Editorial

Fue peor la enmienda que el soneto

Si el bochornoso incidente de Artigas con participación del ministro Bonomi ya había colmado el vaso, las medidas y explicaciones posteriores agravaron todavía más las cosas, en especial con el intento de “escrachar” a un manifestante.

Después de casi cuatro años, la realización de Consejos de Ministros en localidades del interior del país se ha convertido en una caricatura de lo que pudo ser una buena idea. La imagen más elocuente de ese fracaso la ofreció la reciente reunión en Artigas en donde, como siempre, una avanzada de funcionarios se ocupó con anterioridad de prepararla, incluidos toques cosméticos tales como tapar pozos en las rutas y mejorar la estética de calles y plazas por donde pasaría la comitiva presidencial.

En varias de esas fugaces giras gubernamentales por el interior asomaron ciudadanos quejosos, pancartas de protesta y algún que otro incidente con manifestantes. En su mayoría esas demostraciones fueron toleradas y hasta se dio el caso de algún debate mano a mano entre ministros y reclamantes. Lo de Artigas fue más grave ya que el enfrentamiento entre modestos productores de tabaco y autoridades del mismísimo gobierno tuvo un desenlace tan inesperado como injusto.

Los hechos se precipitaron cuando representantes de un grupo de unos ochenta productores tabacaleros de Artigas intentaron exponer su crítica situación derivada de la crisis que afecta a la industria tabacalera.

En efecto, la producción de tabaco nacional está amenazada por las restricciones de la campaña antitabaquista llevada adelante en forma exitosa por Tabaré Vázquez. Una campaña que contó con el apoyo de la población y que logró reducir el consumo de un producto considerado nocivo para la salud.

Los plantadores no se quejaban de la campaña sino que querían plantear el temor por su futuro. Ven que su actividad peligra, que las ventas bajan y que el contrabando de cigarrillos sigue en auge, lo que afecta directamente sus fuentes de trabajo. Incluso uno de los manifestantes exhibió una cajilla contrabandeada para señalar el daño que crea el trasiego clandestino de cigarrillos de países vecinos. Si a él y sus compañeros los hubieran dejado expresarse, los gobernantes habrían calibrado la importancia de los daños de un comercio ilícito cuyo volumen demuestra el fracaso en la materia de las autoridades aduaneras.

No lo consiguieron porque fueron reprimidos de inmediato por personal de seguridad y militantes frentistas con ademanes patoteros. Lo llamativo fue la directa participación en el entrevero del ministro del Interior, Eduardo Bonomi, quien poniendo de por medio su propio cuerpo hizo lo posible por evitar que los trabajadores desplegaran su pancarta. Después, dos productores fueron arrestados y llevados a una seccional policial en donde los trataron, según denunciaron posteriormente, como si fueran delincuentes comunes.

La actuación del ministro y la desmesura de la represión recibieron el repudio de la oposición e incluso las críticas de dirigentes del Pit-Cnt. No era para menos, dado que la demostración se hizo en forma pacífica bajo el amparo de la libertad de expresión.

Lo que vino después empeoró las cosas. Bonomi negando lo que las imágenes de TV mostraban. Lucía Topolansky, la misma que vio el título de Sendic, aseguró que los productores entraron al ruedo empujando a la gente y que casi tiran al suelo a la ministra de Industria, Carolina Cosse. Después, la propia Cosse, con aire compungido, se presentó como una pobre víctima de los empujones de los manifestantes que llegaron y se fueron —dijo— "subrepticiamente", cuando en verdad fueron apresados de inmediato y cargados como bolsas de papas en vehículos policiales.

Por si algo le faltaba a este intento de enmendar las cosas, a posteriori, desde el Ministerio del Interior se dijo que la brusca intervención policial se debió a que una "cámara de reconocimiento facial" había detectado entre los protestones a alguien con antecedes penales. Velocísima cámara de cuya existencia nadie tenía noticias y que llevó a la custodia de Bonomi a movilizarse.

Y por último la frutilla de la torta: desde el Ministerio del Interior salieron a divulgar antecedentes penales de uno de los productores. Tal como lo hiciera Tabaré Vázquez con un colono con quien discutió meses atrás, el gobierno exhibió su peor rostro con el intento de "escrachar" a uno de sus contradictores. Una actitud indigna de un sistema democrático, propia de sistemas autoritarios.

Si lo de Artigas y Bonomi había estado mal, los intentos oficiales por camuflar el bochornoso episodio revelaron que fue peor la enmienda que el soneto. Hubiera sido mejor que las autoridades se callaran y asumieran sus errores, pero ya se sabe que el gobierno frentista es incapaz de cualquier intento de autocrítica.

Así les va.

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