EDITORIAL

Un siglo de Wilson

Hombre de sonrisa franca, gran sentido del humor, capaz de punzantes comentarios sobre compañeros y adversarios, condujo a los blancos en los momentos más difíciles de la República sin perder su norte esencial: la libertad y la democracia.

Se cumple hoy un siglo del nacimiento de Wilson Ferreira Aldunate. El mundo y el Uruguay cambiaron radicalmente desde entonces. Pero los principios políticos que encarnó Ferreira se mantienen vigentes.

Hay una infeliz tendencia a endiosar a los grandes personajes de la Historia a la vez que a desdeñar el contexto histórico en el que actuaron. En el caso de Wilson, sus primeros años de formación política estuvieron marcados en lo nacional por el golpe de Estado de 1933 del presidente Gabriel Terra; y en lo internacional, por la guerra civil española iniciada en 1936. Esos episodios fueron claves en su elección política de alinearse siempre con la democracia y la libertad, sellando así el inicio de un itinerario vital en el que esos dos mojones señalarían su camino.

De raíces blanco independientes, Ferreira inició su actividad política bajo el sino de la unidad partidaria blanca que terminaría de dar el mayor triunfo al Partido Nacional en las urnas en 1958. Fue activo ministro de ganadería en el segundo colegiado blanco (1963-1967), ese que no tenía mayorías absolutas propias en el Parlamento pero que igualmente llevó adelante la gran transformación que representó la Comisión de Inversiones y Desarrollo Económico, de la cual Ferreira fue gran protagonista. Electo senador en 1966, la particular coyuntura política del país, su relevante actuación parlamentaria y su natural liderazgo lo llevaron a ser en 1971 el candidato presidencial individualmente más votado por el régimen vigente.

Fue en ese año que se legitimó en las urnas el Wilson Ferreira que lideró a la amplia mayoría del Partido Nacional hasta su muerte en 1988. Hombre de sonrisa franca, de gran sentido del humor, capaz de imaginar punzantes comentarios sobre virtudes y defectos de compañeros y adversarios hechos con simpática resolución, condujo a los blancos en los momentos más difíciles de la República sin perder su norte esencial: la libertad y la democracia.

Formidable opositor a la dictadura, sufrió en carne propia los horrores de la persecución política del régimen de facto. Lideró al Partido Nacional en el voto por el No a la reforma constitucional promovida por los militares en 1980, y fue el más votado de su partido y de todas las listas partidarias en las elecciones internas de 1982. Fue precisamente con ese enorme respaldo ciudadano que, entre 1983 y 1984, promovió una transición democrática que se apoyara en la integridad de la Constitución de 1966, sin candidatos proscriptos.

El Partido Colorado y el Frente Amplio terminaron eligiendo un camino muy distinto. En el pacto del Club Naval, que llevaron adelante con la dictadura en agosto de 1984, no se terminó con la indigna prisión y proscripción de Ferreira, que era en ese entonces y a ojos vista, el candidato favorito del pueblo uruguayo.

A su salida de prisión, su ya histórico discurso de la noche del 1° de diciembre en la explanada municipal de Montevideo se ha transformado en un eje fundamental del wilsonismo: responsabilidad política, al tender la mano de la gobernabilidad a las autoridades recientemente electas; responsabilidad de gobierno, al centrar su atención en los grandes problemas del país en aquel pavoroso contexto de crisis económica; e identidad partidaria vigorizada, al inscribir la injusticia que acababan de sufrir los blancos en la larga historia de sacrificios que el Partido Nacional siempre había realizado por la Patria.

En este aniversario que coincide con un año electoral, dirigentes de distintos partidos pretenderán, como lo han hecho ya en estos lustros, reivindicar su figura. Dirán que Ferreira es de todos porque su luz trasciende al Partido Nacional, en un conocido y despreciable intento por desviar, así sea ínfimamente, una porción de electorado en favor de tal o cual, y sobre todo en desmedro del Partido Nacional. En ese intento no faltarán los enemigos de siempre, afines a la izquierda, que con pervertida verba y provinciano protagonismo académico procurarán poner en tela de juicio que el wilsonismo solo resida hoy entre los blancos.

Empero, quien atienda al desempeño político de Ferreira, preste atención a sus visiones y convicciones y además conozca algo de la historia del Partido Nacional, concluirá, sin dudas, que fue la expresión concreta y en un tiempo particular del hondo sentimiento y de la más clara inteligencia propios del partido de Manuel Oribe, de Leandro Gómez, de Aparicio Saravia y de Luis Alberto de Herrera.

Porque al fin de cuentas, lo que celebramos hoy es el centenario de un gran blanco, como fue Wilson Ferreira.

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