EDITORIAL

¿Por qué tanta decepción?

Y es precisamente cuando ellas plantean nuevas y mayores exigencias en la calidad y en la ejecución de las políticas públicas, que el Frente Amplio en el poder no es capaz de dar respuestas satisfactorias.

Se acumulan las noticias, informes y estudios de opinión que señalan que la ciudadanía está disconforme con el gobierno del Frente Amplio. Pero varios estudios señalan además que a esa disconformidad se suma un extendido sentimiento de decepción hacia todos los partidos políticos, que se traduce en altos índices de indecisos en las encuestas, e incluso una decepción con la democracia misma, que se traduce en menores índices de confianza hacia la institucionalidad del país.

Hay una perspectiva internacionalista que encontrará que estas expresiones ciudadanas no son ajenas a lo que ocurre en el resto del continente. En efecto, las encuestas de opinión e incluso la poca participación electoral de estos años en varios países latinoamericanos, han dado señales claras de cierta desazón de los pueblos del continente con respecto a la gestión de sus gobiernos. En definitiva, en los últimos años varios presidentes han tenido que abandonar sus cargos por problemas de corrupción, y muchos de los que igualmente entregaron el poder en tiempo y forma también son sospechados de participar en tramas de corrupción que los han beneficiado en el poder.

Sin embargo nuestro país tiene su propia historia política e institucional que, desde siempre, se ha diferenciado del resto de los países del continente. Aquí casi siempre la democracia ha sido mucho más valorada que en otras partes. Aquí casi siempre las adhesiones partidarias fuertes hicieron que el sistema de representación política funcionara democráticamente y con estabilidad institucional. ¿Por qué entonces —y específicamente para el caso uruguayo— tanta decepción ciudadana?

Hay un motivo vinculado a la economía. En efecto, hemos vivido el ciclo de expansión más largo del que se tenga memoria, por lo que amplias clases medias han subido varios escalones en materia de consumo y mayor bienestar material. Como es sabido, a medida que se satisfacen ciertas demandas aparecen otras nuevas. Y es precisamente cuando ellas plantean nuevas y mayores exigencias en la calidad y en la ejecución de las políticas públicas, que el Frente Amplio en el poder no es capaz de dar respuestas satisfactorias.

Por el contrario, este gobierno de Vázquez no logra una mejor inserción internacional que potencie al país productivo, no impide el deterioro de la seguridad pública, ni tampoco reforma la educación para asegurar caminos de bienestar futuros para los hijos de esas clases medias que se han expandido en estos años. Además, el menor nivel de crecimiento y el estancamiento y retroceso en el nivel de empleo llegan incluso a poner en duda todo el mayor consumo y confort alcanzados por esas clases medias.

Hay otro motivo más político que refiere al discurso de la izquierda. En efecto, en todas estas décadas de acumulación electoral el Frente Amplio extendió su prédica de superioridad moral junto con su adhesión partidaria. El voto a la izquierda no era solamente para cambiar tal o cual realidad concreta, sino que también y sobre todo era para adherir a un relato, a una identidad, a un mundo subjetivo que enunciaba a los cuatro vientos su superioridad moral y ética con respecto a las demás adhesiones partidarias.

El Frente Amplio ha sido así el principalísimo responsable, en todos estos años, de haber corrido el registro y la entidad del debate político: del viejo y clásico diferendo en torno a distintas políticas concretas, la izquierda pasó a centrar su prédica en diferencias que ella sostenía (y sigue sosteniendo) son sustanciales porque hacen a la esencia moral distinta de los actores políticos. Lustros de discursos izquierdistas en este sentido dejaron instalada la idea de que hay un ellos y un nosotros, amigos y enemigos, en donde el nosotros es la izquierda que siempre, por esencia, es moralmente superior al resto.

Así las cosas, cuando quedó claramente demostrado que el Frente Amplio en el gobierno ha sido más corrupto que cualquier otro partido, la consecuente y actual decepción ciudadana no refirió solamente al fracaso de tal o cual política concreta, sino que se vinculó estrechamente con esta dimensión moral, que atañe a la identidad más profunda del alma del votante que había creído en ese relato frenteamplista casi religioso.

Las consecuencias de todo esto son muy graves. Decepcionarse de un partido de ninguna manera debe implicar decepcionarse de la democracia. Pero para que esto cambie, hay que terminar con el entendimiento de la política como un enfrentamiento entre amigos y enemigos tan propio del Frente Amplio.

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