Editorial

Una tragedia anunciada

Durante este mes naufragaron tres buques transportando personas provenientes del Medio Oriente y del África subsahariana que tenían la esperanza de llegar a la costa de Europa.

El 13 de abril se hundió cerca de la costa de Libia un buque que, se estima, transportaba 550 personas. Fue posible rescatar 150 de ellas. El 16 de abril, llegaron a la costa de Sicilia cuatro náufragos (dos de Nigeria, uno de Ghana y otro de Níger), los únicos sobrevivientes de un buque cargado de emigrantes clandestinos. El 20 de abril se hundió cerca de la isla de Rodas otro buque cargado de emigrantes.

La tragedia más impresionante —si existe una escala para medir el horror — fue el naufragio, el 19 de abril, de un precario buque de pesca, de casco de madera, en aguas próximas a la costa de Libia. No se sabe con certeza —y probablemente jamás se conocerá— cuántas personas viajaban a bordo. De acuerdo a las versiones de los escasos sobrevivientes —solamente 49 personas fueron rescatadas— eran en torno de 950 personas, incluyendo un centenar de niños que viajaban solos. La mayor parte de ese cargamento humano había sido encerrado en la bodega. No tuvieron ninguna posibilidad se salvarse cuando la nave escoró y dio una vuelta de campana. Todos murieron ahogados.

De acuerdo a la información del Ministerio del Interior italiano, en el año 2014 llegaron a ese país por vía marítima unos 170.000 inmigrantes ilegales. La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) estima que durante aquel año más de 3.200 personas perdieron la vida intentando cruzar el Mediterráneo. El flujo de personas que intentan ingresar ilegalmente a Italia ha aumentado considerablemente. En lo que va de este año han desembarcado, solo en la costa italiana, 21.191 inmigrantes clandestinos. Durante ese mismo período de tiempo el Mediterráneo se ha tragado más de 1.500 vidas.

La Armada, la Guardia Costera y la Guardia aduanera italianas hacen enormes esfuerzos para encontrar y rescatar náufragos en las peligrosas aguas del Mediterráneo, en el Estrecho de Sicilia. Uno de los puntos de pasaje favorito para los armadores dedicados a este tráfico de personas desde la costa de Libia. Lamentablemente, esos esfuerzos no han sido debidamente respaldados por sus socios de la Unión Europea, como si este drama "no es con nosotros".

En octubre de 2013 naufragó cerca de la isla italiana de Lampedusa un buque cargado de inmigrantes ilegales con la pérdida de trescientas vidas. El episodio causó una gran indignación y el Gobierno italiano estableció la operación Mare Nostrum, cuya misión era la búsqueda y rescate en las aguas del Estrecho de Sicilia y abarcaba un área de 70.000 km2. El costo de ese despliegue de aviones y buques fue considerable. El Gobierno italiano pidió a sus socios de la Unión Europea que aumentasen su presencia en esas aguas, porque se encuentra desbordado. No tuvo suerte.

La operación Mare Nostrum fue terminada en octubre del año pasado y fue reemplazada por un programa europeo, la operación Tritón. Esta operación comunitaria tiene una escala mucho más modesta que el esfuerzo realizado por Italia y solamente se encarga de la vigilancia de una franja de hasta 30 millas adyacente a la costa.

Los motivos para ese enfoque más limitado son varios.

Uno de ellos es el costo: la operación Tritón tiene un presupuesto mucho más exiguo que el italiano.

Pero, existe otro motivo. En octubre, varios gobiernos europeos, opinaron, como dijo el ministro del Interior de la Gran Bretaña, que las operaciones de búsqueda y rescate estaban alentando a las personas a realizar cruces peligrosos con la expectativa de ser rescatadas. Ello conduciría a un mayor número de muertes porque los traficantes explotarían la situación utilizando buques que no son aptos para efectuar ese pasaje.

Ahora, esos mismos gobiernos deberían admitir que su estrategia de reducir los servicios de búsqueda y rescate (tan conveniente del punto de vista presupuestal) para disuadir la esperanza de los posibles inmigrantes ilegales, está fundamentalmente equivocada y es profundamente inmoral.

Los hechos demuestran que el empuje de la miseria, las guerras, las persecuciones políticas y religiosas, y la desesperación, son mucho más poderosos que el miedo a la posibilidad de ahogarse en el mar. Como sucedió, en otras condiciones, con nuestros antepasados, los emigrantes están dispuestos a asumir enormes riesgos para encontrar un destino mejor, para ellos y sus hijos.

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