Editorial

Política exterior a revisar

En este esquema global, el protagonismo internacional está dado a partir de las estrategias de los Estados. Para países pequeños como el nuestro la apertura es clave para crecer desde la competitividad de nuestras exportaciones.

Es una buena señal que el partido de gobierno acepte finalmente apoyar la decisión del Ejecutivo y avanzar en la liberalización de vínculos de comercio y servicios con Chile. Pero tras la demora de casi dos años en cerrar esta iniciativa se esconde un problema más serio y profundo que importa revisar: la política exterior del país.

Ya no estamos en un tiempo internacional de aperturas comerciales como lo fueron los años de la post-guerra fría. Por diversas razones, tanto en Estados Unidos (EEUU) como en la Unión Europea (UE) tienen cada vez más peso quienes pretenden dejar de lado los instrumentos multilaterales que aseguran reglas de juego en favor del comercio mundial. En este sentido, el reciente fiasco de la reunión del G-7 en Canadá da la pauta del cambio de rumbo a nivel internacional que ya afecta incluso el relacionamiento entre las grandes potencias de Occidente: el presidente estadounidense dejó en claro sus discrepancias con los demás países del G-7, y nada de lo allí negociado pudo impedir que se levantaran nuevas barreras comerciales entre EEUU y la UE.

Washington con su "América primero" privilegia su equilibrio comercial y su desarrollo industrial nacional a la vez que pone el acento en las relaciones bilaterales. La UE, capitaneada por Alemania, intenta evitar el camino hacia el proteccionismo de EEUU, a la vez que enfrenta dos desafíos geopolíticos sustanciales que le impiden transformarse en el abanderado del libre comercio mundial: por un lado, el auge por doquier de los partidos derechistas xenófobos y proteccionistas; por otro lado, la fuerte presión de competitividad de las empresas emergentes en África y Asia que ganarían mucho mercado europeo si la UE se decidiera a abrir ampliamente sus fronteras comerciales, algo que por cierto ya ocurrió con el avance chino desde la entrada de Pekín en la Organización Mundial del Comercio en 2001.

Mientras que este es el contexto internacional en Occidente, China se encuentra en un lugar diferente. En efecto, habiendo forjado su crecimiento fenomenal en este siglo XXI sobre la base sobre todo de sus exportaciones, Pekín pretende mantener las vías comerciales abiertas con los diferentes continentes que proveen a los chinos de vitales materias primas para su continuo desarrollo económico. Si bien es cierto que al menos desde 2013 China está privilegiando el consumo interno de sus nuevas clases medias para hacer socialmente más equilibrado su avance como potencia, no es menos cierto que sigue siendo extremadamente dependiente en materia energética, en particular de Medio Oriente y de Rusia. En materia de recursos agrícolas, depende de regiones tan lejanas de Pekín como América del Sur o África oriental y septentrional.

En este esquema global, el protagonismo internacional está dado a partir de las estrategias de los Estados. Para países pequeños como el nuestro la apertura es clave para crecer desde la competitividad de nuestras exportaciones, lo que no tiene por qué ser compartido por países de mercados internos más importantes, como Argentina o Brasil por ejemplo, que en este contexto de previsible mayor proteccionismo de las grandes potencias occidentales pueden optar por caminos que también privilegien sus mercados internos.

Es por todo esto que el único camino posible para Uruguay es el de insistir en el multilateralismo y la apertura comercial. Revisar la política exterior en este sentido implica dejar de lado las tentaciones izquierdistas proteccionistas y prestar atención, por ejemplo, al camino chileno. En efecto, mientras que parte del mundo se va cerrando, Santiago de Chile firmó el tratado integral y progresista de asociación transpacífico (CPTPP por sus siglas en inglés) con Australia, Brunéi, Canadá, Japón, Malasia, México, Nueva Zelanda, Perú, Singapur y Vietnam. En conjunto representan el 15% del comercio mundial. Fue una fuerte señal política: en tiempos internacionales difíciles, este acuerdo ratifica el compromiso con el libre comercio y la integración.

Revisar la política exterior significa dejar de razonar como si fuéramos una pieza más en un desarrollo regional conjunto porteño- brasileño. Tomar consciencia así de que nuestra pequeñez puede ser un gran punto a favor para acuerdos con potencias como China, que no deja de enviarnos señales claras de querer avanzar en un camino de apertura bilateral. Y buscar que esa estrategia propia, en la que se pueden reconocer fácilmente algunos esfuerzos de esta cancillería, reciba un apoyo consensuado de la oposición.

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