EDITORIAL

Ahora son 755 millones de dólares

Los números positivos se explican por los precios de los combustibles y la aplicación caprichosa de la paramétrica que ha permitido a Ancap cobrar tarifas excesivas durante largos períodos.

En el correr de la semana Ancap dará a conocer el balance de gestión correspondiente al año 2017 y se anuncia que habrá un superávit de por lo menos 30 millones de dólares. Duplicará el resultado de 2016 (US$ 15 millones) y será el segundo año con números positivos luego de los largos períodos negros que llevaron al cráter de 800 millones de dólares y que luego de dos años largos y sufridos se han convertido en US$ 755 millones Una situación que no mueve la aguja y conocen muy bien los bolsillos de los contribuyentes.

El año pasado, cuando se conoció el primer y bastante esmirriado resultado positivo, el expresidente del ente público (y exvicepresidente de la República) Raúl Sendic, salió presuroso a explicar por los medios que "nosotros preparamos la empresa para que tuviera un balance positivo", en un esfuerzo por apropiarse de lo que consideraba un éxito y haciendo abstracción del formidable pozo que nos legó. Después de todo lo que pasó, sería de esperar que este año mantenga el silencio que se ha impuesto (o se lo han impuesto) para no mortificar a la ciudadanía que no solo ha pagado y está pagando por su presencia en Ancap y, lo peor, es que deberá seguir haciéndolo por unos años más.

Más allá de Sendic, seguramente puedan surgir otros fundamentalistas del seudoprogresismo del FA para destacar efusivamente los resultados alcanzados. En ese caso vale la pena recordar que tanto en 2016 como en 2017 los números positivos se explican por los precios de los combustibles y la aplicación caprichosa de la paramétrica que ha permitido a Ancap cobrar tarifas excesivas al consumidor durante largos períodos, ya sea por los costos del crudo ya por la planchada cotización del dólar. En este momento, el precio de las naftas está casi un 4% por encima de lo que dice la paramétrica.

Uruguay sigue ostentando el dudoso privilegio de vender los combustibles más caros de la región. Lo hizo durante los años de la bonanza económica y, obviamente, lo sigue haciendo ahora cuando el Estado tiene sus números en rojo por el déficit fiscal que generó el despilfarro y el clientelismo. A no olvidarse que el gobierno sigue en la línea de "consolidación fiscal" —vitalicia— del ministro Astori que se desarrolla bajo la consigna de "recaudar, recaudar y otra vez recaudar". Las únicas posibilidades de escape que se vislumbran para los castigados conductores es la llegada de los autos eléctricos, pero todavía falta mucho.

Diego Labat, contador y economis- ta con especialización en dirección de empresas y economía, director de Ancap en representación del Partido Nacional, expresó días atrás en una nota con El Observador que "el principal indicador de nuestra gestión es dar precios razonables a nuestros productos. Y es lo que no estamos cumpliendo. El país no puede soportar un sobrecosto en las tarifas del combustible del 25% por mucho tiempo más".

Pero además, Ancap enfrenta los altos costos y el trabajo a pérdida (millonaria) de ALUR y su biocombustible, y de las cementeras, tal vez el rubro más complicado porque tiene que trabajar en un sistema de competencia y pierde por goleada en materia de precios con las otras empresas.

En el mercado uruguayo se venden alrededor de 2.200 millones de litros de combustible al año. Por cada litro que los uruguayos adquieren, pagan $ 1,30 para subsidiar el biocombustible y otro $ 0,50 para cubrir el "negocio" del cemento, un "negocio" que tiene parada su planta en Minas desde hace mes y medio, pero que sin embargo sigue cobrando esa contribución a los ciudadanos.

No hay nada que hacerle, el pesado lastre de Ancap tras los gobiernos del FA dejará su marca por muchos años. Ochocientos millones de dólares es una enorme cantidad de dinero y no solo en el pequeño mercado uruguayo. Son loables los esfuerzos de las nuevas autoridades del ente para sanear la empresa, pero da la impresión que el camino del gradualismo, reduciendo de a poquito los gastos, tapando algún agujero en desmedro de otro, no será suficiente para recuperarla. Las ineficiencias del despilfarro continúan.

Y mientras se sigue apostando y gastando en actividades deficitarias se postergan o se machetean los apoyos al Uruguay productivo, ese que genera riquezas para el país. Fue necesario un inmenso sacudón para que el gobierno mirara hacia el campo y empezara a comprender la realidad de su problema, aunque nada se ha previsto para otros sectores como las empresas, el comercio y la industria.

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