editorial

¿Somos una sociedad consumista?

Hace mucho que la sociedad moderna es criticada por desarrollar en exceso hábitos consumistas, y sobre todo luego del período de fuerte crecimiento económico posterior a la Segunda Guerra Mundial en Europa occidental y en Estados Unidos, que los condujo a niveles de bienestar social nunca antes obtenidos.

Algunos datos son elocuentes en este sentido. Durante décadas estos países conocieron lo que se llamó los "treinta años gloriosos". El crecimiento económico se sumó a una redistribución de riqueza promovida por políticas sociales desde el Estado, que hicieron que todo el mundo viviera mejor que antes. En 1960, por ejemplo, el inglés medio era casi seis veces más rico de lo que había sido su bisabuelo en 1860. El crecimiento del salario real del francés medio entre 1945 y 1975, por ejemplo, fue similar al crecimiento del salario acumulado de sus antepasados en los tres siglos anteriores, entre 1650 y 1950.

Además, el consumo de artefactos del hogar se extendió. El umbral de la mitad de los hogares de Estados Unidos con algunos de estos bienes de consumo se produjo por estos años: en 1926 se inventó el lavarropas, pero fue en 1965 cuando se superó ese umbral; en 1949 se inventó el secador de ropa, pero fue en 1972 que se superó esa cifra; 1945 fue el año del invento del aire acondicionado, y 1974 el de su extensión a más de la mitad de los hogares; y la televisión color se inventó en 1959 pero se extendió a la mayoría de los hogares en 1973. Luego de la caída del muro de Berlín, se fue extendiendo también la computadora personal, el horno microondas, y más cerca en el tiempo, internet por todas partes. La situación en Europa occidental siguió en general este mayor consumo de bienes que ya fijaba el comportamiento de la sociedad estadounidense.

Todo esto cambió la vida cotidiana de las familias. Dejó mayor tiempo libre, en particular a las mujeres del hogar con respecto a sus antepasadas. Sin embargo, desde los años sesenta, hubo una literatura crítica que encontró excesos en esa carrera por hacerse de bienes de consumo. Señalaron que ellos no proveían la felicidad, a pesar de las campañas publicitarias que así lo insinuaban. Denunciaron un "vacío espiritual" tras las estrategias de las familias de clase media que ahorraban y se endeudaban con tal de acceder a un sinfín de bienes: los artefactos del hogar, pero también mayor variedad de ropa, automóvil, etc.

Hoy, esos países de economías desarrolladas siguen consumiendo bienes. El consumo pasa por acceder, en general, a mejores bienes, ya que los hogares hace ya décadas que conviven con distintos artefactos del hogar. Ya no es la televisión color de los años setenta, pero sí un nuevo modelo con mayor tecnología incorporada, por ejemplo. Pero sobre todo, es en las clases medias y populares de los países de economías emergentes que se verifica cierta nueva carrera hacia el consumo de bienes, permitida por un mayor nivel de ingresos que antes no existía en esos países.

Como ocurrió en los años sesenta para las economías centrales, aparecen aquí también los críticos hacia un pretendido consumismo generalizado que sería responsable de la pérdida de valores sociales de la gente. Entre nosotros, algunos políticos y religiosos retoman esos argumentos.

Sin embargo, la verdad es que no somos una sociedad consumista. Es cierto que las clases medias han accedido a un mayor nivel de consumo en esta década. Pero también es cierto que estamos muy lejos de los altos niveles que se verifican en las sociedades desarrolladas. En Uruguay, con niveles de ingreso medio por hogar según el INE de algo más de $ 43.000 pesos al mes a fines de 2014, nadie puede decir que las familias se puedan permitir alocadas carreras consumistas. A pesar del boom de ventas de automóviles de estos años, por ejemplo, la mayoría de los hogares siguen sin tener vehículo propio.

No está mal que la gente consuma. No es pecado. Al contrario, es un motor fundamental de la economía que permite acceder muchas veces a un mayor confort cotidiano gracias a ciertos bienes de equipamiento del hogar, o también a un mayor esparcimiento.

Además, todos los estudios especializados muestran que los uruguayos en general son prudentes con su nivel de endeudamiento. Es cierto, compran en cuotas más que antes. Pero deben mucho menos, en proporción de sus ingresos, a bancos, por ejemplo, que los estadounidenses.

No somos una sociedad consumista. Simplemente, tenemos un poco más de bienestar que antes. Y eso no está mal.

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