EDITORIAL
diario El País

Sentido común para abordar Ancap

Ancap sigue siendo una de esas vacas sagradas, intocables para muchos uruguayos. Intocables aunque nos cuestan un dineral, no en todo cumplen con sus cometidos ni para todo son imprescindibles.

Es más, hace pocos años la mayor empresa estatal y monopólica, tras un total despilfarro, casi se fundió y el Estado debió salir al rescate para volver a contar con ella. Ahora hay dos temas puestos sobre la mesa vinculados a Ancap. Uno de ellos es evitar un drenaje sin fin, el otro busca ofrecer un servicio en una área en que Ancap no lo hace cabalmente y afecta una actividad que es fundamental para el país.

La primera tiene que ver con las plantas que producen pórtland y que desde hace años dan sostenida pérdida. No se trata de un servicio esencial que solo el Estado cubre, pues hay empresas privadas que lo abastecen. Por lo tanto, su cierre no implicaría que el país se quede sin pórtland. Tampoco plantea una crisis laboral por cuanto al ser una empresa estatal, eso permitirá que su personal pase a otra dependencia.

No sería fácil venderla y si lo fuera, sería a un precio ridículo. ¿Quién querría pagar un dineral por un emprendimiento anticuado y que da pérdida? Tal como con sencilla agudeza lo señaló Juan Martín Posadas en su columna del domingo en este diario, sería una situación similar a la venta del avión presidencial. Nadie se opuso a la venta del avión y por lo tanto, razona Posadas, si la situación es exactamente igual a la planta de pórtland, ¿por qué habría de oponerse alguien a su venta o su cierre? Se trataría únicamente de terminar con el costoso drenaje.

El otro tema es el del monopolio de Ancap. Una primera idea era terminarlo mediante la LUC, pero la propuesta no prosperó porque hubo oposición dentro de la propia coalición, incluido el sector Ciudadanos cuyo fundador estuvo vinculado a una línea de pensamiento económico contrario a los monopolios estatales. Paradojas difíciles de entender.

La propuesta ahora es desmonopolizar la venta de combustibles solo en puertos y eventualmente en aeropuertos. La razón es simple: Ancap no puede cumplir con ese servicio y por lo tanto, sería bueno buscarlo en otro lugar. Ancap no está en condiciones de hacerlo, no porque algo anda mal, sino porque en su plan de negocios ese rubro en particular no es prioridad.

Esto lo explicó con claridad hace unos días el ministro de Industria y Energía, Omar Paganini. Sus argumentos fueron directo al grano y no necesitó apoyarse en teorías ideológicas sino en hechos: no hubo razones presuntamente “neoliberales” para proponerlo, sino la pura realidad. Por lo tanto, tampoco es con consignas estatistas, dirigistas y “progresistas” que hay que cuestionar la propuesta, sino con sentido común.

El problema que plantea el ministro es que las limitaciones de Ancap para prestar ese servicio, resienten la actividad portuaria. Las embarcaciones buscan otros lugares para recalar donde el abastecimiento es abundante y a mejor precio. Eso perjudica la actividad portuaria y hace que los puertos del país dejen de ser preferencia. Como es bien sabido, o quizás no tanto y he ahí parte del problema, el movimiento portuario le deja muchas divisas al país, es una fuente de ingresos y que genera trabajo tanto directo como indirecto.

El país no puede ser rehén de estas discusiones absurdas, casi bizantinas. No se trata de cuestiones ideológicas, sino de pensar con la cabeza y aplicar el sentido común.

Ante la evidencia de las razones manejadas por Paganini, la cosa no da para que esto se prolongue en una discusión infértil e interminable. Es obvio que esta desmonopolización parcial es necesaria para bien del país, no perjudica a Ancap y por lo tanto debe ser votada dentro de la Ley de Presupuesto.

La resistencia a ello muestra una vez más que hay muchos montevideanos que siguen sin tener claro cómo se genera riqueza en este país. Es ya histórico que esos sectores de la capital no entienden, y hasta rechazan, el funcionamiento del campo como una actividad productiva, exportadora y generadora de divisas. Tal vez ocurra porque para el montevideano el campo queda lejos, no lo ve y por eso no lo entiende.

¿Pero la actividad portuaria? ¿Esa que está frente a nuestros ojos, que se constata todos los días, que involucra a tanta gente que vive en la ciudad y a gente que vive y trabaja en otras localidades donde también hay puertos?

El país no puede ser rehén de estas discusiones absurdas, casi bizantinas. No se trata de cuestiones ideológicas, sino de pensar con la cabeza y aplicar el sentido común. Hay decisiones que deben ser tomadas para lograr que el país funcione, que lo haga con eficiencia y eficacia y que lo haga aún a pesar de los obstáculos que irremediablemente pone la pandemia. Estas son dos de ellas.

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