EDITORIAL

Topolansky y Gramsci

Topolansky miente sobre lo que sufrió el país en los años sesenta. Pero también se miente con total tranquilidad y descaradamente sobre esa misma historia en los manuales escolares.

Hace unas semanas en un reportaje en "El Mercurio" de Chile, la vicepresidenta Topolansky dio su particular interpretación de las acciones guerrilleras de los años 60. Una vez más, mintió.

"Algunos decidimos tomar las armas para combatir los golpes de Estado que llegaron a toda América Latina orquestados desde afuera. Otros eligieron la vía electoral. Las dos fracasaron", afirmó Topolansky. La verdad es que cuando el movimiento guerrillero inició su acción terrorista, en 1963, Uruguay vivía una espléndida democracia: separación de poderes, Ejecutivo colegiado, garantías individuales, alto desarrollo relativo económico y social, libertad de prensa, de reunión y de asociación, y perfecto sistema electoral que garantizaba la mayor legitimidad para las autoridades elegidas en procesos enteramente libres, plurales y competitivos.

El problema no es tanto que Topolansky mienta, como lo hacen casi todos los tupamaros sobre sus inicios guerrilleros. El problema es que esa versión fraudulenta de la historia forma parte del conocimiento dado, del universo simbólico, del sentido común ciudadano que hoy en día predomina en el país. Y tan es así, que la senadora se permite sin problemas decir sus mentiras por el mundo y nadie con vínculos académicos en la investigación sobre la historia reciente, por ejemplo, la contradice en lo más mínimo.

Si alguien quiere ver una manifestación concreta de la hegemonía cultural inspirada en Gramsci, esa que termina imponiendo su visión a todo el país y que da sustento cultural e identitario a los repetidos triunfos electorales del Frente Amplio, la del relato de la historia reciente favorable a la izquierda, y a los tupamaros en particular, es una de las más patentes.

La clave está en que ella no solo se transmite en el pequeño círculo militante del comité de base sino que, como buena hegemonía gramsciana, utiliza a la escuela para poder expandirse. Como bien se sabe, la gran mayoría de los niños y adolescentes que serán los futuros ciudadanos del país solo accede a un conocimiento sumario de la historia reciente del Uruguay y del mundo cuando cursa educación primaria, ya que los que llegan a cursar tercero y cuarto de liceo no siempre tratan estos temas en Historia por lo extenso de los programas. Es por eso que en la gran mayoría de los casos la idea que se haga el escolar de sexto año en estos asuntos será la única que tenga en su futuro.

Así las cosas, ¿cómo narra, por ejemplo, uno de los libros más utilizados para estudiar sobre "Historia y construcción de la ciudadanía" en sexto año de escuela, editado por Santillana en 2012, el surgimiento y la acción guerrillera tupamara?

No presenta una cronología de sus acciones violentas. Incluso, para el período previo a 1968, se señala en la página 130 que algunas de sus denuncias "les valió la simpatía de mucha gente": queda así la sensación de que el accionar tupamaro no fue antidemocrático ni contrario a las instituciones republicanas. Nada se dice, por ejemplo, de distintas acciones terroristas de enorme gravedad ejecutadas entre 1964 y 1965: entre ellas, el ataque con bombas incendiarias a los domicilios de principales figuras del Ejecutivo y del Legislativo integrantes del Partido Nacional y del Partido Colorado.

Ya para 1968 la narración que se brinda es que primero crecieron las tensiones sociales y hubo medidas prontas de seguridad propiciadas por el presidente Pacheco, y luego y como consecuencia de ello, los Tupamaros entre 1969 y 1971 adoptaron medidas "más radicales". Según el relato de la historia que llega a nuestros niños de sexto año de escuela, el copamiento de Pando y la fuga de más de cien tupamaros del penal de Punta Carretas causaron un "profundo impacto". No se dice nada acerca de su ilegalidad, ilegitimidad y de sus grandes consecuencias en el debilitamiento de las instituciones democráticas. Y no es que no se traten estos asuntos más teóricos: en la página 148, por ejemplo, se analiza el "desmantelamiento del Estado de derecho" entre 1968 y 1973.

Topolansky miente sobre lo que sufrió el país en los años sesenta. Pero también se miente con total tranquilidad y descaradamente sobre esa misma historia en los manuales escolares. Señalar que existe una hegemonía cultural inspirada en Gramsci no es entonces hablar de una entelequia histórica o de tiquismiquis intelectuales. Por el contrario, es mostrar que tiene traducción concreta, utiliza herramientas del Estado y se propaga por la sociedad generando un relato falso pero enteramente funcional al Frente Amplio.

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