Solidaridad mal entendida

El pasado lunes se llevó a cabo en Bogotá la ceremonia de investidura del presidente Alvaro Uribe, quien fuera reelecto para un segundo período de gobierno con el apoyo de una abrumadora mayoría del 62% de los colombianos.

Curiosamente, la noticia más destacada del hecho no fue la andanada de atentados terroristas lanzados por la guerrilla desde una semana antes para intentar empañar los festejos, sino la notoria ausencia de varios de los presidentes de América del Sur. No fueron a Bogotá ni Lula da Silva, ni Néstor Kirchner, ni Tabaré Vázquez, ni el incansable viajero Hugo Chávez, que encuentra tiempo en su agenda para reunirse con el presidente de Bielorrusia, pero no para cruzar la frontera a ver a su colega colombiano. La que sí marcó presencia fue Michelle Bachelet, que aprovechó para anunciar el reingreso de su país a la CAN, tras la barullenta salida venezolana del organismo.

Analistas atribuyeron estas notorias ausencias a un problema ideológico, ya que Uribe es un man- datario que no comulga con las ideas "progresistas" de muchos de estos dirigentes. Tan así es, que el lí-der izquierdista local, Carlos Gaviria, sostuvo que "su ausencia evidencia la línea discordante de Uribe con lo que se respira en el resto del continente".

Ahora bien, resulta más que curioso que estos dirigentes que suelen autodenominarse de izquierda y que propugnan la solidaridad como uno de los elementos clave de su actuación política, le hayan hecho tamaño desplante al presidente americano que más necesita del apoyo internacional.

Desde hace décadas, el pueblo colombiano viene sufriendo las consecuencias de un conflicto político interno más que sangriento, en el que el Estado enfrenta a grupos guerrilleros como las FARC o el ELN en una guerra abierta que ha dejado miles de muertos. Estos grupos, que en un mundo ideal debieran estar en un museo dedicado a los peores momentos de la guerra fría en el continente, hace años que han colgado de una percha sus ideales, para convertirse en descarados empresarios dedicados al secuestro y al narcotráfico, teniendo a todo un país de rehén, con el único objetivo de autoperpetuarse.

Según estudios, sólo las FARC reciben por año más de 300 millones de dólares por sus negocios con traficantes de drogas, sin contar lo que obtienen por secuestros de empresarios y políticos. Pese a sus postulados marxistas, los seguidores del mítico "Tirofijo" no hacen diferencia a la hora de sus ataques, como quedó en claro cuando en la primera asunción de Uribe, un proyectil de mortero lanzado contra el palacio presidencial se desvió, cayendo en un barrio pobre y matando a decenas de personas. Entre sus aportes e innovaciones se cuentan los caballos bomba, las bicicletas bomba, o el collar bomba, con el que en el 2002 mataron a una campesina en Boyacá.

Uribe, cuyo propio padre fue asesinado por la guerrilla, llegó al poder prometiendo mano dura con los rebeldes, y esa actitud fue la que le ganó el masivo respaldo de la ciudadanía que lo reeligió. Sin embargo, como muestra de la hipocresía que reina en los ámbitos políticos internacionales, eso mismo le ha generado el odio de los grupos de izquierda. Tan así es que en el 2004, cuando visitó el Parlamento Europeo para buscar financiamiento para su plan contra la droga, legisladores socialistas de varios países le hicieron un boicot. Desde sus cómodos despachos en Estrasburgo, los izquierdistas europeos le cuestionaban su política hacia las FARC, a los que consideran revolucionarios legítimos. Incluso se llegó al extremo de que una empresa escandinava, "Fighters and lovers", hizo buen negocio vendiendo camisetas en apoyo a las FARC a 5 euros cada una.

Esta hipocresía es la que ha reinado ahora en nuestro continente. Los mandatarios de la "ola progresista" parece que pusieron por delante sus nostalgias ideológicas y decidieron ignorar una fecha clave para todos los colombianos, que han dado muestras inequívocas de estar cansados de salir en las noticias sólo por atentados y ataques terroristas y que han visto en Alvaro Uribe a la persona adecuada para acabar con ese flagelo.

Otro ejemplo de solidaridad mal entendida.

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