EDITORIAL

La traición de los intelectuales

Las figuras más destacadas en los ámbitos técnico y académico han abdicado de toda voluntad de independencia y han aceptado convertirse en “intelectuales orgánicos”, en el sentido de Gramsci. Con eso están traicionanso lo que debería ser su papel en la sociedad.

Hoy casi nadie lo recuerda, pero en el año 1927 apareció en Francia un libro titulado "La trahison des clercs". La traducción más exacta de esa expresión es: "La traición de los intelectuales".

El autor de esa obra era un filósofo y escritor llamado Julien Benda. Su tesis era que los intelectuales tienen el deber de honrar valores eternos como la verdad, la razón y la justicia. Pero los intelectuales de su tiempo se habían puesto al servicio del poder y de las ideologías que lo justifican. En eso consistía su traición.

Benda escribía en un una Europa en la que ascendían el fascismo, el estalinismo y más tarde el nazismo. No era, por cierto, un enemigo del compromiso político. Pero sí era un enemigo de los intelectuales que abdican de su deber de pensar para volverse serviles a una causa.

La traición denunciada por Benda tiene una dimensión personal. Los intelectuales que traicionan su función se vuelven seres despreciables, acomodaticios, capaces de manipular infinitamente sus argumentos para justificar lo que se decide desde el poder. Pero su argumento tiene además una dimensión colectiva.

Una sociedad sana necesita de elites intelectuales que critiquen todo lo criticable, denuncien todo lo denunciable y señalen caminos mejores a los recorridos. Eso los obliga a cuestionar aun a los de su propio bando. Si los intelectuales no cumplen esa tarea, nadie más lo va a hacer. Y si una sociedad carece de esa fuente de lucidez, se volverá menos racional, menos lúcida y finalmente más vulnerable.

Uno de los problemas de la sociedad uruguaya de hoy es que no posee una elite intelectual digna de ese nombre. Las figuras más destacadas en los ámbitos técnico y académico han abdicado de toda voluntad de independencia y han aceptado convertirse en "intelectuales orgánicos" en el sentido de Gramsci. Con eso están traicionando lo que debería ser su papel en la sociedad. Y están contribuyendo a construir una sociedad más miope, más conformista y, en consecuencia, más autodestructiva.

Dos ejemplos sirven para ilustrar esta afirmación. La primera son unas recientes declaraciones de la ministra Carolina Cosse, diciendo que la propuesta del senador Lacalle Pou de liberalizar la importación de combustibles es "un disparate porque dejaría sin empleo a mucha gente que trabaja en torno a la refinería de Ancap.

La ministra Cosse es una mujer inteligente y formada. Por lo tanto, conoce perfectamente el concepto de costo de oportunidad (un concepto que no tiene por qué conocer el ciudadano de la calle). El actual funcionamiento de Ancap da trabajo a cierta cantidad de gente, pero al mismo tiempo vuelve inviables una enorme cantidad de emprendimientos, y consiguientemente de empleos, que serían posibles si el combustible costara menos de lo que cuesta en Uruguay.

Puede que al eludir este razonamiento la ministra Cosse gane alguna batallita de corto plazo. Pero le hace mal al país. Y, sobre todo, contribuye a una pérdida de lucidez social. La sociedad uruguaya funcionaría mejor, y tendría menos dificultades para insertarse en un mundo crecientemente desafiante, si pensara de una manera más lúcida y sofisticada. Si los miembros de las elites no le muestran ese camino (y la ministra Cosse es un miembro de las elites) nos volveremos todos más burros y a largo plazo nos irá peor.

Un segundo caso es el del profesor Gerardo Caetano diciendo que no hay pruebas de la culpabilidad del ex presidente Lula. El caso contra Lula es extremadamente complejo. No sólo se pronunció el juez Moro, sino tres instancias diferentes del Poder Judicial del Brasil. La casi totalidad de los jueces de la Corte Suprema que lo condenaron fueron designados por el propio Lula o por su sucesora, Dilma Rousseff. Decir que todos esos pronunciamientos son el resultado de una operación política implica afirmar la existencia de una conspiración de una profundidad y de una sofisticación pocas veces vistas en la historia humana.

¿Seguro que el profesor Caetano leyó los miles de páginas que hay que leer con atención antes de formarse una opinión sobe el tema? ¿Seguro que conoce todos los detalles de un proceso que es complejo aun para los especialistas? ¿O simplemente dijo aquello que le iba a permitir quedar simpático ante la audiencia a la que habitualmente se dirige?

Si los intelectuales y técnicos no cumplen su función social con independencia y responsabilidad, estamos perdidos como sociedad. Nadie más cumplirá la tarea de sembrar rigor y lucidez.

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