EDITORIAL
diario El País

El shock del futuro

Pedimos prestado a Alvin Toffler el título de su penetrante ensayo de anticipación, para reflexionar aquí sobre el impacto que podrá tener en el país una futura inmunidad de rebaño, producto del éxito del plan de vacunación que implementa el gobierno.

Hay dos maneras de enfrentar la situación actual de la pandemia.

En un extremo está el oportunismo de ciertos sectores políticos y corporativos, que parecen querer lucrar electoral e ideológicamente con la tragedia.

Es muy patético ver a legisladores opositores expresar que la recientemente anunciada erogación del Estado de 900 millones de dólares es insuficiente, puesto que casualmente ese exacto monto fue el agujero que ellos mismos dejaron en las finanzas de Ancap cuando gobernaron, una torpeza que obligó a toda la sociedad a erogar esa suma, para evitar la quiebra de la empresa monopólica más grande del país.

Quienes administrando la bonanza dilapidaron los recursos públicos, llegando a vergonzantes irregularidades como la de la asistencia a Envidrio desde ambos lados del mostrador, mal pueden exigir ahora más gasto; carecen de la autoridad moral para hacerlo. Y la experiencia regional así lo avala, porque el año pasado ponían como ejemplo la política de subsidios implementada en Argentina, y ahora deberían ver cómo esa economía se desmorona, sin más recursos para darle continuidad en 2021. Margaret Thatcher lo dijo mejor que cualquiera de nosotros: "el socialismo fracasa cuando se les acaba el dinero... de los demás".

En el otro extremo de esa penosa politiquería está la actitud constructiva de combatir con los mayores esfuerzos la actual crisis y, al mismo tiempo, avizorar un país de futuro que quizás esté a escasos meses de hacerse realidad.

El mundo mira el ejemplo de Israel: fue el primer país en alcanzar la inmunidad de rebaño, al recibir las dos dosis de vacunación el 80% de la población mayor de 20 años. El Observador entrevistó a tres compatriotas que viven allí y sus declaraciones evidencian no solo un rápido despegue de la actividad en todos los rubros sino, tan o más importante, un cambio radical en el estado de ánimo de la gente. "Ya nadie escucha del virus. Yo no conozco a nadie infectado ahora. Es como si viviéramos en otro mundo, parece que acá el COVID-19 no existe más", señala Yael Wiszman, de 22 años. La vida cotidiana que ella describe tiene algo de utopía realizable: "ya no toman las temperaturas al entrar a los lugares, ni te ponen alcohol en gel", "se realizan eventos y fiestas grandes y la mascarilla no se utiliza". Los aforos permitidos se han ampliado sustancialmente. En el día de la independencia, "se celebró también la libertad de volver a la antigua normalidad. Las calles y las playas estaban llenas de gente y las fiestas fueron desde el miércoles hasta el domingo". Por su parte, Denise Hodorovsky (24 años), comentó que "el pasaporte verde hizo que se eliminaran las cuarentenas, incluso para aquellos casos que sean contacto de un positivo", lo que influyó positivamente en la actividad comercial, cultural y de esparcimiento.

Parece claro que la eficiente coordinación del Estado en el combate al virus, es la mejor plataforma desde la que echar las bases del desarrollo que se avecina.

Mientras combatimos con nuestros mayores esfuerzos la actual ola de contagios, los uruguayos deberíamos avizorar ese futuro y prepararnos para su llegada. No hay duda de que estamos en una carrera contra el tiempo, con el handicap de un plan de vacunación que avanza veloz y eficazmente. El gran desafío consistirá en que la mala performance de los países vecinos no siga filtrándose a través de nuestras fronteras, como incidió en estos meses de recrudecimiento de la epidemia.

Un Uruguay colocado a la vanguardia latinoamericana en la derrota del virus, tendrá todo a su favor para atraer inversiones, redinamizar el turismo y recuperar aquel talante optimista, hoy malherido.

Pensar en esta nueva realidad, que tal vez sea más próxima de lo que imaginamos, no es caer en el exitismo ni en la negación de la crisis actual. Implica en cambio un desafío altamente demandante: el de prepararnos para lo que viene. Como en los países que debieron reconstruirse después de las grandes guerras del siglo XX, la recuperación pospandemia requerirá de altas dosis de planificación y sobre todo de mucho trabajo de parte de las fuerzas vivas de la sociedad.

Parece claro que la eficiente coordinación del Estado en el combate al virus, es la mejor plataforma desde la que echar las bases del desarrollo que se avecina.

Un shock del futuro que ya no será distópico, sino que traerá nuevos vientos de prosperidad.

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