruguay de siempre, el de los mejores valores republicanos, no deja que se premie con el nombre de un traidor a la Patria a uno de sus liceos.

El segundo ejemplo es el del anfiteatro de la sede del ministerio de Relaciones Exteriores en Montevideo que, desde siempre, llevó el nombre de nuestro prócer José Artigas. En esta larguísima década izquierdista, el afán refundacional del FA en el poder decidió cambiárselo y que pasara a llamarse Reinaldo Gargano, excanciller y principalísimo dirigente del Partido Socialista.

Más allá de que el balance de la gestión de Gargano al frente de ese ministerio careció de cualquier luz que permitiera merecer tan distinguido homenaje, lo que importa es, antes que nada y sobre todo, volver a poner en su lugar el nombre de Artigas. De vuelta, se trata de una definición simbólica, de costo económico ínfimo, pero que daría una clara señal a propios y a extraños de que así se cierra el paréntesis exclusivista, sectario y menor que caracterizó al FA en el poder.

Son decisiones que seguramente molestarán a una izquierda que, de perder las elecciones, sangrará por la herida de haberse creído superior al resto de los uruguayos, con su voluntad refundacional y su desdén hacia todo lo que no fuera FA. Pero son decisiones con las que, sin duda alguna, estará de acuerdo la inmensa mayoría del país, que ha vivido con vergüenza ajena los terribles secretos que se han conocido del traidor Trías, y que sabe que es incomparable el lugar que ocupa Artigas con relación a Gargano en la historia diplomática del país.

Es también por estas decisiones que se hace necesaria la alternancia en el poder.

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