EDITORIAL
diario El País

El “pase verde” y la incoherencia

La industria de la cultura y el entretenimiento es una de las más afectadas por la pandemia. Se trata de un sector clave tanto en movimiento económico, así como en aspectos menos tangibles pero igual de importantes, como el enriquecimiento espiritual, el esparcimiento y el intercambio social.

Cosas vitales en momentos como los que estamos atravesando hoy.

Pero, y esto es innegable, es un rubro muy sensible a la propagación del virus. Particularmente ahora que empiezan los fríos, la mayoría de las actividades se dan en lugares cerrados, con mala ventilación, y donde la gente consume alcohol y es más difícil controlar que se respeten las medidas de distancia.

Pero, de nuevo, se trata de un área vital para la sociedad, y en ese sentido el gobierno ha intentado buscar formas que permitan, si no ir abriendo ya en forma masiva esa actividad, al menos ir planificando un rumbo que a medida que las cifras de la pandemia vayan mejorando, permita retomar estas actividades lo antes posible.

En ese camino, este fin de semana el ministerio de Educación y Cultura llevó adelante un ensayo con una obra de ballet en el auditorio del Sodre, para analizar la viabilidad de un “pase verde” que permita iniciar ese camino, de acuerdo a lo que se está haciendo en todo el mundo. Uno imaginaría que todo el mundo estaría feliz y contento por ello, pero nada más lejos de la realidad.

Los primeros que boicotearon este ensayo fueron los legisladores del Frente Amplio, que se negaron corporativamente a participar del evento. Según ellos “no estaban dadas las garantías”, algo que parece absurdo viendo el nivel de control que había en el evento (mucho mayor al de muchos actos recientes de los que han participado esos legisladores), pero están en su derecho. Luego vino el sindicato, que se negó a participar de las medidas de supervisión sanitaria. Como son tres sindicatos en el Sodre (¡tres!), no está claro cuál fue el que se negó. Pero por ello, en una muestra de compromiso y grandeza encomiable, las mismísimas autoridades del Ministerio y del Sodre, se encargaron de tomar la temperatura a los asistentes.

Pero eso no fue todo. Un grupo de operadores del mundo del espectáculo y la música, salió duramente a criticar el experimento, denunciando que era “pan y circo”, y que no se los había consultado. Y fuera del Sodre, una decena de artistas callejeros se quejaba de que era algo elitista y horrible, y gritaban junto con el inefable Salle consignas antivacunas y dislates neocomunistoides.

Pasando raya, el gobierno intenta dar un paso en el camino de recuperar la vida cultural y la industria del espectáculo, pero muchos operadores, y eventuales beneficiarios de todo este esfuerzo se dedican a tirar piedras y gritar indignados. ¿Cómo se explica?

La razón no parece otra que política. Existe un núcleo duro muy vocal dentro de este mundillo, históricamente cercano al Frente Amplio. Incluso cuando ese partido entrega sus derechos a multinacionales como en el caso de los cambios a la propiedad intelectual impulsados por el gobierno anterior, estas figuras primero se enojan, pero a los pocos meses están haciendo campaña por quienes sacrifican sus derechos básicos.

Pero esto queda todavía más claro hoy. Si hay un corte divisorio claro entre el gobierno y la oposición en la actualidad, es en lo que tiene que ver con el ir retomando actividades de algo parecido a la vida normal. El gobierno intenta ir por ese camino, la oposición dice que es un genocidio y pide cerrar todo.

El gobierno intenta dar un paso en el camino de recuperar la vida cultural y la industria del espectáculo, pero algunos operadores, y eventuales beneficiarios de todo este esfuerzo, se dedican a tirar piedras.

Y sin embargo, estos operadores cuya vida y negocio dependen de esta apertura, lo único que hacen es reclamar contra el gobierno nacional. Jamás contra el departamental, que es el que maneja estas decisiones a nivel capitalino. El tono lo marcó el reconocido cantante Martín Buscaglia, a quien con la típica saña del socialismo burocrático, se le prohibió trabajar cuando no perjudicaba a nadie. Lejos de reclamar contra la intendenta Cosse, responsable directa de ese atropello, se las ingenió para meter al Presidente de la República en sus diatribas ante todos los medios que le dieron aire.

En algún momento el sector de la cultura y el entretenimiento debería replantearse este “Síndrome de Estocolmo” político que padece. La gran mayoría de los artistas quiere trabajar, expresarse, conectarse con las audiencias. En ese camino está claro quien es su aliado, y quien solo quiere encerrar a todos en nuestras casas a cambio de un subsidio rengo que nunca compensará las pérdidas de no trabajar.

Una cosa es la lealtad partidaria, otro un fanatismo atávico que no contribuye en nada a una democracia sana.

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