EDITORIAL

El Partido Nacional

Una sociedad más violenta y más fragmentada, mira nuevamente al Partido Nacional como lo ha hecho a lo largo de la historia en cada momento de dificultad. Les corresponde a los líderes partidarios de hoy acatar este mandato con altura y desprendimiento.

Camino a sus 200 años de vida, el Partido Nacional es uno de los más antiguos del mundo, solo comparable a su compañero de ruta, el Partido Colorado dentro de fronteras, a los conservadores británicos y a los grandes partidos norteamericanos. Es, además, el principal partido de la oposición en Uruguay y el mejor posicionado, según las encuestas, para encabezar el próximo gobierno que, gane quien gane, será necesariamente de una coalición de partidos.

Esta larga vida está marcada por hechos que hacen a la propia historia del país y explican la formación de las ideas-fuerza que lo sostienen, que no son producto de ninguna asamblea, sino de la acción concreta de las personas que lo integraron. Su ideario es producto de la sedimentación de la acción, no del designio de hombres y mujeres por casi dos siglos, que le dieron al país alguno de sus rasgos más característicos como el apego a la libertad, la idea de que nadie es más que nadie y de que nunca un oriental es más oriental que frente a una urna de votación.

La sangre de decenas de miles de personas regó las praderas de nuestro país para que fuéramos libres y dignos, para que cada voto se contara, valiera uno y fuera secreto, para que rigiera la representación proporcional y para que las minorías pudieran expresarse y fueran respetadas. Muchas de las cosas que hoy damos por descontadas y que hacen que el Uruguay se destaque en el mundo como una democracia plena, es herencia del Partido Nacional, el partido de la Libertad en el Uruguay.

Podría argumentarse, con asidero, que la identidad blanca es la continuidad histórica del artiguismo y del lavallejismo, continuador de los patriotas de la independencia que lucharon a brazo partido contra los imperios de su tiempo. Manuel Oribe, como presidente constitucional de la República al crear la divisa de “Defensores de las Leyes” le dio una de sus características de identidad fundamentales: defensores del orden constitucional siempre, en todas las circunstancias. Desde el gobierno del Cerrito, ya en la Guerra Grande definió su americanismo y la férrea defensa de la independencia nacional.

Giró reorganizó el país luego de la gran guerra; Berro y su intento de nacionalizar nuestros destinos con un gobierno de alto vuelo liberal y la defensa de Paysandú de Leandro Gómez y sus valientes también contribuyeron notablemente a que el partido que surgió siguiendo al misericordioso y magnánimo Manuel Oribe fuera definiendo sus principios. Se plasmaron definitivamente en negro sobre blanco en 1872 cuando Juan José de Herrera, Agustín de Vedia y Francisco Lavandeira escribieron la primera declaración de principios y de organización. No inventaron nada, plasmaron lo que los hechos y sus conciencias le dictaban.

El sacrificio de Lavandeira en la Plaza Matriz en el golpe militar de 1875 es otro hito de la historia partidaria y nacional. Las revoluciones de Aparicio Saravia por ideas y no por poder ponen nuevamen-te a la colectividad en su mejor hora. Uno de sus revolucionarios, Luis Alberto de Herrera, sería el modernizador del partido, dando luego durante déca- das duras batallas cívicas sin rendirse jamás. Su defensa de la soberanía, en tiempos de nuevos imperios ya fuera el comunista o el americano, también fue, al mismo tiempo, consecuencia de la herencia recibida y causa de reafirmación de identidad.

Wilson Ferreira no se equivocaba cuando en la noche del golpe de 1973 declaró al Partido Nacional el más radical e irreconciliable enemigo de la dictadura. Tampoco se equivocó cuando dio todo de sí por la reinstitucionalización del país aunque fuera la víctima del los pactos y las miserias de su tiempo. Menos aún cuando sabiendo que no iba a ver la victoria de 1989 hizo todo cuanto estuvo a su alcance para que ese triunfo llegara con un partido diverso y unido.

Hoy el Partido Nacional se apresta a enfrentar una nueva instancia electoral con la enorme responsabilidad de responder a la esperanza de los uruguayos de un cambio que deje atrás 15 años de declive social del país. Una sociedad más violenta y más fragmentada, mira nuevamente al Partido Nacional como lo ha hecho a lo largo de la historia en cada momento de dificultad. Les corresponde a los líderes partidarios de hoy acatar este mandato con altura y desprendimiento, asumiendo todo lo que ha significado y significa el Partido Nacional.

Diferencias internas siempre han existido. Por algo hay varias candidaturas en el partido. Pero nadie debe buscar anteponer su figura a la historia y la grandeza del partido.

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