EDITORIAL

“No te pongas semántica”

Inquieta de verdad, preocupa mucho que una persona que tiene reales posibilidades de convertirse en el futuro presidente de los uruguayos, sea incapaz de decir las cosas como son.

Gobernar un país es muy distinto a tratar de quedar bien con todo el mundo. Quien agarre este fierro caliente en 2020, precisará coraje para ejecutar políticas que seguramente no satisfarán a todos, pero resultarán imprescindibles para sembrar un mejor futuro.

Por eso es tan reveladora la entrevista que Paula Scorza y Martín Tocar hicieron al precandidato frenteamplista Daniel Martínez, publicada en El Observador de ayer. No es un dirigente político más; es el favorito en la interna oficialista.

Tal vez por esa condición privilegiada o quizá por su propia personalidad, Martínez sigue aferrado a la estrategia de evitar las opiniones tajantes sobre casi todos los temas. No le falta ingenio al bajarse del Titanic frente a críticas incontrastables a la actual conducción, como la deriva en que se hallan la seguridad pública y la educación. Pero en lugar de remar en dirección opuesta, opta por flotar en un mar de indefiniciones y corrección política, con el fin de agradar a tirios y troyanos.

Veamos algunos ejemplos. No critica la conducción económica más adicta al gasto que ha tenido el país desde el retorno a la democracia, pero promete transparencia y austeridad. Llega a justificar el actual superávit de la Intendencia que dirige (bastante relativo, si tenemos en cuenta el enorme endeudamiento en que está sumida) en una supuesta “reducción de gastos de funcionamiento”. Debió contabilizar también una pesada carga tributaria que extrae dos millones de dólares por día de los bolsillos de los montevideanos, donde destaca el espectacular incremento recaudatorio de sus redituables radares.

Cuando llega la hora de justificar el estado calamitoso de la limpieza urbana, Martínez se limita a responsabilizar a Adeom. Es un recurso de doble filo, porque si por un lado lo salva, por el otro pone en duda su don de mando. Máxime cuando su queja de que Adeom “prioriza los temas corporativos” por sobre los intereses de la población, es relativizada por él mismo, argumentando que este “es un tema de discusión y nadie es dueño de la verdad y no soy quien para meterme”. ¡Vaya si tendrá que meterse, cuando los conflictos azuzados por un puñado de sindicalistas afectan la higiene de la ciudad a su cargo y la salud de más de un millón de montevideanos!

Pero no es este el único tema en el que el intendente y precandidato camina en puntas de pie, tratando de no romper nada y reiterando la ya famosa ética comunicacional del “como te digo una cosa, te digo la otra”.

Pudiendo marcar distancia del despilfarro y la opacidad con que se edificó el Antel Arena, obra de su principal competidora en la interna, Martínez da una respuesta de una ambigüedad rayana en lo inentendible: “Creo que hay cosas que a veces hay que hacer. Si salió un poco más, un poco menos… Creo que fue un lugar que llenó de orgullo a los montevideanos y hay cuestiones que son de punta que arrastran y empujan cuestiones” (sic).

Pero tal vez el punto más revelador de la entrevista en ese sentido, estuvo en su vidrioso pronunciamiento sobre la situación de Venezuela. Nuevamente en plan de no confrontar, Martínez dijo que la polémica en torno al país hermano le hace acordar “a Peñarol y Nacional. En un momento parecía un partido de fútbol”. ¡Vaya! Curiosa forma de ejemplificar una crisis humanitaria que implica asesinatos en plena calle, enfermos que fallecen por falta de medicamentos, desnutrición infantil y migraciones multitudinarias huyendo de tanta devastación.

En ese intento imposible de situarse en forma equidistante entre la opinión pública que clama contra el narcodictador y sus compañeros de partido que aún lo apañan, el intendente no logra definir esa satrapía ni como democracia, ni como dictadura. Y cuando Scorza le pregunta si hay “un intermedio” entre ambos sistemas de gobierno, le responde “no te pongas semántica”.

Inquieta de verdad, preocupa mucho que una persona que tiene reales posibilidades de convertirse en el futuro presidente de los uruguayos, sea incapaz de decir las cosas como son y deba recurrir a malabares de palabras para salir del paso. Lo grave es que, a juzgar por las encuestas, la ciudadanía premia tanta endeblez conceptual con positivos niveles de aprobación al precandidato.

Parece que su estilo campechano y sus repetidos “vamo arriba” generan una simpatía directamente proporcional a su falta de contenido.
Esto redobla el desafío de la oposición, en procura de fortalecer una campaña de ideas, valores, altura intelectual y apego indeclinable a nuestro castigado republicanismo.

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