Sociología sesgada

Nadie creerá que ese rigor científico está presente ni que esos estudios puedan constituir un instrumento válido para las políticas públicas, si el congreso que reúne a los especialistas académicos se embandera políticamente.

El XXXI congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología que se llevó a cabo en diciembre pasado en Montevideo no pasó desapercibido. Planteó como tema principal "las encrucijadas abiertas de América Latina – La sociología en tiempos de cambio". Fue cerrado por relevantes figuras políticas de izquierda del continente: entre otros, Dilma Rousseff y José Mujica.

Es evidente que en el escalón de desarrollo actual de Sudamérica se hace muy necesaria la herramienta del conocimiento social y político para consolidar rumbos de crecimiento económico y de inclusión social. En este sentido, importa mucho lo que puedan aportar los estudios de sociología porque analizan los cambios que se están verificando en procesos de modernización que ya son de larga duración en todo el continente.

En efecto, la baja de la pobreza, la globalización de los consumos culturales, la fragmentación de las ciudades, la vigencia de los viejos mecanismos de ascenso social, las dificultades y las demandas de las nuevas clases medias que abandonaron la pobreza y se consolidan como actores sociales relevantes; la expansión de la educación media, el proceso de envejecimiento progresivo de la población, el mayor protagonismo de la mujer en los procesos productivos, los cambios en las estructuras familiares con aumentos en la tasa de divorcialidad pero también con bajas en las tasas de fecundidad; las consecuencias sociales de la deslegitimación democrática fruto de la mayor corrupción gubernamental de estos años; el auge de una socialización delictiva vinculada al narcotráfico en varias ciudades del continente, o las nuevas diferenciaciones entre las clases sociales con élites cada vez más transnacionales y con mayor acceso a las universidades de los países más desarrollados, son algunos de los temas que precisan ser estudiados y evaluados para que la sociedad y los gobiernos dispongan de nuevas informaciones fidedignas y de reflexiones inteligentes que ilustren sobre el rumbo que toman los países de la región, y sobre todo, para definir políticas públicas de calidad.

Negar o relativizar el conocimiento teórico y académico en todos estos asuntos sería una tontería. Al contrario, para el caso uruguayo se hace necesario multiplicar y difundir estudios inteligentes que expliquen los cambios sociales que han ocurrido en esta última década de mayor bonanza en la historia del país. Se precisa, por ejemplo, tener mayor información sobre el impacto de los nuevos emprendimientos productivos en el Interior, con su revolución silenciosa en cuanto a tenencia de la tierra y al auge de la producción agrícola; sobre qué cambios sociales produjo la instalación de UPM en el Litoral; sobre cómo se asienta la nueva socialización de los grupos delictivos vinculados al narcotráfico en barrios populares de Montevideo; sobre las características, gustos, costumbres, radicación geográfica y tipos de socialización de las clases más pudientes; sobre las nuevas expectativas de las clases medias que lograron en estos años un mayor consumo y mayores niveles de ingresos; sobre la evolución de las nuevas estructuras familiares luego del aumento relevante de la tasa de divorcialidad de fines de los años ochenta, etc.

Así, no son pocos los temas a tratar desde perspectivas sociológicas y todos ellos precisan de rigor científico para transformarse en herramientas claves para mejorar nuestra calidad de debate ciudadano y diseñar mejores políticas públicas. El problema es que nadie creerá que ese rigor científico está presente ni que esos estudios puedan constituir un instrumento válido para las políticas públicas, si el congreso que reúne a los especialistas académicos en estos temas se embandera con notorias figuras de la izquierda latinoamericana.

¿Qué análisis riguroso se puede esperar de esa sociología latinoamericana acerca de los procesos de corrupción en el continente, por ejemplo, si dentro de sus invitados hay políticos como la brasileña Rousseff o el español Monedero? ¿Qué análisis crítico se puede esperar de la sociología nacional sobre las consecuencias de la implementación de los planes del Ministerio de Desarrollo, por ejemplo, si el congreso está a partir confites con el expresidente Mujica o es animado por la senadora oficialista Moreira?

Infelizmente, en tiempos en los que se precisa conocimiento sociológico útil y científico, la señal que dio este congreso fue de un total alineamiento y sesgo político izquierdista en su desembozado perfil más populista de la región. Una verdadera pena.

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