EDITORIAL
diario El País

El shock del futuro

Este concepto fue acuñado por el escritor estadounidense Alvin Toffler; con él titula su libro publicado en 1970, rápidamente convertido en best seller.

Ya en aquella época, previa a internet, Toffler avizoraba que la aceleración del cambio tecnológico produciría un shock tanto para los individuos como para las sociedades: lo que él define como "sobrecarga de información" generaría un complicado estrés en los primeros y conflictos aún más acuciantes en las segundas.

Toffler murió en 2016 y, por lo tanto, pudo comprobar hasta qué punto la revolución de internet hubo de confirmar sus tempranas predicciones.

Seis grados máximos de separación entre personas distantes, noticias que se difunden a través de las redes sociales en el mismo momento en que se producen, viralización desmesurada de fake news que llevan a tomar decisiones equivocadas o a dañar de manera irreparable la reputación de la gente; el mundo que hemos vivido hasta estas últimas semanas ha sido una fuente constante de adaptación al cambio.

Pero desde escasos días a esta parte, mucho se está distorsionando.

La pandemia que padecemos genera un nuevo shock, cuyos efectos son aún difíciles de predecir. ¿Se resolverá en el corto o mediano plazo? ¿A qué extremo de gravedad llegarán las consecuencias sanitarias? ¿Qué grado de perjuicio recibirá la economía del país, tanto en lo macro como en lo que hace a la supervivencia de empresarios y trabajadores? ¿Cómo contener la "sobrecarga de información" que hoy aportan unas redes sociales donde se mezclan solidaridades y odios, actitudes compasivas y escraches violentos, información verídica y fantasías delirantes?

Es posible que el hábito de agrupar físicamente al personal ya fuera obsoleto desde hace mucho. Pero esta nueva realidad parece haber instalado el teletrabajo por la fuerza y es difícil pensar que, superada la pandemia, volvamos atrás.

El soez aprovechamiento electorero de la crisis que hacen algunos, ¿pagará o les jugará en contra?

El fenómeno está en plena ebullición y es difícil responder a tantas interrogantes.

Lo que sí podemos es imaginar cómo este inesperado shock impactará en el futuro.

Tal vez el distanciamiento personal haya llegado para quedarse. Y en ese contexto, es muy posible que el cambio más sustancial que genere esta crisis tenga que ver con la institucionalización del trabajo remoto, una práctica que se ha dado en forma creciente en los países desarrollados y que está expresamente amparada por las tecnologías de comunicación.

En estos días la plataforma Zoom, que permite realizar reuniones virtuales, ha crecido en forma exponencial. Los grupos de whatsapp, los servicios de intranet y todo lo que las TICs están incorporando a nuestra realidad cotidiana, influye en forma decisiva para hacer obsoleto el modelo de oficina tal como lo conocíamos hasta el presente.

El teletrabajo tiene su desventaja, claro. Una cosa es la relación interpersonal en un mismo espacio físico y otra bien distinta, cuando se produce a través de la pantalla. Pero también aporta contundentes beneficios: reduce a cero los gastos de tiempo y recursos por transporte, así como también la contaminación ambiental que generan los vehículos usados a ese efecto. En estos días escuchamos expresar a un empresario su sorpresa porque las reuniones virtuales le hacen rendir mejor su tiempo: todo es más concreto y los equipos hacen foco en el tema que deben abordar, al punto que las reuniones terminan con solo digitar un botón. Lo mismo puede decirse de los trabajadores afectados a la atención al público, cuando ya prácticamente todos los trámites se pueden realizar en forma remota, desde cualquier dispositivo.

Es posible que el hábito de agrupar físicamente al personal ya fuera obsoleto desde hace mucho, y que en nuestro país se mantuviera estable por una suerte de inercia o aversión al cambio.

Pero esta nueva realidad parece haber instalado el teletrabajo por la fuerza y es difícil pensar que, superada la pandemia, volvamos atrás.

Quien llevará la peor parte será la industria de la cultura y el entretenimiento, especialmente en las artes que se realizan sobre el escenario. También en este aspecto, muchos artistas sabrán reciclar su actividad para adaptarla a las pantallas, en la medida que el streaming crece día a día en demanda y liderará ese mercado más que nunca, ante este gran cambio de paradigmas.

Pero todo esto no son más que conjeturas: en el fondo, los cambios sociales se producen en forma espontánea, a pesar de toda previsión y en ocasiones, contra toda lógica. De lo que no hay duda es del shock que esta pandemia trae aparejado. Una nueva revolución en las relaciones sociales que, para bien o para mal, cambiará nuestras vidas.

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