EDITORIAL

Podemos sentirnos esperanzados

Lacalle mostró su talla con un discurso muy presidencial y señaló que el triunfo blanco era posible en la medida que los blancos como partido jugaran abierto, dispuestos a negociar con los otros partidos opositores para alcanzar la mayoría necesaria.

No es lo mismo imaginar cómo será el futuro antes de que ocurra una elección interna, que verlo una vez que esta haya ocurrido. A las cifras frías pero contundentes de los resultados, se suman las reacciones, los gestos, lo que los triunfadores dicen, la forma en que actúan los que pierden, la manera en que cada partido procesa lo ocurrido y por encima de todo, el modo en que la población asimila la nueva realidad. Todo eso termina en un impacto mucho mayor al dictamen de los números y por eso, en muchos sentidos lo ocurrido el domingo fue formidable y potencia las esperanzas de cambio que el país reclama.

Sabemos quiénes son los candidatos por cada partido, conocemos sus fuerzas y debilidades, tenemos claro cuál es el contexto político, económico y social del país y con las cartas a la vista podemos imaginar salidas alentadoras para quienes estamos muy cansados de tres lustros de gobierno frentista.

El resultado es sin duda desafiante y bueno desde la perspectiva de cada uno de los partidos, aunque más lo es en el caso de la oposición.

La figura de Daniel Martínez puede no resultar seductora, pero sus competidores dentro del Frente Amplio lo eran aún menos. Desde ese punto de vista, ganó la mejor opción posible. Pero es verdad que su estilo, su locuacidad, su postura ante la política es también una muestra de un Frente desgastado.

Martínez no tiene la estampa presidencial de un Tabaré Vázquez ni el carisma demagógico de un José Mujica. Pero es la clara encarnación de que, hoy por hoy, es lo mejor que tiene el Frente Amplio. No será mucho, pero es lo que hay.

Si bien las encuestas, en sus contradictorios resultados, a veces lo mostraron tomando la delantera, para muchos fue inesperado el impactante triunfo de Ernesto Talvi en el Partido Colorado. Pese a su incursión tardía en estas lides, no ha sido ajeno a la vida política del país y antes de ser candidato, era una figura pública identificada como un simpatizante colorado. Cuando lanzó su candidatura, anunció que quería renovar su partido y sacarlo del estancamiento en que cayó tras la renuncia de Pedro Bordaberry. Le salió al cruce Julio Sanguinetti, que por momentos pareció poner fin a las ilusiones de Talvi. Sin embargo lo que ambos lograron, en abierta competencia, fue volver a darle a los colorados un sentido de pertenencia y enviar un claro mensaje que ganen o pierdan, los dos tienen claro que el próximo gobierno será de coalición y que hay que apoyar esa idea con la mayor entrega.

Surge entonces un partido con dos alas que atraerá votantes de diferentes corrientes, pero que a la vez se mantendrá cohesionado detrás de la candidatura de Talvi. En ese sentido, las reacciones de Sanguinetti al conocerse el resultado fueron claras. Lo que importaba era que su partido se refortaleciera. Si sus seguidores aceptan de buen grado el resultado, ese objetivo parecería logrado.

Lo más interesante de la noche fue el resultado blanco. No porque fuera inesperado, no lo era, sino por la forma en que todo el partido celebró el triunfo de Luis Lacalle y ofreció una imagen de fuerza y cohesión.

En primer lugar Lacalle votó muy bien; se llevó la mitad de los votos de un partido que convocó a la mayor cantidad de gente a participar de su interna.

En segundo lugar, el partido se mostró unido. Ya lo estaba antes pese a que aquellos siempre dispuestos a señalar fisuras donde no los hay, decían que no. No podemos desconocer que hubo un grave factor de perturbación interna, pero ello unió aún más al tronco del partido. Y eso se vio en como se celebró el triunfo de Lacalle: sus más tradicionales adversarios aún habiendo perdido expresaron su innegable apoyo al ganador. Estaban en el estrado y celebraban a la par. En ese formidable entramado, a ninguno sorprendió que Luis Lacalle anunciará a Beatriz Argimón como su compañera de fórmula. Ya lo sabían y a todos les pareció la mejor opción.

En ese contexto, Lacalle mostró su talla con un discurso muy presidencial y señaló que el triunfo blanco era posible en la medida que él como candidato y los blancos como partido, jugaran abierto, dispuestos a negociar con los otros partidos opositores para alcanzar la mayoría necesaria en la segunda vuelta y conformar un nuevo gobierno.

Con este panorama, los uruguayos que se hartaron de estos quince años frentistas y apuestan a una renovación para el próximo período, pueden sentirse esperanzados. Los resultados de la internas invitan a ser optimistas y ofrecen una posibilidad cierta de alcanzar la tan ansiada alternancia.

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