EDITORIAL

Tiempos de cambio

El desgaste de los tres gobiernos del Frente Amplio ya es por demás evidente. Su popularidad está en caída, así como la del propio Presidente de la República, que hace que por primera vez en 15 años llegue con saldo neto negativo.

Las encuestas vienen marcando claramente que a casi dos meses de las elecciones nacionales el Frente Amplio está lejos de la intención de voto que necesita para poder pelear con posibilidades en la segunda vuelta. Por otra parte, existe una clara superioridad de la suma de blancos y colorados, a lo que se podría agregar los restantes partidos de la oposición, que parece conformar un panorama casi irremontable para el oficialismo.

El desgaste de los tres gobiernos del Frente Amplio ya es por demás evidente. La popularidad del gobierno está en caída, así como la del propio presidente de la República, que hace que por primera vez en 15 años llegue con saldo neto negativo, esto es, más opiniones desfavorables que favorables. También pesa especialmente la gestión del actual gobierno.

Mientras que la primera administración Vázquez pudo exhibir una serie de reformas, esencialmente negativas para el país, pero reformas al fin, y el gobierno de José Mujica la célebre agenda de derechos, totalmente ajena a los intereses del presidente, pero agenda al fin, el actual gobierno no tiene un solo logro para mostrar.

El propio ministro de economía Danilo Astori confesó hace un tiempo que el principal éxito del actual gobierno era la inclusión financiera. Pues bien, a confesión de parte, relevo de prueba. Si que se utilicen un poco más las tarjetas de débito y crédito, movimiento natural y espontáneo en todo el mundo, es el mayor logro del gobierno, entonces es francamente muy poco lo que se puede exhibir.

La economía, como es evidente, también juega en contra del oficialismo. Casi 70.000 empleos se han perdido desde 2014, la economía está estancada, la inflación sempiternamente por encima de los objetivos del gobierno, este año el ingreso real de los hogares será negativo, la inversión sigue cayendo, el déficit fiscal es el mayor en 30 años y la deuda pública crece exponencialmente sin control. En otras palabras, tanto desde el punto de vista de los analistas como del sentir de la gente, la economía está muy mal y esa factura deberá pagarla íntegramente el gobierno en octubre y noviembre.

Por otra parte, el candidato del gobierno, Daniel Martínez, no da pie en bola; sus líos farandulescos, una pésima elección de la candidata a vicepresidenta que dejó heridas internas, los cuestionamientos de los pesados de la vieja guardia como Astori y Mujica y los desplantes públicos de sus pichones como Di Candia y Goyeneche, son por demás elocuentes. A su vez, queda claro que carece de estrategia de campaña, o es bipolar, que viene a ser lo mismo.

Por un lado, llama al diálogo y a la búsqueda de consensos a los partidos de la oposición sobre el pucho de las elecciones y, por otro lado, plantean la vetusta dicotomía entre oligarquía y pueblo o se plantea el escenario entre buenos y malos. Así el triunfo frentista ya no solo parece muy difícil, se vuelve prácticamente imposible.

Pero este panorama desolador del lado del partido de gobierno no debe hacer confiarse a la oposición. Es necesario que se muestre suficientemente confiable y civilizada como para poder canalizar el voto de los descontentos frentistas que, con buen tino, tampoco le darán un cheque en blanco a un rejunte sin rumbo.

Es indispensable entonces que del lado de los partidos de oposición y en especial los partidos tradicionales, que es sobre los que cae el peso de la responsabilidad histórica de reconstruir el país luego del descalabro frentista, se esté a la altura del desafío.

Lacalle Pou, como candidato del Partido Nacional y principal candidato de la oposición, viene cumpliendo tranquilamente con su trabajo. Demostrando una gran madurez y visión de estado que demuestra que está preparado para encabezar un gobierno que depare nuevos y mejores tiempos para los uruguayos, continúa desplegando un esfuerzo encomiable a lo largo y ancho del país. En tiempos en que es común insultar a los políticos antes que reconocerles sus méritos, no está de más reconocer una tarea bien realizada, pensando más en el país que en su propio partido.

Por otro lado, Ernesto Talvi parece estarse aún adaptando a su nuevo rol de candidato presidencial. No le hace bien a su partido, a la oposición ni a sí mismo elevar el tono del debate con el Partido Nacional.

Ese error ya lo cometió Bordaberry la elección pasada y vaya si le salió el tiro por la culata. Es tiempo de responsabilidades, de enormes responsabilidades y todos quienes deben contribuir a construir un país mejor deben tener claro que ese gran objetivo está por encima de cualquier otra consideración.

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