Editorial

Palos de ciego

Resulta entre gracioso y patético que voceros de la autodenominada izquierda la emprendan contra quienes protestan y nada digan de las concesiones hechas por el gobierno a la multinacional UPM.

Las acciones del gobierno para contrarrestar la protesta de Un Solo Uruguay son cada vez más ingeniosas. Anecdóticamente podemos citar un posteo en redes sociales de Celsa Puente, la ex directora de Secundaria, quien a pesar de haber sido cesada por tomarse una licencia, mantiene intacto su fervor frenteamplista.

La docente convocó a sus amigos a no mirar la transmisión del acto de los productores. En lugar de ello, propuso, "hagamos lectura y juegos de mesa. Conversemos mucho. Usemos la imaginación para compartir con quienes estemos un día diferente y contestemos así, con vacío e indiferencia, a los medios de comunicación".

Realmente, el gobierno debería promover ese ocurrente comportamiento todos los días, porque es notorio que le va a ser más útil que la gente juegue al ludo y a las damas, en lugar de enterarse del apoyo del gobierno al dictador Nicolás Maduro, las luchas territoriales de las bandas con doble crimen en Maroñas, las hordas que destruyen hospitales públicos y tantas otras lindezas.

Pero en la galería del horror de la comunicación frenteamplista, el premio se lo lleva un spot publicitario firmado por la Federación Ancap que, en lugar de remitirse a trasmitir propuestas y demandas de ese gremio, se extiende en divisionismos ideológicos de cuarta, con el fin de convertir al movimiento Un Solo Uruguay en el clan de villanos de Marvel.

Lo hacen a través de un actor que parodia el habla campesina comiéndose las eses, primera falta de respeto al interior del país y los productores y trabajadores que bancan con su esfuerzo y sacrificio la costosa burocracia de la capital.

Significativamente, se trata del mismo actor interpretando el mismo personaje que protagonizó spots del FA en pasadas campañas electorales. Y los sindicalistas de Ancap se toman tan a pecho la veneración a esa fuerza política, que destinan la mayor parte del video a mofarse de ganaderos supuestamente multimillonarios y explotadores. Llegan al extremo de confundir los tantos, identificando a los productores con los delincuentes recientemente procesados por abigeato (cuando el más notorio de ellos se ha comportado en los últimos años como un entusiasta adherente frenteamplista).

En el comercial, el gauchito caricaturesco desempolva un marxismo básico con el famoso verso de Yupanqui, "las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas" y se burla de los productores rurales que llegan a ordeñar "en taxi". Pero ese talante farsesco no le impide bajar línea: pontifica que "Uruguay encabeza la reducción de la pobreza", que "bate récords de exportación" y que la riqueza está mal repartida (uno se pregunta por qué destacan esto último; ¿se olvidan que quienes están gobernando desde hace quince años son ellos mismos?).

Pero bueno, sigamos partiendo de la base de que los autores del libelo son de verdad los sindicalistas de Ancap, en un arrebato pasional de defensa de la gestión frenteamplista. La pieza audiovisual destina unos pocos segundos a difundir una idea del sindicato, consistente en bajar impuestos para reducir el precio del combustible, un injerto que no tiene relación alguna con el encendido alegato oficialista que lo antecede.

Una alegato que, de pura casualidad, sataniza al colectivo de empresarios uruguayos que ese mismo día estaba divulgando su dura realidad y los cambios que reclama. Resulta entre gracioso y patético que estos voceros de la autodenominada izquierda la emprendan así contra quienes protestan y nada digan de las concesiones increíbles, por momentos escandalosas, hechas por el gobierno a la multinacional UPM, otras "vaquitas ajenas" que no ven necesario denunciar.

Pero así reacciona este FA agónico cuando se queda sin argumentos: insultando a un colono, como lo hizo el presidente Vázquez hace un tiempo, y después publicando información reservada para escracharlo ante la opinión pública. O como ahora, sirviéndose de un sindicato supuestamente independiente para divulgar mensajes agraviantes a quienes se movilizan por el cambio, desde la crisis y el hartazgo.

Empobrecen el debate, echando mano al expediente baladí del clasismo, cuando son más que conscientes de que solo un empresariado nacional fuerte y exitoso puede sacar al país del atolladero, generar fuentes de trabajo y mejorar la recaudación.

Pero no: le pegan a quienes deberían apoyar.

Se los ve arrinconados, tratando de convencerse de su propio cuento y dando palos de ciego, un poco como el tiranuelo venezolano que, en actitud vergonzante, insisten en defender.

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