Editorial

Redes y ciudadanía

No es posible debatir con provecho sobre políticas públicas en unos pocos caracteres en redes sociales. Tampoco es posible intercambiar ideas cuando el resguardo de un teclado permite elevar el tono y pasar a los insultos.

En este año electoral es inevitable que se preste atención al foro digital cada vez más presente en el cotidiano de los uruguayos: las redes sociales en internet. ¿Ayudarán a mejorar el debate ciudadano, a informarnos mejor para tomar buenas decisiones con el voto y por tanto a aportar calidad a nuestra democracia?

Hay que empezar por el principio, y es calibrar bien la influencia real de esas redes sociales. Según encuestas, 7 de cada 10 uruguayos las usa. La penetración de una red u otra varía, y por ejemplo es más popular Facebook que Twitter entre los uruguayos, y es más probable que sea usuario una persona con estudios formales más avanzados que alguien que no haya terminado primaria. Pero en todos los casos, la mayor novedad de este ciclo electoral son los debates que allí se producen, la influencia que tal o cual red pueda tener en la opinión pública, y la presencia en Twitter, por ejemplo, de los principales precandidatos presidenciales de todos los partidos que muchas veces interactúan con simples usuarios-ciudadanos anónimos.

También debe evitarse una mirada algo ingenua sobre las redes. En efecto, importa tener claro que ellas no son un paraíso de inteligencia colectiva, de conocimiento vasto y de información sin barreras al alcance de todo el mundo. La verdad es que todas las redes funcionan a partir de algoritmos-filtros que procesan la información de los usuarios y que generan, para cada uno, un universo hecho de identidades y similitudes que ratifican los prejuicios, las ideas previas y las predisposiciones que cada uno trae consigo en su mochila personal al momento de interactuar en la red.

Las redes sociales por tanto no son como la prensa escrita, si bien se leen allí informaciones sobre el Uruguay y el mundo. Primero, porque en las redes no hay chequeo de la calidad de la información: son los casos ya bastante conocidos, por ejemplo, de noticias falsas que pululan en las redes y que en vez de mejorar la calidad del debate y la información ciudadana, la perjudican al generar un ruido lleno de rumores y medias verdades perniciosas. Segundo, porque el universo de las redes no es el universo real, en el sentido que el internet del usuario no refleja la variedad de opiniones, ideas y posturas diferentes que existen en verdad en el entramado social.

Todo este contexto del usuario de redes sociales está lejos de ser útil a la calidad del debate ciudadano y a la mejora de la calidad de la democracia. En definitiva, las redes sociales, por sus defectos, están mostrando con claridad la importancia de la tarea periodística en el sentido de brindar información fidedigna, con un nombre concreto y real de un emisor que hace a su reputación, a su historia y a su profesionalismo. Todos ellos son los que permiten dar ciertas garantías de calidad que, ellas sí, son las que suman para una mejor ilustración ciudadana y para una mayor información de la opinión pública.

Pero además de todo este contexto, hay una lógica que va ganando a las redes sociales, que es tremendamente perniciosa para la calidad del debate, y de la cual por supuesto que no está exento Uruguay. Se trata de lo que señala Juan Soto en su libro de 2017, “Arden las redes. La poscensura y el nuevo mundo virtual”, cuando escribe que “el debate racional es prácticamente imposible en el entorno de las redes sociales. (…) Las masas se levantan en grupos que exigen, según lo que afecta a sus sensibilidades, recortar la libertad de expresión. El proceso nos hace a todos menos libres por miedo a que una multitud de desconocidos venga a decirnos que somos malas personas. A medida que la ofensa se vuelve libre, el pensamiento se acobarda”.

No es posible debatir con provecho sobre políticas públicas en unos pocos caracteres en redes sociales. Tampoco es posible intercambiar ideas cuando el resguardo de un teclado permite elevar el tono y pasar fácilmente a los insultos de la muchedumbre, con consecuencias personales a veces terribles para quien es así agredido, pero sobre todo con consecuencias colectivas que siempre terminan envileciendo los debates democráticos.

A pesar de todo esto, la verdad es que Uruguay sigue siendo un país de pequeña escala en el que las herramientas fundamentales para la tarea proselitista son las reuniones cara a cara. Aquí, los candidatos no pueden escudarse tras mediatizadas campañas de redes sociales para ganar adeptos. Aquí, por suerte y a pesar de esta nefasta involución de las redes sociales, las decisiones ciudadanas todavía se procesan en el mundo real y no en el espacio virtual.

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