EDITORIAL

La prensa escrita

Dos noticias de esta semana ponen sobre la mesa el rol central de la prensa escrita, y cómo la transición acelerada hacia el formato electrónico está afectando valores clave de la sociedad democrática.

El mundo se detuvo el pasado martes para ver la comparecencia de Mark Zuckerberg ante una comisión del Senado de los Estados Unidos. La presencia del dueño de Facebook en el Congreso fue un dilatado proceso, consecuencia de la serie de escándalos que han golpeado a su compañía, y que han dejado en evidencia las enormes falencias del servicio a la hora de proteger la privacidad de sus usuarios. Pero, sobre todo, de gestionar el debate político con la responsabilidad necesaria para un producto tan masivo.

Las respuestas de Zuckerberg fueron pobres y peligrosas. Tanto por negar de manera absurda que su empresa lucra y comercia con los datos privados de sus usuarios, a los que manipula con un contrato de adhesión imposible de ser justamente valorado por el 99% de los seres humanos. Pero también por su obsesión por no aceptar su condición de medio de comunicación, tal vez el más influyente del mundo en estos momentos, y las responsabilidades que eso trae consigo.

El capítulo de su exposición relativo a qué tipo de discurso político es aceptable en Facebook, y cuál es considerado "de odio" y digno de ser prohibido, fue como para erizar los pelos de cualquiera con mínimos conocimientos de historia y política, y justamente desató las principales críticas de parte de varios senadores estadounidenses.

Corren malos tiempos para Facebook, y si su presentación fue áspera en el Congreso de EE.UU., la inminente réplica en la Unión Europea amenaza ser aún más compleja, por las diferencias de concepto que allí se tienen sobre las cuestiones de privacidad y monopolio.

Pero otra noticia, al parecer muy diferente, reafirma la tesis de este editorial. Una investigación periodística en base a datos de la última elección en EE.UU. reveló que los condados donde la prensa local ha desaparecido o tiene escasa relevancia, votaron en forma significativamente mayor en favor de Donald Trump. El estudio, realizado justamente por un medio electrónico de aquel país, junto con la organización Alianza por Medios Auditados, reveló cosas muy llamativas.

Por ejemplo, comparando la elección de 2012 en la cual el republicano Mitt Romney perdió con Barack Obama, con la última en la que ganó Trump, se puede determinar que en aquellos lugares donde la suscripción a "medios de prensa escritos" ha caído de forma importante, el actual presidente votó muy por encima de Romney. Mientras que en aquellos en los que estas suscripciones se mantienen fuertes, Clinton tuvo mejor performance. Aquellos condados en el top 10 de suscripciones, tendían a votar por Hillary Clinton exactamente el doble de lo que ocurre en aquellos en el 10% más bajo.

Incluso comparando el factor de suscripción a diarios con todos los demás factores importantes, como nivel educativo, socioeconómico y hasta perfil ideológico, el estudio muestra que el hecho de consumir noticias en medios "tradicionales" versus redes sociales y medios puramente online, tuvo más influencia a la hora de determinar el voto.

Esto no debería ser noticia para nadie. El propio Trump ha dicho que nunca habría llegado a la presidencia si no fuera por las redes sociales, y el uso que toda esta nueva generación de líderes populistas y "disruptivos" están haciendo de los medios, deja muy en claro el impacto en las democracias modernas de esta coyuntura.

La razón es evidente. Hoy en día, apelando a estas herramientas, los políticos pueden dirigirse a la masa de votantes sin tener que pasar por el tamiz del periodismo profesional, y de responder preguntas, de hilvanar pensamientos coherentes, de esbozar conceptos lógicos, por encima de consignas de apelar a sentimientos básicos de la gente.

Todo lo que está ocurriendo hoy en este sentido es la consecuencia de una transformación demasiado rápida y llevada adelante por empresas que se niegan a aceptar las responsabilidades que vienen con su éxito. Las leyes que regulan al extremo a los medios tradicionales, no se aplican a ellos, y así pueden aprovechar para salir ricos e indemnes.

Los países con verdadera tradición y respeto por los valores democráticos deben hacer algo al respecto. No para frenar el progreso o para decir a la gente qué pensar o consumir. Pero para asegurarse que haya reglas claras para todos, que no conspiren contra el sistema republicano. Y para que esta transición sea lo más ordenada posible. Cosa que los medios, sobre todos los locales y en lugares chicos, tengan tiempo y espalda para poder adaptarse a los nuevos tiempos, y cumplir con un rol que, cada vez queda más claro, es vital para la democracia.

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