EDITORIAL

El peligro de la islamofobia

Reducir la masacre de París a un brutal ataque contra la libertad de expresión y de prensa (que también lo fue), es minimizar la cuestión y no tomar en cuenta toda la gravedad que ella encierra.

Charlie Hebdo solo fue un medio para golpear al mundo occidental a través de Francia, cuna de libertades, y su Estado de derecho; fue una advertencia de que hay otro mundo que quiere imponer sus valores, sus creencias y sus costumbres, y que está dispuesto a matar y matar, porque las considera intocables e innegociables y asume y disfruta de los riesgos de la guerra para imponerlas más allá de fronteras.

"El choque de civilizaciones" del que hablaba Samuel Huntington a fines del siglo pasado, se ha ido paulatinamente acercando a la versión de "Es la guerra santa, idiotas", con que Arturo Pérez-Reverte, periodista de fuste y notable escritor español, describía nuestro mundo en septiembre de 2014. Pérez-Reverte fue, además, corresponsal de guerra en distintos escenarios, los últimos de los cuales fue la Guerra del Golfo y los sangrientos conflictos en Croacia y Bosnia, que siguieron a la desintegración de Yugoslavia, donde los nacionalismos y las cuestiones étnicas y religiosas fueron factores desencadenantes.

"Es la yihad, idiotas. Es la guerra santa (…). Lo sabe quien haya leído Historia, o sea capaz de encarar los periódicos y la tele con lucidez. Lo sabe quien busque en Internet los miles de vídeos y fotografías de ejecuciones, de cabezas cortadas, de críos mostrando sonrientes a los degollados por sus padres, de mujeres y niños violados por infieles al islam, de adúlteras lapidadas —cómo callan en eso las ultrafeministas, tan sensibles para otras chorradas—, de criminales cortando cuellos en vivo mientras gritan Alá Ajbar y docenas de espectadores lo graban con sus putos teléfonos móviles. Lo sabe quien lea las pancartas que un niño musulmán —no en Irak, sino en Australia— exhibe con el texto: Degollad a quien insulte al Profeta. Lo sabe quien vea la pancarta exhibida por un joven estudiante musulmán —no en Damasco, sino en Londres— donde advierte: Usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia". Y ahora esto de París.

El desafío musulmán basa su fuerza en su propia desorganización: no hay una cabeza visible, sino que son muchas, no hay un territorio donde se asienten, sino que abarcan amplios espacios indefinidos a lo largo y a lo ancho de Asia y África sobre todo. Al Qaeda y el ISIS son hoy los grupos principales, pero si alguno de los que mandan cae, enseguida viene otro. Todos mueven muchísimos recursos económicos y militares dispuestos a apoyar cualquier barbarie contra Occidente.

A diferencia de otras migraciones, los musulmanes no se integran al país que los cobija, sino que se agrupan en sus barrios y mantienen sus tradiciones, sus costumbres y su religión. Y lo mismo ocurre con los hijos que allí nacen. Andan por toda Europa, pero no puede presumirse que respondan a una estrategia de ocupación, ni que las malas intenciones sean el objetivo que los anima. Sí hay muchos que tienen una visión fundamentalista de su misión en esta vida terrenal y aprovechan, en la medida que pueden, la democrática protección a la minorías, para organizarse, mantener sus vínculos culturales y buscar imponerlos al resto de las poblaciones.

Y aún más, esos sectores amparan a violentistas (yihadistas) que, en la peor interpretación del islam, intentan extender e imponer sus enseñanzas en todos los países por cualquier medio y cualquier precio: desintegrar la nación que han elegido para vivir, deteriorar sus instituciones, menoscabar sus principios y derechos, aunque para ello se pague con sangre y muerte.

¿Cuál es la consecuencia de esto? Que el sentimiento de islamofobia se extiende peligrosamente por toda Europa. La sombra de la sospecha, la estigmatización, amenaza a toda la comunidad ante cualquier acto de violencia y Charlie Hebdo ha golpeado muy fuerte en los distintos países. Hubo grandes manifestaciones de repudio a lo ocurrido y no solo en Francia, sino que se extendieron por todo el continente. No será el preámbulo de la tercera guerra mundial que insinuaba Pérez-Reverte, pero hay instalado un polvorín de gigantescas proporciones que está a punto de estallar.

Europa ya sufrió brutales atentados de Al Qaeda en Madrid (11/03/2004 ataque a trenes, que dejaron 191 muertos y 1.900 heridos) y contra Londres (07/07/2005, ataque al Metro: 52 muertos y 700 heridos) y otros fueron desactivados a tiempo. Ahora el escenario ha sido París, con su corolario de rehenes muertos.

Parecería que al mundo lo empujan hacia el abismo.

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