Editorial

Tremenda ética

¿Hay que pensar tanto para entender que un gobernante no debe robar, que no debe cobrar coimas por la concesión de contratos de obra pública?

La izquierda siempre se ha caracterizado por tener una tremenda ética" declaró el senador Rafael Michelini en un informe de la periodista Valeria Gil, publicado en nuestra edición del último domingo.

La frase se inscribe en la línea del célebre hit "si es corrupto no es de izquierda", de aquel exvicepresidente que se vio forzado a renunciar por haber comprado "un par de pilchas", al decir del inefable Mujica.

El informe de nuestra edición dominical es relevante, porque desnuda la relatividad con que dirigentes oficialistas de primera línea valoran los escándalos de corrupción a gran escala del kirchnerismo en Argentina y del PT en Brasil.

El secretario general del Partido Comunista, senador Juan Castillo, cree que debe hacerse un profundo análisis "del involucramiento de las grandes masas y de nuestro pueblo en los proyectos políticos de cambio y de izquierda". Reconoce que los casos de corrupción preocupan a su partido, pero eso no impide que de alguna manera responsabilice a "las grandes masas", esos ciudadanos que votan mayoritariamente contra la izquierda, por no estar debidamente "involucrados" en sus iluminados proyectos.

Sin duda el comentario más infeliz es el del ya citado senador Michelini. Consultado sobre la corrupción del PT, expresa que "toda la izquierda latinoamericana tiene que hacer una profunda reflexión. Una reflexión de que por ahí no se puede ir". La verdad es que no da para reflexionar mucho. ¿Hay que pensar tanto para entender que un gobernante no debe robar, que no debe cobrar coimas por la concesión de contratos de obra pública? Más que una profunda reflexión, lo que tienen que hacer esos partidos es condenar explícitamente a esa escoria dirigente y borrarla de la oferta electoral con mano firme. El único problema es que, en algunos casos, se quedarían sin gente.

Pero la declaración del MPP, en un documento programático que elevó al secretariado del FA, es la que se lleva todas las palmas. Para ellos, la corrupción progre de Argentina y Brasil nunca existió. Lo que está pasando es que "la derecha va por la recuperación de todos los resortes del poder (…) Pero también va por todo, va por la propia izquierda, tratando de descabezarla". En su peculiar valoración de la democracia, la barra de Mujica analiza la realidad brasileña como fruto de "un golpe de estado parlamentario" y la argentina en función de "una gran campaña de prensa conducida por medios monopolizados por la derecha y dudosas resoluciones de la Justicia". Los enfermos terminales entran a veces en la fase de "negación", consistente en autoconvencerse de que están sanos, como último sostén psicológico contra la dolorosa conciencia de la muerte. Este sector político incurre en un mecanismo parecido. Niega lo evidente y convierte el fracaso estrepitoso de la progresía corrupta en una conspiración interplanetaria. Contra los medios que informan los delitos, recurre al viejo expediente de matar al mensajero. Y no tiene reparos en menoscabar la independencia del Poder Judicial.

Es importante leer esta clase de documentos y reparar en estas declaraciones, para tomar conciencia de la complejidad del fenómeno: tenemos un gobierno que coloca las afinidades ideológicas por encima de la más obvia racionalidad. El MPP y el Partido Comunista llegan al extremo de apoyar explícitamente la satrapía criminal de Nicolás Maduro. No hace falta ser muy imaginativo para admitir que, en la hipótesis de que un día nuestra democracia peligrara en manos de un gorila como el venezolano, esta gente no dudaría en respaldarlo, contra el más elemental apego a los derechos humanos.

¿Cómo hemos dejado crecer esta sombra en la conciencia cívica del otrora democrático y republicano pueblo uruguayo? Evidentemente, al amparo de una pésima política educativa, que optó por promover el relativismo ético y eludir la responsabilidad de construcción de ciudadanía responsable. Y también, gracias al descaecimiento cultural generalizado, producto de la instalación casi prepotente de una cultura del entretenimiento y un consumismo vacío, que desplaza el debate intelectual, bien informado y profundo, a un deporte estéril para solaz de inofensivas élites.

Por eso es tan compleja y demandante la tarea del futuro gobierno, si es que el país logra la ansiada y postergada rotación de partidos en el poder.

Aún más importante que enmendar la economía y reinsertar al país en el mercado internacional, habrá que recuperar un civismo fundado en el respeto a las instituciones y el fomento de un verdadero espíritu crítico.

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