EDITORIAL

El origen del problema

En los últimos 10 días, dos hechos mostraron hasta dónde llega la crisis de identidad que vive Uruguay. Dos hechos al parecer desconectados, pero que están unidos por una concepción política de la sociedad que nos lleva por el peor de los caminos.

El primero ocurrió a raíz del asesinato de un hombre en la zona de Carrasco que fue la gota que desbordó el vaso para una cantidad de gente en la franja costera de la capital, que salió a protestar y a reclamar cambios en las políticas de seguridad. La respuesta de un sector del oficialismo, y de buena parte de sus estamentos culturales y mediáticos, fue de una virulencia pocas veces vista. Las redes sociales, los medios afines, el Pit-Cnt, y el entramado de politólogos y sociólogos compañeros, se despacharon con ganas contra los que osaron protestar. Se habló de los precios de las cacerolas, de falta de solidaridad, de diferencias de clase, se criticó al capitalismo, al afán de consumo y a la "gente bien".

Como si ese fenómeno de indignación social ante el auge de la violencia delictiva no se viera semana por medio en el Marconi, en Manga, en Maroñas, o en tantos barrios pobres de la capital, que comparten el dolor por esta espiral criminal, y cuyas habituales protestas son ninguneadas por estos medios y los opinólogos, que suelen hablar a nombre de los pobres y oprimidos, pese a que tienen mucho más en común cultural y socialmente con los defenestrables cajetillas de Pocitos. Claro, si los que cortan calles son del Marconi, ningún diario manda a nadie a averiguar el precio de las cacerolas, sino que se potencia la versión oficial de que son protestas generadas por los narcotraficantes para desestabilizar al gobierno.

El segundo hecho es más reciente, y se conoció al difundirse un video de unos técnicos coreanos que pretendían ingresar a supervisar la obra que realiza una empresa de ese país para UTE en San José. Los técnicos extranjeros reciben allí un curso acelerado de la política de promoción de inversiones auspiciada por el Sunca, varios de cuyos integrantes los insultan, amenazan, y hasta llegan a agredir, por cometer el pecado de pretender ingresar a la obra que están realizando. La impunidad y prepotencia de estos gremialistas, pese a saber que estaban siendo filmados, dice mucho sobre el estado de las relaciones laborales en este país, y de por qué tantas empresas se están mudando a Paraguay.

Ahora bien, ¿qué tienen en común estos dos hechos al parecer inconexos? ¿Qué es lo que los vincula? Pues es una visión política e ideológica de la sociedad anclada en las concepciones más retrógradas del marxismo clásico.

Porque son las teorías de Marx sobre el valor del trabajo y la lucha de clases las que alientan estas posturas. Solo así se explica que "obreros" de una empresa sientan que el empresario coreano que los contrató y que concreta el proyecto que les da trabajo, es una especie de enemigo que se tiene que bancar todo tipo de agravios y atropellos. Solo estas posturas explican que el derecho a protestar y a involucrarse en el debate público está vedado para alguna gente en función de su condición social.

Porque son esas teorías las que sostienen que la riqueza es un suma cero, en el cual si a usted le va bien en su trabajo, si gana un buen sueldo o tiene una renta, es porque le está robando riqueza a otros. Y que si hay gente que la pasa mal y tiene carencias económicas y culturales, es porque algún malvado se "apropió" de lo que le correspondería.

Parece mentira, pero pese al fracaso de todos y cada uno de los experimentos para organizar sociedades de las más diversas basados en las teorías de Marx, todavía hay gente que cree que es válido leer la realidad en base a esas ideas. Desde los ensayos más radicales como el de Pol Pot en Camboya, o el de Mugabe en Zimbabwe, pasando por el experimento de los Castro en Cuba, los alemanes del Este, o hasta el chavismo, todos tuvieron en común el repartir miseria y violencia social, con ningún beneficio para esas sociedades. Por algo los países europeos con mayores índices de pobreza son los que tuvieron regímenes de este tipo. Por algo los chinos lograron encauzar su economía solo cuando renunciaron al marxismo y apelaron al "enriquecerse es glorioso" de Deng Xiaoping.

Pero la historia y el realismo no están muy en boga en los boliches de Palermo y en las tertulias del Cuesta Duarte donde nuestra vanguardia moral discute sobre la crisis final del capitalismo. Y donde resulta siempre más fácil culpar a los ricos, a los narcos, o a los complots externos, del fracaso de esas ideas brillantes que nos deberían llevar al paraíso social diseñado por un señor que murió un siglo y pico antes de que existiera internet.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)