EDITORIAL

Los reflejos estalinistas

Se sorprendió que Castillo sostuviera que los venezolanos emigrados eran pocos. Le recordó que era un 15% de la población y que llevado ese porcentaje a números era “como haber dejado a Uruguay sin una sola persona”.

Ante determinadas encrucijadas hay gente que no puede evitar mostrar su verdadero rostro. La semana pasada, enfrentado a una situación enojosa, el senador frentista Juan Castillo reaccionó con reflejos claramente estalinistas. Esto no debería sorprender, dada su larga trayectoria en el Partido Comunista, pero para un país que apuesta a su tradición democrática y libertaria, su actitud no deja de ser preocupante.

Al senador no le gusta que alguien cuestione sus dogmas. Y si además es un frentista, considera bueno convocar al Tribunal de Conducta Política del Frente Amplio para determinar quien está equivocado y quien no, quien se atiene a la doctrina frentista y quien no. En la pequeña escala uruguaya, esto recuerda a los juicios al estilo de Moscú, en la era de Stalin. Días pasadas se realizó en el local “La Huella de Seregni” un encuentro para discutir la situación venezolana, organizado por el “Comité Funcional de Derecho”, una suerte de comité de base frentista que reúne a estudiantes, en este caso de la Facultad de Derecho. Participaron Constanza Moreira, Juan Castillo, la socialista Mónica Xavier y el astorista Sebastián Hagobian. Moderó el panel Sara González, una joven militante de Asamblea Uruguay y del mencionado comité. Es venezolana y llegó a Uruguay en 2014, como lo han hecho tantos compatriotas suyos en estos años.

No terció durante el debate por ser la moderadora y por lo tanto decidió exponer sus discrepancias unos días después, mediante una carta en que cuestionó a los senadores Castillo y Moreira. “Ojalá nunca les toque tener que justificar el hambre de su pueblo por la revolución”, dijo, “porque es muy fácil hablar desde este Uruguay pujante, en donde no falta la comida ni la medicina”.

Se sorprendió que Castillo sostuviera que los venezolanos emigrados eran pocos. Le recordó que era un 15% de la población y que llevado ese porcentaje a números era “como haber dejado a Uruguay sin una sola persona”. Reiteró que el bloqueo de Estados Unidos no existía hace cinco años sino que se impuso recién en 2018: sin embargo, “el desabastecimiento comenzó en 2012 empeorando año tras año”.

Para la senadora Moreira lo de la estudiante era una “calumnia política” que además había caído en “algo que los frenteamplistas estamos evitando, especialmente en tiempos de campaña, que es ponernos los unos contra los otros”.

Opinar en forma diferente (y más si lo hace desde la experiencia personal) ahora parece ser calumnia, más cuando el efecto es sacar los trapitos al sol justo antes de una elección. Según la senadora sería mejor que la población no supiera que dentro del Frente no todos coinciden con ella.

Castillo fue más duro, pues anunció que estudiaba la posibilidad de disciplinarla; o sea llevar a la joven al mencionado tribunal. Se preguntó si debía “cuidarse más de los compañeros frenteamplistas que de la derecha”. Aunque en realidad, en este tema no necesita cuidarse de unos u otros. Sí tiene que cuidarse de quienes aborrecen las dictaduras y valoran la libertad, la vigencia de los derechos y la democracia.

Pretende que el tribunal decida quien se apartó de los postulados frenteamplistas. “Uno de los dos no tiene cabida” en el Frente Amplio. “O yo me equivoqué o fue ella”. O sea, la quiere echar y de paso lograr que el Frente Amplio, en forma inequívoca, establezca como dogma las bondades de la dictadura chavista, representada por Nicolás Maduro.

Pasar al tribunal, ¿implicaría someter a la joven a un interrogatorio al estilo del que narraba Arthur Koestler en su famosa novela “El cero y el infinito”? ¿Olvida el senador que el tiempo de los gulag siberianos ya pasó?

La reacción de Castillo va a contrapelo de la tradición democrática uruguaya y desnuda el dogmatismo propio de su ideología. Tal vez tema que todo esto sea expresión del “anticomunismo”, como si eso fuera un problema, una mancha, una modalidad de racismo y de discriminación.

En todo caso, hay gente que rechaza el totalitarismo, sea fascista, nazi o comunista. Prefiere la libertad y que cada uno pueda expresar lo que piensa, aunque sea una joven inmigrante venezolana. Se opone a esto de andar creando relatos para pasar por verdad lo que es mentira. Lo de Maduro es una dictadura hambreadora, despótica, violadora de derechos humanos. Quien sostenga lo contrario miente. Y lo que es peor, sabe que miente. Sería saludable dejar a un lado los reflejos estalinistas y permitir que la joven Silvia, o quien sea, siga gozando de su libertad para decir lo que verdaderamente piensa.

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