EDITORIAL

Perú y el nuevo escenario

Pedro Pablo Kuczynski asumió la Presidencia del Perú luego de vencer en las elecciones presidenciales a Keiko Fujimori. Fue una elección muy particular ya que la candidata derrotada obtuvo en la primera vuelta la mayoría parlamentaria, y perdió en la segunda apenas por 41.000 votos en 16 millones de ciudadanos que, con voto obligatorio, concurrieron a las urnas.

En primer lugar debe destacarse que es la primera vez en décadas que el Perú celebra cuatro elecciones seguidas sin sufrir un quiebre institucional. Luego de dictaduras militares de distinto signo —entre ellas la del Gral. Velasco Alvarado, en su momento un referente de golpistas uruguayos de izquierda— no logró consolidar una democracia estable.

En segundo lugar, debe anotarse que los Partidos de tradición como el APRA, de Haya de la Torre, y Acción Popular, de Belaúnde Terry, obtuvieron un reducido respaldo, así como las candidaturas de los expresidentes Alan García y Toledo que no superaron el 3% de los votos.

Dicha situación pone de manifiesto en Perú los cambios que se vienen dando en el escenario político continental, reflejo de otros, del mismo signo, vividos por varias democracias en el mundo. La tendencia explica el surgimiento de alianzas electorales entre movimientos ya existentes o entre fuerzas formadas alrededor de nuevos líderes. Y si bien cada país es hijo de su propia realidad, los ejemplos de Perú y de otras democracias del continente se extienden a diferente velocidad en toda la región.

En tercer lugar, se da en Perú una extraña situación definida como "la paradoja peruana", traducida en el hecho de que los ciudadanos separan la marcha económica del país de las preferencias electorales, por lo que los buenos resultados de una gestión se desvinculan del apoyo popular en las urnas.

Es así que la economía peruana ha venido creciendo en forma sostenida: muestra índices de inclusión social importantes, ha sido el eje central en la proyección de la Alianza del Pacífico, transformó el turismo en una vital fuente de ingresos, y los inversores confían en la estabilidad de las reglas de juego. Sin embargo, la respuesta del voto popular no relaciona los resultados positivos con la imagen que el pueblo tiene de sus gobernantes, por lo que la elección presidencial no depende de propuestas o de idóneos equipos de gobierno, sino de cuán efectiva es la descalificación personal del rival en que se concentra cada candidato.

Tanto es así, que la polarización planteada en la última elección respondió a la opción Keiko sí, Keiko no; de tal forma, que quienes votaban por PPK deseaban más la derrota de Keiko que la victoria de su candidato. La líder de izquierda Verónica Mendoza, por ejemplo, al hacer público su respaldo a PPK, afirmó simultáneamente que de ganar este de todas maneras integraría la oposición, y compareció públicamente sin hacer mención a que su candidato era la expresión más pura del liberalismo económico.

Por último, el presidente Kuczynsky tiene 77 años mientras que Keiko Fujimori cumplirá 42, y lidera con fuerza, trabajo y su apellido, un partido de raíz popular visto como la garantía de que el Senderismo no surgirá nuevamente.

Eso demuestra que en el Perú la renovación no responde básicamente a lo generacional sino a otras circunstancias que inciden en la voluntad del elector. Basta recordar que mientras el expresidente Fujimori lleva años de prisión por graves delitos, su hija obtuvo el 40% de los votos en primera vuelta, y su hijo es el congresista electo con el mayor respaldo. En consecuencia, el desafío del nuevo gobierno es lograr las mayorías parlamentarias que le permitan gobernar y alcanzar acuerdos con el partido de Keiko Fujimori en los temas clave tanto de la política doméstica como en los de la política externa. Entre ellos está la seguridad, que ha adquirido niveles preocupantes por la incidencia del crimen organizado y la insinuante realidad que avanza sobre los llamados "narco Estados", desde el Río Grande para abajo.

La democracia peruana y su necesaria consolidación deben hacernos reflexionar sobre los nuevos vientos que soplan globalmente hacia el interior del sistema y, en particular, sobre la importancia de la representación como única fuente de legitimidad.

Reglas electorales claras y equitativas, requisitos de financiación transparentes, resistentes a la corrupción organizada, y partidos políticos fuertes y disciplinados son los elementos que todas las democracias liberales deben custodiar. De las respuestas que el sistema político ofrezca dependerá, nada más ni nada menos, que la garantía de nuestras libertades.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)