EDITORIAL

Salir del círculo rojo

Si el próximo 30 de junio se acentúa la ya preocupante baja en la participación electoral, las colectividades políticas deberán reflexionar muy seriamente sobre los correctivos.

En qué medida los agitados avatares del sistema político inquietan al ciudadano común? Parece que no mucho. Una encuesta de Factum divulgada ayer por nuestro diario revela que solo el 13% de los uruguayos sabe qué día se celebrará la elección interna.

Cruzando esa información con el dato empírico de la constante caída de la participación ciudadana en comicios semejantes, desde 1999 hasta 2014, parece evidente que las internas desvelan más al llamado “círculo rojo”, una minoría politizada y comprometida, que al resto del -mucho más amplio- universo electoral.

Porque como se sabe, las primarias son elecciones no obligatorias. Fueron proyectadas en la reforma de 1996 y experimentadas por primera vez en 1999, habiendo convocado en esa oportunidad a un 57% de los ciudadanos habilitados para votar. En las dos siguientes, de 2004 y 2009, la participación descendió a un 45%, y en las últimas de 2014 bajó todavía más, a un 37%.

¿Volverá a abatirse este año, habida cuenta de que a escasos 40 días de celebrarse, un mínimo porcentaje de uruguayos conoce siquiera su fecha de implementación? Hay algunos datos de la realidad que parecen anticiparlo. En la nota de ayer, nuestro cronista explica que “cuando la encuestadora llama (en este caso por teléfono fijo o celular) a un encuestado y le pregunta si iría a votar en las elecciones internas, el 72% responde que “sí”. Sin embargo, la cifra cae al 36% cuando se repregunta por el mes de votación. Eso hace pensar que son muchos más los que dicen que irán a votar que los que efectivamente lo harán”. Y no es menor tener en cuenta que el 30 de junio será el domingo previo a las dos semanas de vacaciones escolares, o que se estarán jugando partidos de la Copa América para pasar a las semifinales.

Tal vez por ese desapego del electorado, las encuestas en esta etapa son tan imprecisas e incoherentes entre sí, habiendo sido en distintas oportunidades desmentidas por los resultados finales.

Estas comprobaciones generan muchas preguntas. ¿El universo electoral está tan politizado como creemos quienes nos desvelamos por estos temas? El fuerte compromiso en tal sentido que agitó al pueblo uruguayo a la salida de la dictadura, ¿se ha extinguido? ¿No importa nada a la mayoría de la gente quién nos gobierna? El Uruguay de Batlle y Ordóñez y de Herrera, el de Wilson y Seregni, ¿está hoy cooptado por ese simplismo poujadista que desprecia la política como herramienta de transformación social?

No sería raro que estuviera pasando semejante tragedia, porque los últimos gobiernos han trabajado en tal sentido. Lo hicieron al abandonar la excelencia de la educación pública, que sembró Varela y creció a lo largo de la mayor parte del siglo XX. Lo hicieron cada vez que predicaron la polarización, dividiendo a los uruguayos entre héroes y villanos. Lo hicieron cuando promovieron a los más altos cargos de decisión política a personas que descreían (y aún descreen) del más elemental republicanismo.

Si el próximo 30 de junio se acentúa esa ya preocupante baja en la participación electoral, las colectividades políticas deberán reflexionar muy seriamente sobre los correctivos que las vuelvan a posicionar como expresiones legítimas de las mayorías nacionales. Por lo visto, buenas acciones aisladas como las elecciones juveniles organizadas por ambos partidos fundacionales, no han sido suficientes para reconectar a la gente con quienes aspiran a liderarla. Seguramente falta una popularización del conocimiento histórico, que justiprecie la importancia de los partidos en la construcción política y la de la política en el mejoramiento de la sociedad.

Resulta paradójica, al respecto, la disposición constitucional que obliga a los partidos a presentarse a las primarias (los minoritarios carecen de competencia interna y se ven obligados a juntar un mínimo de votos, para que su comparecencia en octubre sea autorizada) y que al mismo tiempo libera al ciudadano de la obligatoriedad de votar. Muchos se preguntan si no estamos ante la señal de que esta fase del proceso electoral debería eliminarse, sustituyéndola por mecanismos de definición de candidaturas propios de cada partido.

Como sea, el debate no debe estar centrado ni en la comodidad del elector ni en la de los partidos, sino en la promoción de un compromiso de militancia política que es base y esencia de toda democracia que se precie.

Una lucha política de élites, divorciada de las mayorías, es el campo más fértil para el populismo que tanto daño sigue haciendo.

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