Editorial

La tormenta perfecta

Los primeros números de la temporada turística revelan un panorama inquietante, en una actividad que no debería caer en el fango de la politiquería partidista.

El verano vino pasado por agua. El inusual exceso de precipitaciones, que también tiene impacto en el agro y en las centenas de desplazados, se combinó con los aspectos cambiarios y económicos de nuestros vecinos para insinuar lo que puede ser la peor temporada turística en años.

Hay gente que no termina de entenderlo, pero el turismo es hace ya tiempo la primera fuente de divisas del país, superando los 2 mil millones de dólares al año. Como comparación, la carne, la soja y la celulosa, emblemas tradicionales de nuestra producción, en buenos años rondan los 1.500 millones al año. Se trata, como se ve, de una actividad clave para el país, y que merece un tratamiento serio, profesional, una política de estado. No hay políticas de turismo "de derecha" ni "de izquierda".

Es por ello que los números difundidos esta semana por el ministerio, un balance primario de la primera quincena del mes más fuerte del año, son alarmantes. Las cifras muestran una caída del entorno del 30% tanto en visitas como en gastos. Y los operadores afirman que si ese el balance del momento pico de la temporada, lo que viene por delante será, seguramente mucho peor. Al punto que Juan Martínez, presidente de la Cámara Uruguaya de Turismo ha estimado que el país dejará de ingresar unos 300 millones de dólares por turismo este año.

Para tener una idea, es un poco menos que el presupuesto anual del Mides.

La tentación de convertir este hecho perturbador en un arma arrojadiza política es grande. Pero es algo que se debería evitar. Desde que se creó el ministerio de Turismo, y con las gestiones de Pedro Bordaberry y Héctor Lescano, se logró mostrar un mensaje claro de que la actividad turística debía ser enfocada como una causa nacional, y mantenerla fuera de las peleas intestinas partidarias. Con la actual ministra Kechichian, más allá de algún tropezón como cuando hizo unas infelices declaraciones sobre el intendente Antía, más o menos se ha mantenido el rumbo.

Vale señalar que la situación actual tiene base en el caos económico que padece Argentina, nuestro principal "cliente" a la hora del turismo, donde el gobierno de Macri viene capeando como mejor puede el desastre financiero dejado por una década de gobiernos kirchneristas, que creyeron que las leyes de la economía no se aplicaban en su país. Así como el masivo flujo de argentinos del año pasado se debió a causas exógenas, lo malo de este tiene la misma raíz.

Es que por más que se invierta en campañas y se armen estrategias de primer nivel, cuando los números no cierran, no cierran. Y si a alguien a nivel gobierno hay que apuntar por los problemas de esta temporada, no es al ministerio de Turismo, sino al de Economía, y a toda una concepción ideológica de estas últimas administraciones, que han elevado el gasto público a niveles insostenibles, convirtiendo a Uruguay en uno de los países más caros del planeta. Hay que dejar una cosa en claro: tenemos bellezas naturales espectaculares, pero no somos el Caribe ni Tailandia, y si queremos que un turista nos elija en medio de una oferta tan amplia, tenemos que ser competitivos en materia de costos.

Si tenemos el combustible más caro del continente, si tenemos la energía más cara del continente, si los costos laborales son los más caros del continente, y la presión impositiva resulta asfixiante, especialmente para las empresas del rubro que muchos veces son pequeñas y zafrales, es obvio que la consecuencia no será positiva.

Es ahí donde hay que apuntar las baterías para de intentar enmendar lo que podemos enmendar a la hora de buscar responsabilidades locales a la crisis que vive la actividad turística. Y no caer en críticas fáciles ni simplonas. Algo a lo que no contribuye para nada salidas como la del intendente de Rocha, Aníbal Pereyra, quien el día dos de enero salió con tono soberbio a exhibir fotos de un evento en La Paloma lleno de gente intentando refregar eso en la cara de los supuestos agoreros del desastre. Casi hace acordar a las palabras de un connotado académico, que hace unos años sugería que la cantidad de gente en las rutas un 1° de enero era un indicador creíble de algo. Y el tipo después te hablaba de alta política como si nada...

Para todo el país, pero especial para los departamentos costeros, el turismo es parte central de su vida económica. Si la temporada es buena o mala, no es un trofeo de política menor, es la vida o la muerte en el año siguiente. Hay que evitar que se convierta en un trofeo político, y concentrarse en atender su realidad y problemática con la mayor amplitud de miras posible. El país lo necesita.

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