EDITORIAL
diario El País

Qué ha pasado en Chile

Chile es un espejo. Hay que aprender de los errores de su oficialismo, que arruinaron una agenda de cambios muy necesaria. Y hay que tomar nota de lo que es capaz de hacer una izquierda antidemocrática con tal de salirse con la suya.

Ayer votó Chile para definir si se encamina hacia un proceso constituyente que seguramente lo tendrá muy ocupado al menos por un par de años. Todas las encuestas previas señalaban una amplia mayoría favorable al “Apruebo”, más allá de tal o cual modalidad de conformación de la nueva asamblea que deberá acordar esa nueva constitución.

Importa tener claro que este plebiscito es consecuencia del gran acuerdo político chileno que el 15 de noviembre de 2019 encontró en esta formulación institucional una salida a la crisis de enorme envergadura que el país estaba sufriendo. En efecto, los episodios del 18 de octubre de ese año fueron gravísimos: no solamente se sumaron distintas protestas sociales, sino que además y sobre todo hubo una coordinada acción terrorista que se ocupó de destruir decenas de estaciones de metros en Santiago y distintas infraestructuras públicas en todo el país.

La movilización chilena ocupó así dos terrenos bien distintos en esas semanas. Por un lado, aparecieron violentos y organizados grupos que metódicamente se ocuparon de dañar servicios públicos de distinto tipo y de sembrar el caos y el terror en distintas ciudades, y sobre todo en la capital; y por el otro lado, hubo una esperanzadora y enorme ola pacífica, hecha sobre todo de clases medias desengañadas, que reclamó por reformas que mejoraran sus expectativas de calidad de vida en temas tan relevantes como las pensiones, la educación y la salud. En momentos de real angustia institucional, en los que empezaba incluso a tambalear la estabilidad democrática, la salida del 15 de noviembre terminó siendo el camino posible para salir del caos y la violencia en los que estaba sumido Chile.

Pero el panorama se complicó en 2020 con las consecuencias de la pandemia. Un gobierno exhausto y con enormes déficits de legitimidad vio cómo la situación social y económica empeoró gravemente a causa de las medidas drásticas -3 y 4 meses de encierros en algunas regiones- que decidió tomar por el peligro del Covid19. En ese contexto, se prorrogó el plebiscito, que finalmente ayer se llevó a cabo, pero no mejoró la gravísima situación social que, por ejemplo, llevó a los terribles ataques a iglesias e infraestructura que todo el mundo vio el pasado 18 de octubre, cuando se conmemoró precisamente el primer año de las movilizaciones de 2019.

Frente a este escenario tan complejo es necesario hacer hincapié en las enormes diferencias políticas que tenemos con Chile. Primero, el presidente Lacalle Pou cuenta con mayorías parlamentarias que facilitan la gobernabilidad; en comparación, Piñera está en minoría en su Parlamento nacional.

Segundo, el voto aquí es obligatorio y por tanto la legitimidad de origen del gobierno es amplísima; en el caso chileno, en 2012 se derogó el voto obligatorio, y además la izquierda ha arrojado sombras sobre la legitimidad de la elección de Piñera, arguyendo poca participación ciudadana en el escrutinio presidencial de 2017.

Tercero, el gobierno de Lacalle Pou se preocupó con ansiedad por cumplir con sus promesas de campaña electoral, cuando en comparación el ritmo de reformas de Piñera en 2018- 2019 no fue percibido como rápido y eficiente.

A pesar de estas diferencias muy importantes, hay una preocupante similitud de los dos escenarios. En efecto, en ambos casos hay una izquierda opositora que no terminó nunca de admitir su derrota electoral, que no acepta la legitimidad del rumbo político definido por fuerzas no izquierdistas, y que está dispuesta a cualquier cosa con tal de perjudicar al gobierno electo por el pueblo. En Chile, esa izquierda se caracterizó por no ser lo suficientemente crítica con respecto a la violencia desatada a partir de octubre de 2019, por ejemplo. Aquí, esa izquierda fue la que demoró la aceptación del resultado del balotaje; la que pidió el cierre de la economía en marzo; la que se manifiesta en las calles como si no hubiera Covid19; y la que hoy está dispuesta a promover un referéndum contra la ley de urgente consideración (que fue votada en un 50% por el Frente Amplio), porque su único objetivo es impedir que el país avance.

Chile es un espejo. Hay que aprender de los errores de su oficialismo, que arruinaron una agenda de cambios muy necesaria. Y hay que tomar nota de lo que es capaz de hacer una izquierda antidemocrática con tal de salirse con la suya. Seguramente, con este plebiscito Chile abra un tiempo político nuevo: ojalá sea venturoso para él, a pesar de los enormes nubarrones que siguen acechando en su horizonte.

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