EDITORIAL

No podemos resignarnos

Cuando dicen lo que verdaderamente piensan, los jerarcas del actual gobierno confiesan que están entregados, que no saben, no pueden o no quieren enfrentar los gravísimos problemas que tiene nuestro país.

En las últimas semanas se han conocido una serie de declaraciones y datos sobre la realidad que confirman, lamentablemente para el país, el estrepitoso fracaso de los gobiernos del Frente Amplio. Se podría contrargumentar que existió un importante crecimiento económico, como el que experimentaron casi todos los países de América Latina y debido a los mismos factores, pero no deja de ser cierto. El problema es que justamente, ese crecimiento económico excepcional deja más en evidencia la impericia de los gobernantes frentistas para resolver los problemas fundamentales que hacen a la calidad de vida de los uruguayos. En otras palabras, ser mal gobernante en medio de la abundancia es un agravante no un eximente.

Lo sintetizó con toda nitidez en estos días el expresidente Sanguinetti cuando afirmó que Uruguay vivió un proceso de "crecimiento económico y decadencia social". El crecimiento exponencial de los delitos violentos en lo que va del año, el fracaso educativo, el creciente problema para acceder a la vivienda, la multiplicación de los asentamientos y de las personas en situación de calle, las fallas aberrantes y la impresionante corrupción en el sistema público de salud, entre otros, apuntalan la idea de que el deterioro en el clima de convivencia es una realidad incuestionable para quien la mire sin distorsionarla.

Por estos días dos jerarcas cometieron lo que varios en filas oficialistas llamaron un "sincericidio", al admitir no solo el fracaso actual sino el rumbo tenebroso por el que están conduciendo al país. El director nacional de policía Mario Layera sentenció en una entrevista con El Observador, consultado sobre cómo visualizaba el futuro: "Un escenario como El Salvador o Guatemala. El Estado se verá superado, la gente de poder económico creará su propia respuesta de seguridad privada, barrios enteros cerrados con ingreso controlado y el Estado disminuirá su poder ante organizaciones pandilleras que vivan de los demás, cobrando peaje para todo".

Cuesta pensar en una visión más apocalíptica y que contraste más con la mirada que expresó hace poco tiempo el Ministro Bonomi en la interpelación que le realizara Pedro Bordaberry. Allí no solo el ministro tuvo la desfachatez de realizar bromas de mal gusto ante el drama que sufren los uruguayos como consecuencia de su ineptitud contumaz, sino que dibujó un panorama de fantasía. Quizá sea porque el ministro vive de vacaciones fuera del país que no ve la realidad, pero es evidente que no habla con Layera o no sabe dónde está parado.

Pero las declaraciones de Layera tienen otra importancia capital; demuestran que el gobierno está resignado, que no sabe qué hacer frente al problema creciente de la inseguridad y, por lo tanto, estamos totalmente indefensos. Si quien se supone que debe estar al frente del diseño e instrumentación de los planes de seguridad piensa que vamos camino a tener los indicadores de un país centroamericano, evidentemente estamos en manos equivocadas y necesitamos gente nueva que piense que se puede vencer a la delincuencia y que tome medidas concretas y no se dedique a diagnosticar la realidad.

Por su parte, también trazó una perspectiva negra sobre el futuro del país el presidente de la Junta de Transparencia y Ética Pública, Ricardo Gil Iribarne. En declaraciones este lunes a Radio Uruguay manifestó respecto a la situación de corrupción: "En cinco años podemos estar como los que están peor". Claramente la corrupción en nuestro país ha avanzado a un ritmo importante en los últimos años, con casos sonados y onerosos, pero tampoco podemos resignarnos a que la situación vaya de mal en peor como si fuera un hecho ineluctable.

Este es, finalmente, el punto central de la cuestión. Cuando dicen lo que verdaderamente piensan, los jerarcas del actual gobierno confiesan que están entregados, que no saben, no pueden o no quieren enfrentar los gravísimos problemas que tiene nuestro país. Cada día los verdaderos asuntos donde se juega qué tipo de sociedad vamos a construir, muestran un deterioro inocultable y el Presidente de la República está desaparecido. Y los ministros y otras autoridades se limitan a balconear lo que pasa, como si fueran meros comentaristas de una realidad que les resulta indiferente.

Uruguay no puede resignarse a que estemos mal y vayamos cada vez peor como cree el Frente Amplio. Si ellos no pueden hay gente con ganas y con fuerza para hacerse cargo. Aunque muchos de los que critican al gobierno, ipso facto repitan como un mantra, "no hay oposición". Será nuestra responsabilidad saber distinguir la paja del trigo.

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