Editorial

Pobreza, igualdad y demagogia

Este mes se concedió el premio Nobel de Economía. El ganador fue el profesor de la universidad de Princeton, el escocés Angus Deaton, por sus estudios sobre la pobreza y la desigualdad.

Este galardón, y los estudios de Deaton, son un excelente disparador para analizar la situación de la pobreza en el planeta, y sobre todo la enorme demagogia y falsedad que se suele emplear para hablar de la misma.

En su libro más conocido, "El gran escape; riqueza, pobreza, y el origen de la desigualdad", Deaton rompe con muchos paradigmas al plantear que el mundo es hoy un lugar muchísimo mejor para vivir de lo que era hace apenas medio siglo. Allí aporta datos sobre el proceso de mejora de calidad de vida en países como China e India, como por ejemplo que la mortalidad infantil en China ha bajado de 122 cada 1.000 niños en los 50, a 22 en la actualidad. En India esta cifra es igual o más impactante ya que ha caído de 165 cada 1.000 a 53. Pero hay otros datos aún más llamativos. Debido a la mejora en la alimentación, los chinos vienen creciendo en promedio un centímetro de altura cada década, y en India medio centímetro cada diez años.

Las lecciones del trabajo de Deaton se pueden resumir en tres sentencias: que la creación de riqueza y el crecimiento del PBI son las fuerzas más poderosas para reducir la pobreza (mucho más que la ayuda internacional o la "redistribución" estatal), que para combatir este flagelo es esencial entender las decisiones individuales de consumo de las personas (sí, individuales), y que buena parte de las políticas globales planificadas para reducir la pobreza están basadas en paradigmas falsos y creencias erradas.

Vale decir que, coincidiendo con el galardón concedido a Deaton por la academia sueca, el Banco Mundial acaba de hacer algunas correcciones a sus estadísticas sobre la pobreza mundial que golpean en la línea de flotación de buena parte de los discursos políticos más en boga. Estas cifras revelan que la pobreza a nivel global, ha caído a un 9,5% en 2015, esto pese a que las cifras usadas para el cálculo de esta población se han elevado de 1,2 dólares diarios a 1,9. Nos encontraríamos entonces por primera vez en la historia de la humanidad, o al menos desde que se pueden tomar mediciones mínimamente aceptables, con menos de un 10% de los seres humanos en el planeta que viven en la pobreza.

Pero hay otro dato significativo. Este proceso de caída de la pobreza mundial se ha acelerado de manera impactante desde los años 80, o sea desde que con el derrumbe del Muro de Berlín, las economías comunistas se abrieron al capitalismo. Y desde que países de Asia como China o India empezaron sus propios procesos de adaptación al mercado global de producción y comercio. De hecho un gráfico muy enriquecedor publicado en el sitio web humanprogress.com muestra como las líneas que definen la pobreza y la libertad económica trazan un camino exactamente opuesto, que se cruza en el año 97, y que luego continúan sendas dispares hasta el día de hoy.

¿Por qué es importante este dato? Porque choca de frente con los discursos que venimos escuchando día tras día, acerca de que el mundo es un lugar cada vez más hostil, lleno de guerras y de pobreza, donde los ricos serían cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Los números concretos y fríos muestran que esto es una mentira del tamaño de una catedral.

Y sin embargo, vemos a diario como en países ricos como Estados Unidos, como Gran Bretaña, o España, surgen liderazgos radicales, socialistas, de izquierda, como Bernie Sanders, Jeremy Corbyn, o Pablo Iglesias. Vemos que discursos demagógicos sobre los malos del mundo como los que suele pronunciar José Mujica, parecen tener gran aceptación. ¿Qué pasa? Sucede que este fenomenal proceso de reducción de la pobreza en los países en desarrollo ha tenido como contracara un estancamiento en el primer mundo, debido en buena medida a la relocalización de industrias en Asia, y al impacto de la competencia por parte de países más competitivos que han golpeado duramente a sectores históricamente muy subsidiados y protegidos del primer mundo.

Pero esto no nos puede hacer perder el foco de lo que es un proceso de mejora de amplísimas franjas de la población mundial, que llevaban siglos en el atraso y la miseria. Lo que ha permitido este fenómeno no son los subsidios, las políticas asistencialistas, ni las planificaciones centralizadas, que tantos burócratas añoran. Lo que ha habilitado este proceso es justamente lo contrario: el capitalismo, la apertura comercial, y el dar herramientas a los individuos para que puedan diseñar su propio destino.

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