EDITORIAL
diario El País

La realidad es más compleja

Hace un año y medio que el país vive metido en esta discusión interminable. Unos creen tener razón, otros son los que deben decidir. ¿Cerramos más, mantenemos el nivel de baja movilidad actual o abrimos algunas cosas?

Todos tenemos algo que decir, y muchas veces nos contradecimos: hay que cerrar más, pero no justamente en la actividad que nos concierne.

El hecho de que las cifras relativas a la pandemia en un momento hayan tenido un acelerado ascenso para luego quedar ahí, no tranquiliza. Es bueno que ese ascenso se haya detenido y las cifras oscilen dentro de ese margen, pero es malo que hayan quedado demasiado altas y no empiecen a bajar.

A esto se suma las recientes declaraciones de Rafael Radi, coordinador del GACH, en una entrevista concedida al semanario Búsqueda, en las que trasmitió preocupación por la situación sanitaria. La repercusión fue inmediata, pero si se lo mira bien, Radi no dice nada nuevo ni distinto a lo que el mismo ha dicho antes o a lo que ya se sabe.

Sí, sin duda, es más enfático en señalar que solo un cierre total por varias semanas pararía el proceso. Y ni siquiera está tan seguro de que se logre.

Es que nadie está seguro de nada. Hay países que cortaron en forma drástica la movilidad y no necesariamente lograron el efecto deseado. Otros fueron más permisivos y también les fue mal.

El problema no es quien gobierna ni que medidas toma. El problema es el virus. Apareció una pandemia como no se había visto en un siglo, y está haciendo estragos. No es un virus que se detiene porque así lo propone la política. Se trata de uno altamente contagioso y si bien a veces no muestra síntomas, cuando pega fuerte puede ser muy desagradable y eventualmente llevar a la muerte.

Es lógico que un científico diga que para parar los contagios hay que cerrar todo, apagar la llave general como se ha dicho. Pero la realidad es más compleja.

¿Cuánto tiempo se mantiene a un país cerrado a cal y canto? ¿Cuánto tiempo aguanta la población un cierre tan rígido? Más con una pandemia que no es pasajera. En países que aflojaron las medidas porque la pandemia cedía, esta volvió como “segunda ola”. Tal vez fue la misma ola de siempre que tras una leve aflojada, arremete con todo.

La famosa gripe española de 1919 mantuvo su fuerza dos años y causó muchas más muertes que el Covid-19, entre otras razones porque la medicina no tenía el desarrollo de hoy. Y con todo lo que medicina avanzó en un siglo, no encuentra una cura para esta enfermedad. Logró desarrollar varias vacunas en menos de un año. Y si bien se han vuelto imprescindibles, son imperfectas. Las que se ofrezcan dentro de dos o de cinco años serán mejores. Pero hoy es lo que tenemos... por fortuna.

Otro asunto nada menor, es que la gente no está dispuesta a acatar medidas de confinamiento. Ni en Uruguay ni en buena parte del mundo. La gente ya no usa tapaboca. Las aglomeraciones son inevitables. Y no es que no se sepa cómo comportarse. La gente lo sabe, simplemente no quiere hacerlo.

Es lógico que un científico diga que para parar los contagios hay que cerrar todo, apagar la llave general como se ha dicho. Pero la realidad es más compleja. La gente no está dispuesta a acatar medidas de confinamiento. Ni en Uruguay ni en buena parte del mundo.

Se insiste en que la manera de cubrir una detención total es que empresas, organizaciones y personas reciban un subsidio, algo que de hecho ya ocurre con lo que sí está inactivo. Pero aun cuando cada uno reciba su parte, nunca será suficiente y la gente querrá rebuscarse para tener un ingreso un poco mayor. Además, en la medida que la pandemia se prolonga los recursos que financian tales subsidios se terminarán y al estar cerrada la actividad, que es de donde salen los recursos, se dejará de aportar.

Este es el dilema que enfrenta el gobierno. Están los que presionan para que imponga más restricciones y los que presionan para que abra más las perillas. Su solución ha sido el concepto tan caro para el presidente Lacalle Pou, el de la “libertad responsable”. Pero no se trata de un principio utópico sino de la búsqueda pragmática de un equilibrio con medidas que disminuyan la movilidad para contener una epidemia que no cede, permitiendo espacios para que la actividad económica no se detenga ni deje a mucha gente en situación dramática y que a la vez tengan el alcance suficiente como para no recurrir a la represión para forzar su cumplimiento.

Es un equilibrio difícil y no faltará quien le eche en cara al gobierno, y al presidente, la responsabilidad por los efectos de una pandemia que no se detiene ante nada; ella es la única culpable de las víctimas que provoca.

No es fácil tomar estas decisiones y aunque no se reconozca en el fondo nadie, ni aún la oposición, quisiera estar en los zapatos del presidente.

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