EDITORIAL

Sacado de la galera

Tal vez el gobierno suponga que con el fuego de artificio de un nuevo Ministerio de Cultura calmará el enojo de tantos artistas que no solo votaron a la izquierda, sino que se jugaron por ella con sacrificio militante.

La semana pasada, la ministra María Julia Muñoz sorprendió con un anuncio inesperado: el gobierno tiene la intención de aprobar antes de las elecciones un proyecto de ley que crea un Ministerio de Cultura, separado del de Educación.

Es evidente que toda iniciativa que demuestre la preocupación oficial por la cultura provoca beneplácito. Pero ¿qué clase de proyecto estarán promoviendo? ¿Por qué un cambio institucional de esta magnitud que, prometen, regiría a partir de 2021, cuando estamos a dos meses de las elecciones y en el umbral de un casi seguro cambio de coalición política en la conducción del gobierno?

La iniciativa de separar Educación de Cultura en dos ministerios viene de hace unos años. La impulsó en 2016 un conjunto de gestores culturales e intelectuales, entre los que se contaban personalidades de todos los partidos, como Tomás Lowy, José Rilla y Gerardo Grieco. En aquella oportunidad se adujo que el fomento a la cultura merecía una secretaría de Estado autónoma y que la tendencia internacional iba hacia la especialización en tal sentido. Sin embargo, la idea quedó en la nada.

Un año después, el gobierno promovió la creación de una Secretaría Nacional de Cultura, cuya finalidad sería, según fue explicado entonces, “ordenar lo que hace el Estado en el ámbito cultural”. Era el mismo perro con distinto collar. Nadie entendió bien por qué, si de ordenar la acción estatal se trataba, no se lo hizo directamente con los organismos idóneos ya existentes. Y otra vez, el anuncio quedó en eso.

Lo que ahora propone la ministra Muñoz es un tercer intento de reflotarlo.

Es curioso que en un país donde el MEC no gobierna la educación, a pesar de que la integra en su propio nombre, se decida que tampoco se haga cargo de la cultura. ¿Para qué va a estar, entonces? Muñoz lo fundamenta prometiendo que la cultura tendrá “un lugar más destacado y con estructuras más estables”. “Hay que darle otra posibilidad de desarrollo de carrera para sus propios funcionarios y tener en cuenta el desarrollo de las disciplinas”. ¿Las actuales estructuras culturales son inestables? ¿Las disciplinas hoy no están desarrolladas? ¿De lo que se trata es de dar mejores carreras a los funcionarios? ¿Qué sentido tiene todo esto?

Hemos conversado con gente del rubro que sospecha de dos posibles causas no explicitadas: por un lado, una promesa demagógica dirigida a algunos artistas cercanos al poder, que de algún modo compense la falsa escuadra en que ha quedado con ellos el FA, por poner en entredicho la vigencia de los derechos de autor e intérprete.

Como se recordará, desde hace años hay una asesora de la ministra de Educación y Cultura que viene bregando, en sintonía con sectores radicales del FA, por legalizar la descarga gratuita de contenidos artísticos de internet y las fotocopias de libros, una propuesta que escandalizó en forma unánime a los creadores literarios y musicales.

En ese entonces se escucharon disparates tales como que estos son “terroristas lucrativos” por defender el obvio derecho a cobrar por su creación, única forma en que pueden ser remunerados por un trabajo que es tan digno como cualquier otro.

Recientemente, los consabidos jinetes del apocalipsis cultural volvieron a la carga, trancando el proyecto de ley presentado por el senador Pablo Mieres para extender a 70 años la vigencia de derechos de autoría e interpretación. Una ley que, si no sale (y el FA está haciendo lo posible para que no salga) significaría por ejemplo que el gran músico uruguayo Ruben Rada quedaría imposibilitado de cobrar regalías por su clásico “Las manzanas”.

Tal vez el gobierno suponga que con el fuego de artificio de un nuevo Ministerio de Cultura calmará el enojo y la decepción de tantos artistas que no solo votaron a la izquierda, sino que se jugaron por ella en las buenas y en las malas, con sacrificio militante.

Pero hay otra interpretación posible de este anuncio, tan intempestivo como tirado de los pelos. Y es que se lanzó casi a renglón seguido de la patética telenovela en torno a la candidatura de El Gucci, un músico de una popularidad tan alta, como discutible es su calidad artística. Fue todo tan horrible, dio tanta vergüenza ajena, que no parece casual que ahora el gobierno lance esta cañita voladora para intentar atraer a los agentes culturales que huyen de sus filas en desbandada.

Sea por la razón que sea, resultan inquietantes estos niveles de improvisación que exhiben en un tema tan sensible, que reclama más acciones serias que promesas descabelladas.

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