EDITORIAL
diario El País

La “traición progresista”

En este mes en el que cumple 50 años el Frente Amplio (FA) importa mucho tener claro cuál ha sido la evolución del pensamiento y de la actitud de la izquierda en los últimos años en las principales democracias de Occidente.

Salvo excepciones, como el caso actual de España, los partidos identificados como “de izquierda” han fracasado rotundamente en las urnas a nivel global: Francia, Alemania y Reino Unido, por ejemplo, son países en los que la izquierda está fuera del poder nacional. Incluso para el caso de Estados Unidos, donde triunfó en 2020 el Partido Demócrata de Biden que mantiene poderosos lazos con organizaciones de izquierda, las últimas elecciones presidenciales vieron cómo la candidatura de Donald Trump recibió casi 10 millones de votos más que en 2016.

Las viejas corrientes izquierdistas no representan más a porciones destacadas de las grandes mayorías populares. Y eso tiene parte de su explicación en lo que Alejo Schapire, periodista argentino que reside en París, ha llamado en su libro que publicó en 2019 en Buenos Aires, “la traición progresista”.

Schapire explica el cambio profundo que ha vivido la izquierda: “ayer luchaba por la libertad de expresión en Occidente y hoy justifica la censura en nombre del no ofender; esa que ayer comía curas y ahora se alía con el oscurantismo religioso en detrimento del laicismo para oprimir a la mujer y a los homosexuales; esa que a la liberación sexual responde con un nuevo puritanismo, que de la lucha contra el racismo ha pasado a alimentar y justificar su forma más letal en las calles y en los templos de Europa y de las Américas: el antisemitismo”.

La constatación es fuerte a la vez que evidente para cualquiera que siga atentamente la política internacional. Alguien podrá decir que el origen izquierdista de Schapire le hace percibir a la izquierda del pasado como idealizada, ya que, en realidad, buena parte de ella jamás batalló por la libertad de expresión en Occidente.

Baste mencionar en este sentido el perfil autoritario que siempre caracterizó a los partidos comunistas, que estuvieron durante largas décadas del siglo XX a la orden del totalitarismo de Moscú, para ilustrar esa idealización.

Sin embargo, asiste razón a “la traición progresista” cuando señala que una parte de la vieja izquierda estaba motivada por valores universales heredados de la mejor tradición humanista occidental. Y describe bien el libro cómo, por ejemplo, muchas voces que se autodefinen “progres” incluso en nuestro continente, cuando analizan la situación en Medio Oriente, terminan alineadas con el peor antisemitismo de siempre.

Escribe así Schapire: “el progre asegura que lo suyo es solo antisionismo y que las acusaciones de antisemitismo no son más que un intento de acallar críticas a Israel, única democracia en Oriente Medio, único país al que le dedica boicots y manifestaciones. El progresismo latinoamericano en el poder ha privilegiado las alianzas con los regímenes más autoritarios, que más violan los derechos humanos de los disidentes y las minorías sexuales, étnicas y religiosas. Pero solo conocen el boicot contra un país del tamaño de una estampilla”.

Al menos una parte de la vieja izquierda estaba motivada por valores universales heredados de la mejor tradición humanista occidental. Hoy refleja conceptos muy diferentes.

Esta verdad de a puño, que bien conocemos en la evolución de estos años en nuestro continente, se suma a la connivencia feroz entre izquierdismo y corrección política e intolerancia, que también describe bien Schapire en su libro: “constituidos como patrullas morales del discurso público, los guerreros de la justicia social detectan a los infractores de la corrección política y se muestran intolerantes hacia la contradicción, percibida como una amenaza vital. (…) En cuanto a la militancia, las marchas y los talleres propuestos por los militantes vetan el acceso a los “no concernidos” (que no forman parte de una minoría específica); se exige a la universidad cancelar las charlas de intelectuales que no comulguen con su versión de la izquierda; y se pide -y muchas veces se obtiene- la expulsión de profesores que no se pliegan a los dictados de los colectivos que se dicen agraviados”.

“La traición progresista” no dice nada que no se sepa ya. Pero tiene el mérito de ser directo y claro, y de mostrar bien en qué se ha transformado el impulso progresista y humanista que caracterizó ciertamente a una pequeña parte de la izquierda internacional en el pasado.

A medio siglo de la fundación del FA, es buena cosa tener claro qué posiciones políticas defienden en la actualidad los compañeros de ruta ideológicos de la izquierda uruguaya. Sería muy útil también que el libro de Schapire se conociera mejor en los comités de base.

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