EDITORIAL
diario El País

Técnicos y políticos

Hace poco más de un siglo, el jurista, historiador y ensayista Max Weber dictó dos conferencias que fueron recogidas como libro en “El político y el científico”.

La tesis puede no sonarnos demasiado original: la tarea del científico (o del técnico en sentido amplio) es de naturaleza distinta a la del político y cada una requiere cualidades bien distintas. Hoy por hoy la tensión entre técnicos y políticos sigue existiendo y el debate ha resurgido por estos días en nuestro país a partir de la discusión sobre el rol del GACH y el gobierno en la lucha frente a la pandemia.

Las mejores políticas públicas surgen del trabajo conjunto de técnicos y políticos. A los políticos los elige la gente por sus ideas generales sobre el rumbo de las políticas que hacen a la actividad colectiva y para lograr los mejores resultados posibles es necesaria la colaboración de especialistas en cada materia.

Un gobierno de políticos sin base científica termina siendo un gobierno populista y oscurantista, pero un gobierno de técnicos sin responsabilidad ante la gente puede terminar en experimentos de ingeniería social prácticamente devastadores.

En la realidad, naturalmente, los roles muchas veces se confunden. Existen personas que reúnen las dos condiciones, políticos expertos en alguna materia, y los ejemplos son numerosos en nuestra historia reciente. Danilo Astori, político frentista y economista, Sergio Abreu, político nacionalista y experto en relaciones internacionales pueden ser dos buenos ejemplos.

Ahora bien, también existe un grupo un tanto más curioso y es el de los técnicos que presumen de imparcialidad cuando en realidad no la ejercen. Vienen a ser expertos en ciencias sociales, por ejemplo, que opinan desde su cargo en un estudio o en una facultad pero que en realidad desde ese ropaje ejercen la militancia política.

No nos referimos a los periodistas militantes, porque muchas veces esa condición es reconocida por ellos mismos, como el caso de los funcionarios de un polémico programa de TV Ciudad, que se ufanaban de hacer un programa de izquierda. Nos referimos a quienes se la tiran de técnicos, cuando en realidad actúan como hinchas.

El lector seguramente podrá identificar varios de estos casos. Existe un connotado politólogo que a través de Twitter se ha vuelto un feroz vocero opositor. Desde la comodidad de un cargo pagado por todos los uruguayos en la Universidad de la República se dedica un día si y otro también a atacar al gobierno, con poca ciencia política pero mucho rencor. Las campanas de eco que son las redes sociales terminan haciendo que estos personajes sean correspondidos por una claque de militantes que los aplauden y así, cada vez más, se van desconectando del mundo real y contribuyendo a construir una grieta entre gobierno y oposición. Mientras que se hacen gárgaras de democracia en declaraciones vacías de contenido contribuyen a dañarla con fines proselitistas.

Un gobierno de políticos sin base científica termina siendo un gobierno populista y oscurantista, pero un gobierno de técnicos sin responsabilidad ante la gente puede terminar en experimentos de ingeniería social prácticamente devastadores.

También es curiosa la deriva de un conocido economista que desde el año pasado comenzó a criticar duramente al gobierno, en especial a la conducción económica, como nunca lo hizo en igualdad de condiciones con las administraciones frentistas. Desde la presunción de imparcialidad de un prestigioso estudio ha ido adoptando posiciones políticas que se trasuntan aún con mayor claridad en las redes sociales. El circulo termina cerrando con la versión publicada en el Se Dice de este diario la semana pasada que se apuntaba que un conocido economista está meditando ingresar a la política en filas de la oposición.

El rol del militante político es valioso para la sociedad. Quienes con convicción dedican tiempo y esfuerzo a nutrir la vitalidad de los partidos políticos fortalecen la democracia e incorporan a la actividad el fin noble de sus ideales. Afortunadamente en este sentido los principales partidos políticos uruguayos gozan de buena salud. Lo criticable es ejercer esa militancia escudándose en una condición de imparcialidad o ecuanimidad de analista que notoriamente no se tiene.

Una convivencia democrática sana necesita buenos políticos y buenos técnicos, militantes políticos y científicos en sus especialidades dedicados al bien común. Los políticos saben y entienden de temas distintos a los que entienden los especialistas, por eso se complementan. Lo que no se necesita, porque enturbia el debate bien informado desde la actividad académica, es técnicos que se declaran asépticos mientras muestran en los hechos que la divisa muchas veces les tapa los ojos.

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