EDITORIAL

La tensión entre EE.UU. y China

“No hay que alinearse por razones ideológicas tras los intereses chinos en la disputa que enfrenta a Beijing con Washington”.

Algunos analistas están hablando de una especie de nueva Guerra Fría para describir lo que se avecina en la escena internacional en los próximos años. Esta vez, en vez de tener enfrente a la Unión Soviética, Estados Unidos rivalizaría con China.

El nuevo conflicto ya tiene nombre: la “trampa de Tucídides”. Refiere al análisis que el gran historiador ateniense realizara de la Guerra del Peloponeso (en el siglo V antes de Cristo). El experto estadounidense Graham T. Allison, en su libro de 2017, “Destined for War: Can America and China Escape Thucydide´s Trap?”, explica con claridad la tensión estructural que se produce en el orden internacional cuando una nueva potencia reta a otra ya establecida, y las consecuencias bélicas que ese desafío puede tener.

Por un lado, los enfrentamientos más conocidos hoy en día entre China y Estados Unidos refieren a cuestiones comerciales bilaterales relevantes pero con consecuencias graves para todo el comercio mundial, ya que lo bilateral en este caso involucra nada menos que a la primera y a la segunda potencias económicas mundiales. Lo comercial aquí está además vinculado a dimensiones claves del desarrollo de la economía del futuro, como la conexión 5G, en la que la administración Trump ha marcado un límite contundente al crecimiento de la alta tecnología celular china de Huawei. El enfrentamiento de potencias, en esta dimensión internacional, recién está comenzando.

Por otro lado, menos conocidas pero de enorme peso estratégico, son las luchas de influencias que estos dos actores libran en diferentes regiones del mundo: desde el área del sureste del Pacífico, donde China estima natural su predominancia militar pero Washington conserva una enorme presencia sobre todo naval, hasta África subsahariana y su gran papel de proveedor de materias primas para el desarrollo de Beijing, pasando por la siempre clave zona central asiática, o la tan importante región de América Central para un Estados Unidos que ve cómo allí China invierte capitales y procura realizar grandes obras de infraestructura.

Todo esto podrá parecer muy alejado de los intereses de política exterior de Uruguay. Sin embargo, el gobierno del Frente Amplio ha ido posicionándose, de forma discreta pero indudable, en un sentido pro-chino.

En efecto, la izquierda ha ido fijando su política exterior sobre la base de sus enormes prejuicios ideológicos que procuran contrariar cualquier vínculo estrecho con Estados Unidos, y adherir así a cualquier movida que vaya en el sentido de frenar la influencia internacional de Washington.

Por un lado, Montevideo fijó discretamente un fuerte vínculo con Huawei para el desarrollo de la conectividad de la capital del país, tomando así de hecho partido por esta marca china en el conflicto internacional que hoy en día la opone, por ejemplo, a Google con respecto a plataformas de servicios relevantes de internet. Por otro lado, el gobierno de Uruguay ha adherido a la iniciativa china de la nueva ruta de la seda, de forma de posicionar al país en un lugar estratégico relevante del desarrollo comercial de Beijing en el Atlántico sur. Además, poco a poco se ha ido infiltrando un mayor peso cultural chino, con la decisión ya tomada de expandir los centros culturales Confucio en el país y con la idea de promover el aprendizaje del idioma chino entre nosotros.

No se trata de cerrarse a la inversión en infraestructura que pueda aportar Beijing desde una perspectiva logística que ponga de relieve nuestro importante papel marítimo, para Montevideo en particular. Ni tampoco se trata de negar el papel sustancial que ocupa China en nuestros destinos comerciales.

Empero, la defensa de nuestro interés nacional pasa por fijar equilibrios entre las dos superpotencias. ¿Qué sentido tiene, por ejemplo, promover el idioma chino en nuestras nuevas generaciones, que tan difícil es además de ser aprendido, cuando el principal país con cantidad de angloparlantes en el mundo es, precisamente, China, y cuando la lengua más importante en materia de intercambios comerciales seguirá siendo, por muchísimo tiempo más, el inglés? ¿Por qué la izquierda se niega a un acuerdo entre Google y el Plan Ceibal, como ocurrió en la administración pasada, pero no tiene inconveniente alguno en firmar un acuerdo confidencial con Huawei?

No hay que alinearse por razones ideológicas tras los intereses chinos en la disputa que enfrenta a Beijing con Washington. Lo que corresponde es defender nuestros propios intereses en relaciones exteriores.

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