EDITORIAL

¿Qué país es este?

La vorágine de informaciones siempre dificulta detenerse a valorar el sentido general del rumbo del país. Pero vistas en conjunto y con perspectiva, algunas de ellas dan ineludibles señales de alarma.

Pasan los años y la situación en el sistema penitenciario no mejora. Por un lado, están las recurrentes declaraciones del comisionado Petit que se preocupa con razón sobre la perspectiva futura de todo el sistema. Es que la inmensa mayoría de los presos no tiene instancias de formación que le permitan evitar el destino al que están prácticamente condenados al cumplir su pena, que es el de la reincidencia delictiva. Esto no solamente complica las perspectivas de una población carcelaria cada vez más numerosa, que supera ya los 10.000 individuos y es relativamente la más importante de la región, sino que sobre todo es una espada de Damocles sobre la seguridad de toda la sociedad que sufre el flagelo de esta delincuencia cada vez más violenta.

Por otro lado, en lo que va del año hay al menos 17 presos que murieron como consecuencia de ataques recibidos en medio de disputas con otros presos. De por sí esto ya es una pésima noticia, porque significa la reinstauración de hecho de la pena de muerte en el país, salvo que sin ninguna garantía del debido proceso ni nada parecido. Pero además están las torturas sistemáticas que sufren los jóvenes presos en el sistema penal adolescente, que son conocidas desde hace años y que nuevamente fueron denunciadas en sede administrativa.

Hay al menos dos tipos de torturas que fueron descritas con detalle y han ocurrido en estos últimos tres años: una llamada "el paquetito", en la que colocan al adolescente en cuclillas, esposado, y a los pocos minutos la situación se torna insoportable. Otra consiste en que los internos adolescentes son sacados desnudos en la noche al patio, se los moja con agua fría y se los deja así para pernoctar. ¿Alguien en su sano juicio puede pensar que los adolescentes así tratados pueden llegar a rehabilitarse socialmente? Lo más probable es que al cumplir su condena vuelvan a delinquir con más odio en sus entrañas.

Así, toda esta situación que sufre la población que ha estado vinculada al delito es terrible. Pero, por otro lado, las perspectivas de la educación pública tampoco dejan pensar que vayamos a mejorar estructuralmente.

En efecto, se sigue confirmando que los niveles de aprendizaje en la escuela y el liceo son muy bajos, sobre todo en los casos de los jóvenes de clases populares, que son los que más precisan de las herramientas de la educación para poder hacerse de un buen empleo para ascender socialmente. Sin poder hacerse de conocimientos que aseguren ser una mano de obra calificada, se hace prácticamente imposible salir duraderamente de la pobreza.

En vez de eso, generación tras generación vemos cómo una mayoría superior al 60% de los adolescentes de 18 años no termina el liceo. Y lo peor es que en vez de mantener el criterio que asegura al adolescente pasar de año legítimamente por haber acreditado poseer los conocimientos exigidos en su nivel, las autoridades educativas optan cada vez más por el facilismo del "pase social". Lo hacen en la escuela, y esa es la causa de que tantos jóvenes lleguen huérfanos de conocimientos y terminen repitiendo el primer año de liceo, con muchos de ellos además decidiendo allí abandonar sus estudios.

Pero ahora también el Consejo de Educación Secundaria sugiere ese tipo de facilismos para evaluar los conocimientos en el primer año del liceo. De esta forma, las autoridades promueven un avance a instancias superiores que en realidad oculta una pésima formación estudiantil. No es de extrañar entonces que de esta manera todo el proceso se vea resentido, y que en particular nuestros resultados de las pruebas PISA para los adolescentes de contexto socioeconómico más desfavorable sean de los peores del mundo.

Cuando se analizan las informaciones en el largo plazo no solamente se constata que hace años que venimos sufriendo los mismos problemas en estas dimensiones claves del país, sino que lo más preocupante de todo es que no se avizora en el horizonte ningún cambio sustancial que permita pensar que este rumbo estructural se modificará. Cuando se toman en cuenta las buenas noticias, como puede ser, por ejemplo, la instalación posible de una tercera planta de celulosa en el Interior, ellas son coyunturales y no son suficientes para enfrentar estos problemas de fondo.

Así, el país del Frente Amplio no solamente no es de primera, sino que ni siquiera avizora un buen futuro.

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