Editorial

El opaco aniversario de Carlos Marx

El 200º aniversario del nacimiento de Carlos Marx pasó casi desapercibido, síntoma de que su ideología trasladada a la política generó hambre y represión en lugar de la prometida utopía de “la dictadura del proletariado”.

Algunos uruguayos que volvieron de Rusia tras asistir al Mundial comentaron con asombro que salvo el nombre de alguna calle hallaron pocos rastros en torno a la memoria de Carlos Marx, inspirador de la ideología que predominó en ese país durante gran parte del siglo XX. La sorpresa era mayor porque en la folletería oficial sobre el país anfitrión del campeonato se recordaba que en este año, Rusia se aprestaba a conmemorar con pompa y circunstancia el 200º aniversario del nacimiento de Marx.

Aun cuando el comunismo dejó de ser la doctrina oficial del gobierno ruso se esperaban fastos que no ocurrieron. Apenas hubo una exposición en un museo secundario de Moscú, algunas conferencias en universidades y poco más. La verdad es que el creador del catecismo de los revolucionarios soviéticos perdió credibilidad en su país estrella, una consecuencia natural del fracaso de todo gobierno que enarboló las consignas marxistas para erigir dictaduras y sumir a sus pueblos en la pobreza.

Curiosamente, la fecha no pasó tan desapercibida en las democracias de Occidente, en donde la trayectoria y la obra del pensador nacido en 1818 fueron alegremente evocadas en ámbitos intelectuales y políticos como si se tratara de un acontecimiento memorable. Pocos, muy pocos, aprovecharon la fecha para señalar que en nombre del marxismo se legitimaron los peores crímenes en masa cometidos en el siglo XX. En Rusia, que los padeció, se comprende que el aniversario haya suscitado poco entusiasmo.

A estas alturas cabe preguntar cómo es posible que Marx conserve admiradores de su obra que siguen convencidos de que sus escritos son algo así como la verdad revelada en política. Aunque ya casi nadie los lee, todavía abundan quienes usan en su vocabulario político expresiones como la lucha de clases, la palanca que según ellos aún hace girar las ruedas de la historia. Precisamente, uno de los atractivos de Marx es que elaboró un dogma capaz de darle respuestas a todos los problemas, una característica que sedujo y todavía seduce a quienes les cuesta enfrentar la realidad y pensar con su propia cabeza. Con ese acto de fe y armados de consignas tales como la instauración de la dictadura del proletariado y otras tonterías, siguen declarándose marxistas en un mundo que poco tiene que ver con el que imaginó Marx.

Karl Popper en su célebre libro "La sociedad abierta y sus enemigos" sostenía irónicamente que en una discusión con un marxista cualquier observación discrepante con el dogma lo alinea a uno automáticamente, en la clase de los explotadores y lo convierte en un servidor del capitalismo. Esa actitud personaliza cualquier debate al respecto y elude el análisis de fondo con lo cual los sedicentes marxistas que en el mundo sobreviven se salen con la suya y se retiran de la polémica convencidos de que son los dueños de la verdad.

El analista francés Guy Sorman comentaba hace poco que un gran atractivo del marxismo es su "pretensión científica". Marx consideraba que su trabajo era el de un científico capaz de revelarle al mundo las leyes inexorables de la evolución de la humanidad. Sorman recuerda que Marx quiso dedicarle su obra máxima, El Capital, a Charles Darwin, con la intención de trasladar la idea de la evolución de las especies a la sociedad sobre la base de una serie de leyes irrefutables. Darwin se negó. De todos modos, el pseudocientificismo de Marx y su determinismo sirvieron para captar voluntades y servir de basamento ideológico al sistema comunista.

La utopía de una sociedad sin clases que conduciría a una prosperidad generalizada quedó destruida por la realidad. Ninguno de los intentos desarrollados en el siglo XX tuvo éxito. En cambio, los excesos de la ingeniería social perpetrados por líderes como Stalin llevaron a la muerte a cientos de millones de personas empezando por la propia Rusia. Todo ello encabezado por los partidos comunistas convertidos en el brazo represor y ejecutor de las correspondientes dictaduras, que no eran precisamente las del idealizado proletariado sino de una elite privilegiada conocida como la "nomenklatura".

En suma, a pesar de tanto fracaso, la conmixtión entre marxismo y comunismo, si bien menguada, continúa adelante como puede comprobarse, más en el discurso oficial que en las políticas concretas de algunos países que se dicen comunistas.

De todos modos esa alianza está tan perimida y pasada de moda que hasta Cuba borró la palabra comunismo de su Constitución justo en el año del aniversario de Marx.

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