EDITORIAL
diario El País

Topolansky, Chile y las amenazas

La prueba de fuego que demuestra que una fuerza política está integrada al juego democrático no es cuando gana o gobierna. Es cuando le toca perder el poder.

Ahí se ve si realmente acepta las reglas de juego democráticas, algo que algunos dirigentes del Frente Amplio no parecen estar manejando con la altura y elegancia del caso.

Particularmente ilustrativas han sido las declaraciones nada menos que de la vicepresidenta, Lucía Topolansky, quien tras el traspié electoral de su partido hace dos semanas, amenazó con que si un eventual gobierno blanco envía una ley de urgencia al parlamento, “generará una movilización social enorme que podría producir inestabilidad”.

El primer comentario tiene que ver con la persona que dice esas palabras. Topolansky tiene antecedentes de no entender ni aceptar las reglas de juego democrático, cuando hace ya varios años, empezó con violencia callejera, y luego pasó a poner bombas, secuestrar y matar gente, en un país que por entonces (año 1963), era la sociedad más igualitaria y democrática de América Latina. Por lo tanto debería ser más cuidadosa que nadie a la hora de expresarse, no sea cosa que algún mal pensado crea que solo ha aceptado la democracia mientras le iba bien electoralmente.

El segundo comentario tiene que ver con el rol institucional de Topolansky, que es la vicepresidenta del país. Es verdad, todavía resulta raro identificarla con ese papel, pero tras la bochornosa salida del gobierno de su pupilo Raúl Sendic, no hace falta recordar en qué términos, ella es la segunda figura en importancia institucional del país. Y, además, esposa del senador más votado en las últimas elecciones. Al menos, debería ser un poquito más cuidadosa en sus expresiones, por respeto a la república.

Pero vayamos un poquito más profundo. Porque lo que dice Topolansky es nada menos que una amenaza nada velada al sistema constitucional que los uruguayos hemos elegido para regular nuestra convivencia pacífica.

Una ley, de urgencia, como la que supuestamente pensaría enviar Lacalle Pou de ser presidente a consideración del Parlamento, es una herramienta válida de cualquier mandatario uruguayo. Y si lo hace a pocos días de asumir, contará además con la legitimidad reciente de las urnas, que según las últimas encuestas le estarían consagrando Presidente con más del 50% de los votos.

¿Quién se cree Topolansky que es para amenazar con resistir desde las calles a un mandato democrático con semejante legitimación popular?

Pero esa postura no sorprende cuando se ve que muchos dirigentes oficialistas han defendido y reivindicado como maravilloso, lo que viene ocurriendo hace semanas en Chile. Donde una turba violenta viene intentando desde hace ya semanas forzar la renuncia de un presidente electo hace un año, también con más del 50% de los votos. ¿Qué representatividad social tiene un grupo de gente que protesta en la calle? ¿Valen más quienes gritan y rompen los bien públicos, que el ciudadano que va y vota de acuerdo a la constitución? ¿Es ese el tipo de democracia que plantean los dirigentes del Frente Amplio para Uruguay?

Vale comentar que esa legitimidad que otorgan a quienes protestan en la calle es muy selectiva, ya que funciona para Chile o Ecuador, pero cuando ocurre en Venezuela o Bolivia, contra dirigentes que claramente han violado las reglas de juego que ellos mismos impusieron, ahí resulta que los manifestantes son siempre oligarcas fascistas, esbirros de algún imperialismo foráneo, y solo merecedores de palo y gas.

Alguien dirá que esto es exagerado, y que las palabras de Topolansky son parte del juego electoral, que busca incidir en la gente para mantener el poder. Pues no se podría estar más equivocado.

Hay que salir a condenar con particular fuerza este tipo de amenazas y prepotencias, porque lo que se busca es condicionar a un eventual nuevo gobierno, con amenazas absolutamente contrarias al espíritu democrático. Se busca infundir miedo en los votantes, con la idea de que solo el Frente Amplio puede gobernar, porque si se llega a elegir a otro partido, las calles se convertirán en un campo de batalla, azuzado por el Frente Amplio. Si lo tomáramos para la gracia, podríamos comparar esto al caso emblemático del chico excedido de peso que como lo ponen de golero, se enoja y se lleva la pelota. Pero el tema es demasiado serio para tomarlo en broma. La oposición debería exigir a Topolansky una retractación, y el votante debería tener claro el día de las elecciones, el tipo de respeto que tiene alguna gente por su derecho a elegir libremente quién lo gobierna.

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