EDITORIAL

Otro papelón regional

Las críticas de los ministros Nin y Murro a la reforma laboral de Brasil no quitan el sueño ni a un “vereador” de Bagé, y solo vuelven más frágil la postura de Uruguay en el Mercosur, ya complicada por el apoyo a Venezuela. ¿Qué esperan lograr? ¿Cuál es la estrategia?

La política exterior de uruguaya hace agua desde hace tiempo. Durante el gobierno de José Mujica fue un papelón constante, apoyando a regímenes autoritarios, peleando con aliados históricos como Israel, sucumbiendo de forma indigna en casos como la expulsión de Paraguay. La promesa del nuevo gobierno fue encaminar ese tradicional bastión de la identidad del país, eso que nos daba una influencia regional muy por encima de nuestro tamaño específico.

Sin embargo, la actuación de esta Cancillería ha seguido por mal camino. En casos como el de Venezuela, donde nuestra actitud ha sido servil, alejada de todo espíritu democrático, y desalineada con la de nuestros principales socios regionales, la culpa se le puede echar a la olla de grillos que es la interna del partido de gobierno. Pero ahora, volvemos a concretar un papelón por todo lo alto, y esta vez el ministro Nin Novoa no tiene a quien culpar más que a sí mismo.

Resulta que el Parlamento soberano brasileño, con mayorías bastante contundentes, además, aprobó una reforma laboral ambiciosa y esperada. No es cuestión aquí de ingresar en el tenor de la misma, ni mucho menos si es algo deseable para Uruguay.

Pero, a contrapelo de todo sentido elemental de diplomacia, el canciller Nin y el ministro Murro no tuvieron mejor idea que salir públicamente a criticar esta reforma, afirmando que la misma afectaría la competitividad de las empresas uruguayas. El ministro Murro llegó a sostener que Uruguay convocaría a los órganos "sociolaborales" del Mercosur, para que analicen el asunto. Vaya uno a saber qué quiere decir eso de "sociolaborales", y esa obsesión anacrónica de creer que porque se le agrega la palabra social a todo, se le da un valor más trascendente y solidario.

El hecho es que las declaraciones de nuestros ministros son torpes, inconducentes, carentes del más elemental sentido diplomático, y hasta común.

Primero, porque las leyes de Brasil son cosa de los brasileños, y por más que los ministros uruguayos quieran llevar esa reforma a la ONU, en Brasil eso no le quita el sueño ni un "vereador" de Bagé.

Es como si Brasil armara un escándalo internacional porque los gobiernos uruguayos toleran cosas como la ocupación de los lugares de trabajo, algo que no se acepta en ningún país civilizado del mundo. Y de hecho, hay una empresa brasileña que ha padecido eso recientemente, así que motivos no les faltarían.

En segundo lugar, porque en el Mercosur actual, donde los gobiernos parte están en control de figuras como Temer, Macri, o Cartes en Paraguay, la protesta uruguaya tiene tantas chances de generar algo constructivo para el país, como las de algún cuadro uruguayo de ganar una copa libertadores. ¿Quién creen que va a apoyar esa "protesta"?

Y, tercero, porque Uruguay viene haciendo un papel triste y quedando más aislado en el bloque regional, por su terco e incompresible apoyo a un gobierno criminal y paria del mundo civilizado como el de Nicolás Maduro en Venezuela. Al punto que en las últimas reuniones, y según nada menos que el presidente Vázquez, se tuvo que aceptar a regañadientes la postura mayoritaria en el Mercosur respecto de Venezuela, ante la inminencia de algún tipo de sanción contra nuestro país. Da vergüenza que se tenga que llegar a eso para que un gobierno democrático y de larga tradición liberal como el uruguayo, tenga que reconocer que lo que pasa por estas fechas en Venezuela es inaceptable.

Entonces ¿para qué hablan los ministros uruguayos? ¿No piensan antes de hablar? ¿Qué esperan conseguir con esos comentarios fuera de tono y de lugar? ¿Cuál es la estrategia?

Lo que parece que no se dan cuenta Nin, ni Murro, ni el propio presidente Vázquez, que tolera esto con su silencio, es que la política exterior de un país chico como Uruguay exige inteligencia, cintura, sofisticación intelectual y una gran dosis de legitimación moral. Cosa que siempre tuvo nuestro país, pero que en los últimos años hemos perdido de forma lamentable. Uruguay, por su tamaño formal, no existe ni para la región ni para el mundo. Y no tenemos nada, absolutamente nada para ganar, haciendo ese tipo de valoraciones públicas. Más bien todo lo contrario.

Pero hay algo más. La política exterior de un país como Uruguay debe ser algo que supere los caprichos y ansias de un partido que ocupa transitoriamente un gobierno. Porque estos cambian, pero para el mundo, el país sigue siendo el mismo. Y el prestigio que heredaron y aprovechan para tener un voz mínimamente influyente, se viene dilapidando de una manera inmoral e irrespetuosa. Reconstruirlo, nos va a llevar muchos años.

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