EDITORIAL
diario El País

Orfandad y demagogia

Este primer mes de nuevo gobierno ha sido de vértigo.

Los resultados políticos de los enormes y urgentes desafíos que tuvo que enfrentar la administración Lacalle Pou vienen siendo exitosos: no solamente porque las medidas tomadas ante la emergencia nacional funcionan bien, sino porque su aprobación en la opinión pública ha sido excelente, y comparativamente la más alta de los últimos treinta años.

Más allá de lo grave de la situación, el apoyo al gobierno da enorme tranquilidad. Por un lado, porque es un reconocimiento real a que efectivamente la labor oficialista se lleva adelante con seriedad y responsabilidad. Por otro lado, porque ante circunstancias tan duras, es muy importante para la salud de la democracia que el gobierno, y en particular el presidente de la República, cuenten con ese enorme apoyo ciudadano.

Sin embargo, las cosas serían mucho mejores políticamente, si además de todo esto el Frente Amplio (FA) y sus aliados, que son los principales protagonistas de oposición, actuaran con serenidad y sentido patriótico. Algo que, infelizmente, no está ocurriendo.

La izquierda, que acaba de salir del poder, propone medidas demagógicas e imprecisas, como si no conociera las cuentas nacionales y la realidad social de los más pobres.

Por un lado, hay una izquierda mayoritaria y más radical que se afilia a la vieja tesis de que “a los blancos, ni un vaso de agua”, para promover una oposición dura contra el gobierno en pleno momento de mayor crisis. Por otro lado, hay tímidas voces de generaciones más jóvenes y menos radicales, que se dan cuenta de que no es tiempo hoy de salir a confrontar. Las dos posiciones tienen en común, empero, la subestimación de la capacidad de conducción del presidente y de la coalición multicolor.

Como un niño que se ha creído su propio relato de fantasía y ve monstruos que en realidad son imaginarios, el FA y sus aliados no cesaron de querer hacer creer a todo el mundo que los partidos que conforman hoy el oficialismo y el principal elenco de gobierno carecían de sensibilidad social. Eran, decían, neoliberales que perjudicarían a los más pobres. Así las cosas, cuando a la izquierda no le queda ahora más remedio que admitir que la realidad no es el cuento de monstruos neoliberales que han querido creer, ella termina admitiendo también, con candidez infantil, su gran sorpresa.

Hace unos días, uno de esos politólogos notoriamente alineados a la izquierda lo escribió con total naturalidad, cuando intentó hacer un balance del primer mes de administración de Lacalle Pou: para él, y resumiendo así una sensación que se extiende entre los cuadros oficiales y oficiosos del FA, el gobierno exhibe una sensibilidad social que ni siquiera sus propios votantes podían imaginar. Se trata así del reconocimiento más evidente a la subestimación del adversario y a la torpeza analítica en la que ha vivido la izquierda todo este tiempo.

Porque, francamente, hay que ser muy sesgado en el convencimiento izquierdista, ese que se esconde tras el muro de yerba del comité de base, para creer de verdad que un gobierno conformado sobre todo por blancos, colorados y cabildantes habría de carecer de sensibilidad social. En definitiva, están reconociendo que se han creído la estúpida tesis, tan extendida entre la gente frenteamplista, de que el país preocupado por los más pobres y capaz de generar una red social amplia y solidaria, sólo empezó en 2005 y que, antes, todo aquí era tierra arrasada por culpa del neoliberalismo.

Entre tanta orfandad intelectual y política, la izquierda se ve tentada además por los planteos demagógicos. En efecto, un día piden evitar el ajuste tarifario; otro día salen a la tribuna a decir que el impuesto transitorio a altos salarios públicos propuesto por el presidente debiera de ser permanente -pero no plantearon tal cosa en el seno de la comisión parlamentaria que trató el tema-; y otro día salen a promover un amplio plan de salarios mínimos sin cálculos ciertos: algunos dicen que cuesta 1000 millones de dólares por tres meses, otros que sale 240 millones de dólares por mes; algunos estiman que llegaría a 300.000 hogares, y otros a 320.000 familias.

Es decir que la izquierda, que acaba de salir del poder, propone medidas demagógicas e imprecisas, como si no conociera las cuentas nacionales y la realidad social de los más pobres. En vez de aplicación y seriedad en el detalle de las cifras presupuestarias y de la cantidad de beneficiados para programas sociales específicos para los más débiles, el FA garabatea, tira al voleo y no mira el largo plazo. En plena crisis sanitaria, social y económica, la oposición de izquierda presume y sanatea. Importa tenerlo muy claro.

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