EDITORIAL

Sandeces de izquierda

Somos, en la inmensa mayoría, descendientes de barcos, hijos de inmigrantes que vinieron de distintas partes de Europa a hacerse la América. ¿O acaso Di Candia es de origen quechua?

Con el proceso electoral que estamos viviendo se dejan de lado noticias menos importantes. Sin embargo, a veces hay que detenerse en algunas de ellas porque, realmente, dan cabal cuenta de ciertos procesos disimulados que terminan haciendo mucho daño al país.

Hace poco más de un mes, en un acto para declarar visitante ilustre de Montevideo a una antropóloga argentina, el intendente Di Candia criticó la imagen de pequeño país modelo con el que se nos ha caracterizado. Señaló que un candidato decía que nosotros tenemos que ser “un pequeño país europeo y no parte de esta América Latina decadente”. Y agregó luego que “debería dar vergüenza que eso pase, porque es parte de un proceso de silenciamiento, de censura y de asesinato de toda una cultura indígena, mulata, negra, de la que somos parte y sin embargo hoy en 2019 tenemos que seguir bregando con fuerza”.

Lo primero que hay que recordar es que la expresión “pequeño país- modelo” es de José Batlle y Ordóñez y tiene más de un siglo. No es un invento de “un candidato” actual. Da un poco de pena tener que aclararlo cuando Di Candia fue estudiante de ciencia política, pero la realidad es así de sencilla y clara: el intendente no parece manejar esa referencia histórica tan elemental.

Lo segundo es que Uruguay siempre fue una excepción en el continente, aunque Di Candia se niegue a admitirlo tras sus anteojos ideologizados. A lo largo del siglo XX, no hubo en todo el continente país más democrático que el nuestro, ni donde se repartiera mejor la riqueza, ni donde se ejercieran las libertades civiles con tantas garantías- en particular las de reunión y de expresión -, ni donde se respirara y viviera tanto sentido de civilización, sea que se lo mire a partir de nuestros grandes éxitos culturales o sea que se lo valore a través de nuestra excepcional convivencia pacífica y tolerante. Todo eso, que cualquiera sabe, es algo que efectivamente nos diferenció del resto del continente. No solamente de Latinoamérica, sino también del mismísimo Estados Unidos, en donde, por ejemplo, en varios de sus estados los matrimonios interraciales estuvieron prohibidos hasta bien entrados los años sesenta. ¿Por qué al Frente Amplio en general y a los Di Candia en particular, formados en el discurso izquierdista hegemónico de las ciencias sociales del país, ese que también es capaz de justificar que haya un centenar de indigentes en la Facultad de Ciencias Sociales sin ningún problema, les cuesta tanto admitir esa realidad histórica tan sencilla de entender y tan fácil de verificar?

Esa ceguera solo puede entenderse por la ideologización extrema en la que viven los izquierdistas. Niegan realidades elementales, fácticas, concretas, indudables. El discursete americanista- progre- liberador- patriagrandense precisa hacer creer a todo el mundo que Uruguay forma parte de una Latinoamérica sufriente. Que aquí también se escucha el lamento del bombo y el charango, y que simplemente hemos silenciado nuestra cultura indígena multitudinaria, o hemos escondido a los negros detrás de quién sabe qué cordillera hecha de odio contra el oprimido, porque somos una especie de colonizador europeo que ve con buenos ojos al hombre blanco (y, ya que estamos en este asunto, se agregarán a piacere los calificativos de heterosexual y patriarcal).

Son todas tonterías. Aquí cuando se juró la Constitución de 1830 no había más de 80.000 personas en todo el país; jamás hubo ninguna cultura indígena del porte y la atención que podía entreverse en Ecuador, Perú o Bolivia; nunca hubo el racismo institucionalizado que se verificó en el Caribe o en Estados Unidos; y somos, en la inmensa mayoría, descendientes de barcos, hijos de inmigrantes que vinieron de distintas partes de Europa a hacerse la América. ¿O acaso Di Candia es de origen quechua?

Todo esto podrá parecer muy anecdótico. Pero el problema es que así se forma buena parte de la cultura que termina siendo dominante en una izquierda que aún representa a una buena parte de la opinión nacional. Son procesos disimulados que van haciendo un daño enorme porque van armando un discurso delirante, hecho de afirmaciones antojadizas que en nada respetan la historia real del país. Y esa izquierda es la que luego termina adhiriendo a cualquier tontería que provenga desde el exterior, como por ejemplo la de hacer una policlínica especial para enfermedades que debieran de sufrir sobre todo las poblaciones afro descendientes, aunque aquí nunca nadie haya hecho estudios epidemiológicos específicos.

Lo dicho: son todas sandeces de izquierda.

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