EDITORIAL

La piedra y el tropezón

A medida que un cambio de gobierno parece más probable, empiezan a cobrar fuerza las voces en el oficialismo que ponen en duda el sistema en general, ante la imposibilidad de aceptar que la gente decida sacarlos del poder.

Como cada vez que un partido socialista, “de izquierda”, o como guste llamarlo, tiene un declive electoral, empiezan las mismas discusiones estériles. Discusiones como las que se están empezando a ver en el Frente Amplio, a medida que su apoyo en la sociedad va mermando, y algunos de sus dirigentes intentan explicar lo que para ellos resulta tan difícil de aceptar, que la gente pueda no votarlos.

Todo deviene de un problema estructural. Buena parte de estas visiones políticas no creen en la democracia liberal, esa que implica que los gobiernos se van alternando, y que cada partido que gobierna puede ir construyendo sedimentariamente sobre lo que hizo el anterior. Corrigiendo errores, modificando conceptos, cambiando gente que se pudo pervertir en la cercanía del poder. Para los partidos de filosofía marxista, como son una mayoría de los que integran el Frente, eso es una frivolidad burguesa.

Según esta visión de la política, hay buenos y malos. De un lado están los pérfidos, neoliberales, empresarios, corporaciones, medios de comunicación, que engañan a la pobre gente ignorante, y la convencen de apoyarlos, pese a que su única intención es promover la desigualdad y la explotación.

Del otro lado están los buenos. Los que sufren y vibran con las necesidades de los más débiles, los que representan las causas justas, la igualdad, la inclusión la diversidad, etc., etc., etc. Y cuando finalmente llegan al poder, creen que una nueva era ha comenzado y que se quedarán allí para siempre. El drama de quienes así piensan, es que en una democracia funcional, el poder desgasta, la gente se aburre de ver siempre a los mismos en el poder. Sobre todo cuando esos mismos aplican recetas que terminan generando estancamiento económico, recesión y pobreza. Y, ante este problema, deciden votar a otros.

“¿Pero... cómo?” se preguntan nuestros políticos “de izquierda”. “¿Están locos?”. “No pueden sacarnos”. “No pueden votar a esos explotadores, malvados, será un retroceso, se perderán derechos”. Pero la gente ya no lo compra. Y termina aceptando aquella vieja frase que dice que los políticos son como los bebés, hay que cambiarlos cada poco tiempo, y por las mismas exactas razones.

Pero no derivemos, el origen de esta pieza es comentar las visiones que se empiezan a escuchar en el oficialismo, a medida que las encuestas marcan que un cambio de gobierno parece inexorable. Las hay varias, como por ejemplo la de Carolina Cosse, que dice que sería un desastre para el país. Está la de Mujica, que de la boca para afuera dice que no sería el fin del mundo si el Frente pierde, pero bajo cuerda intenta mantener a toda costa los feudos de Montevideo y Canelones para su sector, y que el dinero público siga subsidiando al aparato que formó para conservar sus cuotas de poder. También hay otras visiones, que por suerte en Uruguay casi no se escuchan, que son las que directamente se niegan a entregar el poder, como sucede en Venezuela y por estas horas en Bolivia.

Y hay una última. Tal vez la más caricaturesca, proveniente de grupitos que han anidado en la academia politológica estatal, y sectores del oficialismo cuya soberbia discursiva es inversamente proporcional a su caudal de votos. Son los que dicen que el problema es el capitalismo, que a 30 años de la caída del Muro de Berlín, se pueden reflotar algunas ideas. Y que el “capitalismo domado” de la socialdemocracia, no logra éxitos.

Todo es un tema de medidas. ¿Qué sería éxito para esta gente? Tasas de desempleo de menos del 5%, sociedades con servicios de primera calidad a costos razonables, dinamismo económico, educación de calidad, posibilidades de desarrollo personal sin depender de padrinos políticos. Todo eso está bastante garantizado en esas sociedades capitalistas tan diferentes como Noruega o Corea del Sur, Estonia o Japón. Sí claro, tienen problemas sociales, porque ningún sistema creado por un ser humano nos dará la vida perfecta. Ahora, comparemos eso por un momento con los experimentos más acordes a estas visiones “radicales”. Venezuela, la Grecia de Tsipras y Varoufakis, el Perú del primer Alan García, el Zimbabwe de Mugabe. ¿Cuál es el ejemplo de estas políticas marxistas que mejoran el nivel de vida la gente? Ninguno.

Es por eso, que la gente no los vota. Es por esto que la izquierda solo prospera cuando modera estas pulsiones suicidas. Y es por esto que quienes defienden estas posturas, solo pueden hacerlo desde el boliche de la esquina de la facultad de ciencias sociales, desde algún semanario testimonial, o desde algún congreso financiado gracias a ese horrible capitalismo cuya crítica han convertido en un próspero medio de vida.

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