Editorial

Mucho palo pa’que aprenda

Tratándose de opiniones sobre política cultural, ningún colectivo gremial ni persona pueden arrogarse el derecho de definir qué es verdad y qué es mentira, qué decir y qué callar.

Ya es bien conocido el conflicto que enfrenta a la Institución Teatral El Galpón con el actor, director y dramaturgo Franklin Rodríguez. Para resumirlo, El Galpón le impidió la entrada a su sala, según declaración expresa hecha por una de sus autoridades al periodista Leonardo Haberkorn en El Observador del jueves pasado. Posteriormente, sin duda presionada por la reacción enérgica de algunos políticos opositores, la directiva de la institución dio marcha atrás y se limitó a cuestionar recientes declaraciones de Rodríguez al periodista Alfredo García en el semanario Voces.

El actor ha dicho que se siente decepcionado con el Frente Amplio, coalición a la que solía votar desde la juventud. Criticó duramente la política cultural del gobierno y esas definiciones, proviniendo de un frenteamplista arrepentido, no se perdonan.

Cuando en el ambiente cultural se veía como saludable la marcha atrás de El Galpón, en una actitud de grandeza acorde a su prestigio cultural, una organización gremial, la Federación Uruguaya de Teatros Independientes (FUTI), volvió a la carga.

En un extenso comunicado que señala con el dedo "los errores cometidos por un integrante de la Federación", deploran que Rodríguez haya formulado opiniones "que atentan contra la unidad de los que transitamos en el camino del arte teatral". Es una observación significativa, porque confunde unidad con unanimidad. La primera se basa justamente en el libre intercambio de disensos, algo que la segunda reprime, en beneficio de la autoridad de turno. En una extensa argumentación, el comunicado tiene pasajes compartibles, pero insiste en varias oportunidades en que Rodríguez se benefició de la política cultural que critica. Uno se pregunta entonces si un usuario de UTE no tiene derecho a opinar libremente sobre esa empresa, a pesar de que disfrute de la energía eléctrica en su casa.

Como siempre, aparece la culpabilización al "sensacionalismo de la prensa", un hábito de matar al mensajero en que se cae cada vez con más frecuencia, cuando los medios informan sobre aspectos de la realidad que no agradan al gobierno o a sus defensores. Basta recordar aquella desafortunada declaración de la Mesa Política del Frente Amplio que atribuía a una "campaña desestabilizadora" las graves denuncias de irregularidades de la gestión de Ancap que terminaron con la renuncia y el procesamiento de Sendic.

Hay un pasaje del comunicado especialmente revelador: "decir lo que uno piensa, no siempre significa decir la verdad". Es una frase que suscribiría Joseph Goebbels. Tratándose de opiniones sobre política cultural, ningún colectivo gremial ni persona pueden arrogarse el derecho de definir qué es verdad y qué es mentira, qué decir y qué callar. En los años 70 del siglo pasado, la cultura uruguaya pagó muy caro la censura a la expresión de ideas, basada en la preeminencia de una supuesta verdad, decidida por quienes detentaban el poder.

Como si lo anterior fuera poco, el mensaje de FUTI termina justificando los castigos ejemplarizantes, al expresar que "hay que hacerse cargo de lo que se dice y de sus consecuencias". Porque, "como dice el dicho, hay que bancar con el cuero lo que se dice con el pico". Aún tomando esa expresión como metafórica (suponemos que nadie va a curtir a rebencazos al actor rebelde), suena muy desagradable. Es como advertirle, a él y a los que se le sumen, que "si opinan lo que no nos gusta, bánquense el desprecio de sus pares y la exclusión del apoyo estatal".

Pero eso no es todo. El comunicado va acompañado de la reproducción facsimilar de una carta enviada por Rodríguez a Socio Espectacular (el producto promocional de El Galpón que había criticado en la entrevista del escándalo), ofreciéndole servicios en el año 2013. Quienes creíamos que con las disculpas públicas de Rodríguez por sus expresiones insultantes y con la marcha atrás de El Galpón, el episodio se daba por felizmente superado, nos equivocamos. La cartita desempolvada nos hizo acordar al escrache que hizo Presidencia de la República, contra el colono que enfrentó a Vázquez en una turba callejera. Ni el gobierno, ni la institución, ni la federación de grupos teatrales, han sentido vergüenza alguna en divulgar asuntos personales, con tal de aplanar la reputación de ciudadanos que se les oponen.

Dicen que esta discusión distrae de la imperiosa promulgación de una Ley de Teatro. No es así: forma parte de lo mismo. Porque de igual modo que no hay producción cultural sin recursos genuinos que la sostengan, tampoco puede existir bajo el imperio de un pensamiento hegemónico.

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